TEORÍAS

DE LA MENTE

300_x_terpia-cognitivo-conductual.png
  • Facebook
  • Twitter
  • YouTube
  • Pinterest
  • Tumblr Social Icon
  • Instagram
CONTENIDO DE LA UNIDAD
  • Texto informativo

  • Imágenes

  • Videos 

  • Interacción

  • Actividades de aprendizaje

TEORÍAS DE LA MENTE

GENERALIDADES
  • OBJETIVOS DE APRENDIZAJE

  • Conocer los principales conceptos y generalidades de las corrientes y teorías de la mente que han sido estudiadas desde la filosofía y su implicación en el ámbito clínico de la psiquiatría, la psicología, la neuropsicología y la neurología.

  • Conocer las principales valoraciones relativas a los fundamentos sociales y culturales que inciden en la conducta humana.

  • Introducirse al conocimiento de las teoría psicoanalítica así como los mecanismos de aceptación y defensa.

  • Conocer las principales distinciones de la teoría comportamental, la teoría cognoscitiva y la teoría sistémica.

  • Identificar las características más relevantes de la psicología evolucionista.

  • Valorar el estudio de la biopsicología en el contexto psiquíatrico, psicológico, neuropsicológico y neurológico.

  • Conocer los conceptos de ciclo vital personal y ciclo vital familiar que inciden en la conducta.

GENERALIDADES DE LAS TEORÍAS DE LA MENTE

No sólo la psiquiatría debe plantearse en todo momento cual es la naturaleza de la relación mente-cuerpo y cual es el modelo explicativo utilizado para entender las enfermedades mentales. Este campo también es competencia de la psicología, la neuropsicología y la neurología. Los distintos enfoques clínicos tienen como supuesto, alguno de los modelos que hasta la actualidad han abordado el problema mente-cuerpo.

Todo discurso se suscribe a alguno de estos modelos, pero es importante hacerlo explícito y tener conocimiento sobre este. La manera en que entendemos los criterios de verdad o de validez de nuestros enfoques parten de diferentes modelos de la relación mente-cuerpo y su relación con las ciencias.

descartes_rene_2.jpg

Dualismo

Se tiene por costumbre señalar a Descartes como el principal representante del dualismo; sin embargo, los orígenes de esta corriente se remontan, por lo menos, hasta Platón. Descartes sostenía que existen dos tipos de sustancias diferentes: la mente (o alma) y el cuerpo. Cada una de ellas independiente, con propiedades y sujeta a principios diferentes. Cabe anotar que Descartes buscó una manera de interrelacionar el alma y el cuerpo, y postuló la glándula pineal como el lugar donde se efectuaba esta interrelación.

grado de dualismo.

El dualismo en el mundo psíquico se estudia a manera de un sistema independiente, aunque la forma mas extrema de esta corriente puede sostener que no solo lo psíquico es diferente de lo físico como sustancia, sino que también obedecerá a leyes causales especiales; es decir, las leyes que imperan en el mundo físico no son aplicables al mundo mental.

Para llegar a este resultado, Descartes utilizó el método de la duda cartesiana que, aplicado como queda expresado en sus “Meditaciones”, lleva a la conclusión de que la única afirmación inmune a la duda es: ¨Yo soy una cosa pensante¨. No sucede lo mismo acerca de las oraciones proferibles en primera persona, relacionadas con el cuerpo y los sentidos, que son inmunes a la duda. De aquí surge la conocida afirmación cartesiana: ¨Pienso, luego existo¨. Ello equivale a afirmar que no puedo dudar de mi existencia, como ser pensante, pero si como entidad física que se extiende en el espacio.

Actualmente, en el ámbito científico casi nadie apoya el dualismo cartesiano. Sin embargo, su presencia continúa siendo frecuente, incluso más en la práctica que en la teoría.

Por otra parte, en la denominada visión o psicología del sentido común se mantiene notoriamente la presencia de cierto grado de dualismo.

Mas recientemente se han diferenciado dos tipos de dualismo: en el dualismo de sustancias se dice que mente y cuerpo son dos elementos diferentes; en el dualismo de propiedades, en cambio, se reconoce que si bien son mutuamente dependientes, mente y cuerpo poseen propiedades diferentes. Esto equivale a decir que el mundo mental posee una cualidad propia, subjetiva e irreducible y que no puede ser captada en un lenguaje explicativo que no sea propiamente mental.

Es posible que en una sesión de psicoterapia tanto el paciente como el terapeuta aprendan un trabajo que busca aclarar y ahondar en una experiencia subjetiva dada en el paciente. En algunos casos este trabajo se lleva a cabo en un lenguaje y bajo una concepción teórica que puede ignorar o excluir cualquier nexo causal con estados cerebrales. Dado este caso, el mundo psíquico se entiende como un área autónoma e independiente que no requiere explicaciones materialistas. Estos se asemejan a un dualismo de propiedades.

Materialismo

El materialismo surgió como la principal alternativa al dualismo. De acuerdo con esta teoría, no existen dos sustancias o categorías ontológicas, sino únicamente una: la materia. Vale decir que todo lo que ocurre en el universo, lo cual incluye el ámbito de lo psicológico en los humanos, debe explicarse en su totalidad por principios físicos. La tarea de las ciencias psicológicas consiste en encontrar las conexiones y causas físicas ultimas de lo mental.

Por definición, el materialismo se compromete con una particular forma de reducción por medio de la cual todo predicado psicológico encuentra su traducción a un predicado fisicalista. Por ejemplo, la aseveración ¨Juan está deprimido¨ equivale a afirmar ¨Juan tiene un estado cerebral caracterizado por tal y tal…¨.

Como parte de la tesis del materialismo, se encuentra el postulado de que todo estado mental puede ser descrito de manera objetiva y en tercera persona. De ahí se deriva una de sus críticas, que se encuentra muy bien expresada en el articulo de T. Nagel ¨How is it Like to Be a Bat¨ o ¨Como es ser un murciélago¨. Existe algo que podemos suponer, como la experiencia de ser un murciélago, pero todas las descripciones objetivas que podamos hacer sobre el sistema nervioso del murciélago jamás lograran dar cuenta de esta experiencia.

"Parte esencial de la conciencia es la subjetividad, que no se deja atrapar en un lenguaje objetivo de tercera persona."

En la literatura mas actual que trata sobre la tensión existente entre las perspectivas de primera persona (subjetivas) y las de la tercera persona (objetivas), se habla con frecuencia de los “qualia”, refiriéndose con ello a las cualidades subjetivas particulares den una experiencia. Para muchos, los qualia son irreductibles. Uno de los ejemplos clásicos en la literatura es el propuesto por F. Jackson en su trabajo ¨What Mary Didn´t Know¨, en el cual Mary, una neurocientífica, se da a la tarea de describir en tercera persona todo el conocimiento posible acerca de la visión humana del color. Ella, con total acceso a la información disponible y pertinente para su tarea investigativa, ha vivido siempre en un ambiente en el cual únicamente se puede experimentar la visión en blanco, negro y grises. Cuando le preguntamos a Mary si ella sabe que es ver el color rojo, ¿Cuál seria su respuesta? En tercera persona, nos puede responder, por ejemplo con una explicación de las vías y pasoso que llevan de un objeto a su representación en la corteza occipital. Pero ¿sabe Mary que es el color rojo?

Frente a esta disyuntiva, el argumento materialista puede afirmar que los qualia no deben explicarse, sino simplemente eliminarse (tesis del materialismo eliminativo), es decir, las cualidades subjetivas de la experiencia se colocan al mismo nivel de conceptos como el del phlogiston, entidades que la ciencia se han encargado de eliminar por inexistentes. Sin embargo, frente a ellos se argumenta que al eliminar lo subjetivo, se elimina justamente lo que se pretende explicar.

En el campo de la filosofía de la mente, el materialismo también se encuentra planteando desde el concepto de la tesis de la identidad. Esta tesis afirma que todo estado mental es in estado cerebral, lo cual es mas radical que afirma que los estados mentales están correlacionados o cavarían con estados cerebrales.

Conductismo

El conductismo ofrece su propio punto de vista sobre la relación mente-cuerpo (el término conductismo en este contexto no es lo mismo que el conductismo como escuela psicológica, si bien guarda una estrecha relación con el). Para entender el conductismo en el ámbito de la filosofía de la mente es preciso interpretarlo, ante todo, como una reacción contra el mentalismo que acompañó al dualismo. El movimiento del positivismo lógico apadrinó buena parte de los giros científicos y filosóficos de inicios del siglo XX, que en el caso de la filosofía desembocaron en la propuesta conductista.

Esta corriente afirma que una teoría científica de la mente solo puede formularse a partir de lo observable -en este caso, la conducta-, por lo cual sería el tipo de ciencia que ofrecería proposiciones con sentido, es decir, verificables por la observación: esto, quizá, sea el principio epistemológico fundamental del positivismo lógico. En cierto modo, el conductismo así visto, ni afirma ni niega la existencia de objetos mentales; lo que hace es recalcar el estudio científico de la conducta. ¿Cómo podría la ciencia estudiar cosas como ideas, creencias y deseos si no son observables?

Desde la perspectiva conductista, el problema mente-cerebro se descarta, ya que es entendido como un pseudoproblema que resulta de la confusión acerca del significado de ciertos términos en el lenguaje ordinario. Esta tesis es extensamente desarrollada por G. Ryle en su escrito “El concepto de la mente”, en el cual se basa de manera clara en aproximaciones adelantadas por Wittgenstein.

Uno de los problemas que enfrentó sin éxito el conductismo fue el de correlacionar la enorme cantidad de conductas o disposiciones con las que se corresponden con una única proposición verificable. La frase ¨Juan cree que lloverá hoy¨ no puede traducirse a una oración única conductista, del tipo ¨Juan carga la sombrilla¨ o Juan viste gabardina¨, etc. De ese modo, no parece existir una forma de restringir el rango de conductas posibles que le darían significado a esta simple creencia; la teoría colapsa bajo su propio peso.

Funcionalismo

*Muchos objetos son lo que son, no en virtud de aquello de lo cual están hechos, sino en virtud de su función. *

El funcionalismo parte de la diferencia entre la función de un sistema y sus constituyentes, por ejemplo, un reloj tiene como fin marcar el tiempo y puede estar hecho de diversas maneras: mecánico, digital, etc. Tomemos también el caso del dinero, que puede estar hecho de distintos materiales. No se examina su composición molecular para entender si un objeto es o no es dinero, sino por su función en un contexto determinado.

En el campo de la mente el funcionalismo también es una estrategia para estudiar lo psíquico. Se relaciona, así mismo, con la teoría computacional que le ha dado un impulso decisivo. En una versión ¨dura¨ podemos sostener que la mente representa una función que podría ser llevada a cabo por un sistema diferente del cerebro, como un computador. Por lo tanto, hay que estudiar las leyes del procesamiento de información por medio del sistema y replicarlo en modelos artificiales. La inteligencia artificial esta ligada a la visión funcionalista del cerebro.

En esta tradición un concepto central es el test de Turing, el cual consiste en someter a prueba las producciones proporcionales de un sistema inteligente, utilizando como punto de comparación el humano corriente. Uno de los sistemas inteligentes que con frecuencia ha probado este test es Eliza, un programa de computador diseñado por Joseph Weizenbaum, que imita las intervenciones propias de un terapeuta en una sesión de psicoterapia. El funcionalismo sostiene, además, que para estudiar la mente no es suficiente conocer los elementos que la constituyen, sino su organización. Por otra parte, puede ayudarnos a entender como un estado, digamos la depresión, es resultado de distintos sustratos orgánicos con un resultado final común.

Tal vez el argumento en contra de la teoría computacional mas conocido es de ¨la habitación de China¨, propuesto por J.R. Searle. Imaginemos un cuarto en el cual hay una persona que recibe una serie de preguntas en chino por una ventanilla y da las respuestas en el mismo idioma, por otra. La persona que recibe las preguntas sigue unas instrucciones, como aparear determinados signos y grafismos con otros. Las respuestas serán adecuadas, pero ¿podríamos afirmar que esta persona sabe hablar chino?

Animación de la habitación de China

FENOMENOLOGÍA E INTENCIONALIDAD

Un aporte, a nuestro juicio, esencial en este campo es de Husserl y su fenomenología. Hasta hace poco la fenomenología había sido un poco olvidada, sobre todo en la tradición sanoja del estudio de la filosofía de la mente. Sin embargo, recientemente se han propuesto aproximaciones que tienden puentes entre las dos corrientes. En la tradición del pensamiento psiquiátrico europeo continental surgió un gran interés por la obra de Husserl a partir de los desarrollos de autores como Jaspers y Biswanger.

Husserl retomo el concepto intencionalidad y a la vez recogió un concepto de la escolástica. La intencionalidad es una característica esencial de lo relacionado con la mente: los estados mentales son siempre acerca de algo. Las vivencias y la conciencia son vivencia y conciencia de algo. De esta manera, la intencionalidad también define lo mental. No hay conciencia sin intencionalidad.

Sin bien Hussert predica un antinaturalismo que parece ser irreconciliable con la gran explosión de conocimiento neurofisiológico de nuestros días, existe un creciente campo de trabajo que integra los análisis fenomenológicos con los hallazgos neurobiológicos, sin sacrificar los aspectos centrales de la fenomenología.

Uno de los temas fundamentales para la fenomenología y para algunas áreas de la ciencia cognitiva y las neurociencias es el de la corporalidad como elemento central de la experiencia psicológica. La teoría de la mente encarnada o, de la cognición incorporada, ofrece una alternativa al dualismo mente-cuerpo y más específicamente a la división cerebro/cuerpo/mundo externo. Como sostienen Varela, filosofo chileno, la mente no esta solo en la cabeza y no es posible entenderla simplemente como un programa computacional que corre en el cerebro, tal como sostienen la analogía computacional. La capacidad mental esta inscrita en el cuerpo y surge de la interacción del organismo con el mundo. Si se pudiera tratar de ubicar especialmente, la mente no está ni adentro ni afuera del cuerpo, sino en el punto de codeterminación entre el adentro y el afuera.

Esta forma de entender lo mental ofrece una perspectiva integradora para la psiquiatría y para el estudio de la mente humana. Por ejemplo, el efecto del medio y las interacciones sociales sobre la salud mental y sobre las enfermedades médicas, incluyendo los fenómenos psicosomáticos, ya no resulta tan sorprendente, y no hay que hacer ningún ¨salto¨ desde lo mental hasta lo físico. Al respecto, autores como Petitot y Varela han propuesto un modelo de mutua delimitación que se ilustra en la tabla.

A este esquema puede agregársele una correspondencia más, de creciente interés en estudios psiquiátricos: la existente entre la programación temprana de ejes neuroendocrinos y la visión emocional del mundo que más adelante tendrá el sujeto y que es materia de análisis fenomenológico.

Modelo de mutua delimitación de la corporalidad

t1.jpg
Resumen

Este breve recuento de algunas de las principales corrientes existentes en el campo de la filosofía de la mente y de sus temas de discusión, se propone como una introducción básica a un área de discusión que ya ha ido ganando presencia en el ámbito psiquiátrico y seguirá haciéndolo, y frente al cual es importante una mayor preparación de los psiquiatras en general.

ACERCA DE LA CONDUCTA HUMANA Y DE LOS FUNDAMENTOS SOCIALES Y CULTURALES

¿Como se define la conducta humana?

*A pesar de la aparente sencillez de esta pregunta las distintas posibilidades para referirse a la conducta humana (posibilidades fundadas en posturas teóricas), le confieren gran dificultad a las tareas de responderla. *

Mas aún, la acepción “conducta humana” conlleva una serie de supuestos y de implicaciones que podríamos empezar por aclarar, como se intentará a continuación.

Es solo en los inicios del siglo XX cuando J. Watson define la psicología como parte de la ciencia natural, cuyo objeto de estudio es la conducta humana y su meta, su predicción y control; el método propuesto para lograrlo es la experimentación. Así la conducta se refiere a los comportamientos que pueden observarse y medirse, resultados de la asociación (o condicionamiento) entre un estimulo y una respuesta; explicación esquematizada como C= E- R. De estos planteamientos es posible extraer algunas conclusiones relacionadas entre si y concernientes tanto al objeto de estudio como a la manera de abordarlo. La primera es el uso de la expresión “conducta humana”, la cual dio su nombre a la escuela conductista, que, con desarrollos posteriores, se convirtió en una de las más importantes del siglo pasado. Estos desarrollos parten del estrecho paradigma (ya mencionado) enriquecido al incorporar variables correspondientes al organismo que responde, al estímulo o condiciones del medio y a la respuesta (C= E -O- R), y, finalmente, al concederle vital importancia a los procesos de pensamiento, tal como puede apreciarse hoy en los aportes de la línea cognoscitiva-conductual.

La segunda es la inscripción de la psicología y, por ende, el estudio de la conducta humana en un modelo de conocimiento que establece una diferencia tajante entre el sujeto que percibe, observa, describe o evalúa y aquello que analiza, pues todo esto hermana a la psicología con las ciencias (naturales) restantes y le confiere, de esta manera, una condición de validez similar.

La tercera es el hecho de acogerse al método científico imperante y a la experimentación como la vía privilegiada para el conocimiento, y, con esto, la necesidad de parcializar, dividir en elementos lo que se pretende conocer para garantizar la objetividad.

M. Mark y W. Hillix señalan que para Watson la conducta podía reducirse a procesos físico-químicos, pues está, compuesta de secreciones glandulares y movimientos musculares.

La cuarta corresponde al cuestionamiento a la idea, aceptada hasta ese momento acerca del peso casi exclusivo de la herencia en el proceder humano, pues, aunque se reconoce su existencia. La relación causa- efecto entre estímulo y respuesta se constituirá en el determinante de la conducta.

Ahora bien, en los treinta años de la historia científica de la psicología, que precedieron a los trabajos de Watson, los intereses, habían girado en torno a la conciencia y a sus estructuras, a las funciones mentales, a la precepción, a la inteligencia, a las destrezas, al recuerdo y al olvido; muchas de las inquietudes se recogieron de la filosofía atinentes al origen de las ideas, la libertad, las normas, la vinculación alma-cuerpo. De allí que no se hablara de conducta, sino que se apuntara el conocimiento de lo considerado típicamente humano, es decir, a la racionalidad, a la efectividad y a la volición. Digamos que era el mundo interno o la vida interior del sujeto lo que se pretendía conocer mediante lo que él pudiera contar acerca de sí mismo. Se mantenía como método la introspección (cuyo sentido nato es mirar hacia dentro, esto es, examinar el contenido de la propia conciencia) heredada de la filosofía, con modificaciones(posteriores) para ajustarlas a ciertas exigencias de objetividad.

Igualmente, se destacan para la época del surgimiento científico de la psicología, los esfuerzos por demostrar las conexiones entre el mundo de los fenómenos psíquicos y los físicos y biológicos, hacia a donde apuntan los aportes de Galton, quien inaugura un laboratorio en Londres para realizar mediciones sensoriales (agudeza visual, auditiva, entre otras), y arguye que si lo psicológico se configura a merced a lo que entra por los sentidos, las características de estos pueden arrojar luces sobre aquello.

*Pero, vínculos como los aludidos aparecen en diversos momentos en las explicaciones occidentales de las maneras de actuar de los seres humanos (a cargo, básicamente, de la religión y la filosofía). *

Las primeras asociaciones remiten a los deseos de los dioses, luego a los nexos entre el alma y el cuerpo, o bien entre la mente y el cuerpo, que para hoy continúan discutiéndose en términos de cerebro y mente. Ciertas tipologías de personalidad ejemplifican la pretensión de entender lo psicológico como un derivado de lo biológico y sujeto a sus leyes. Así, en el siglo IV a.C., Hipócrates, exponía cuatro formas de ser, directamente relacionadas con la preponderancia de los humores del organismo, vinculados al aire, el fuego, el agua y la tierra.

Los somatotipos de Sheldon se afincan en la idea de que las características corporales (determinadas basándose en la antropometría) se asocian indisolublemente con el temperamento, y, ahora, hablamos de personalidades tipo A y B, en las cuales se recalcan los condicionantes filogenéticos. La naturaleza humana es, en esos y estos tiempos, biológicas, y conceptos como instinto o heredad vienen hacer las pruebas angulares al momento de esclarecer las razones del actuar.

A finales del siglo XIX y durante el siglo XX aparecen nuevos enfoques en la comprensión del compartimiento. Así, el psicoanálisis insiste en la inclusión de una esfera poco apreciada hasta su señalamiento por Freud: la del inconsciente, que pone en duda el culto a la racionalidad de la época moderna, y que para mediados del siglo XX se ve gravemente quebrantado por las demandas post modernas. Con el lente de esta escuela en plena vigencia ahora, la conducta es, en buena parte, resultado tanto de determinantes que escapan a la razón como de las vicisitudes del desarrollo psicosexual. Otros defenderán la totalidad y las interrelaciones como la opción valida para dar cuenta de nuestras acciones, las cuales aducen que separar o aislarlos elementos rompen con la posibilidad de entenderlas.  “El todo es algo más que la suma de las partes” será la frase que resumirá en muchos textos la escuela de la Gestalt. Ahondando en la interdependencia y en las configuraciones se originarán las concepciones sistémicas, otra de las figuras centrales de la actualidad. Las corrientes fenomenológicas insistirán en el aquí y ahora, en la necesidad de aproximarse a los eventos tal como ocurre y ellos referentes de tiempo, cuerpo y espacio como hilos conductores para encontrar su significado.

piaget-550x330.jpg

Jean Piaget postulará la epistemología genética al subrayar la evolución del conocimiento y la manera como se organizan niveles de la inteligencia de acuerdo con el desarrollo ontológico, para lo cual la interacción y la adaptación organismo-ambiente es fundamental. La escuela humanista pondrá de relieve la creatividad y la capacidad de decisión libre como alternativas a la deshumanización que las posiciones deterministas suponen.

Para puntualizar (parcialmente la cadena de escuelas que vio nacer el siglo XX, basta citar a M. Yela cuando anota:

Contra el estudio exclusivo de los contenidos de la conciencia, surge pronto el interés por la función, en la escuela funcionalista. Contra el carácter atomista, elementalista y asociacionista, se levanta la escuela de la Gestalt o de la forma.

 

Frente a la reducción de los fenómenos psíquicos a supuestos elementos causales de la conciencia, la fenomenología defiende el atendimiento a los fenómenos mismos tal y como se ofrecen a la conciencia intencional.

 

Frente al carácter explicativo de la psicología como ciencia natural, se opone la exigencia comprensiva de la psicología como ciencia del espíritu.

 

Contra el carácter introspectivo y mentalista, se sitúan las pretensiones de pura objetividad científica de la reflexología rusa en el conductismo americano.

 

Finalmente, frente al carácter concientista, surgen enseguida, avanza entre protestas y consigue luego un desarrollo inundatorio, la reacción psicoanalítica.

Y, aunado a lo anterior, se debe reconocer el aporte de las ciencias sociales no solo en cuanto a vislumbrar caminos originales para subrayar el papel de la historia, de lo colectivo y, en general, de la comunicación y de la cultura como matices insoslayables de la conducta, sino en puntualizar los lazos entre etnia, clase, poder y marginación; y al dotar con un arsenal metodológico la función de investigar por medio de modelos cualitativos, interpretativos, que, mas que describir, predecir o controlar, buscan acercarse a las razones que los seres humanos ofrecemos de nuestras acciones. Es gracias a esto que se habla de leer la conducta y de encontrar sus sentidos, de realidades construidas, de intersubjetividad, de género. Respecto a esto último, la contribución feminista se destaca ampliamente, aunque resulta ilustrativo para las intenciones de este capítulo, en cuanto al papel de los imaginarios, la discriminación y la desigualdad, rastrear las contingencias de la participación de las mujeres en la ciencia y, específicamente, en los terrenos psicológicos, siguiendo los textos de Emilce Dio Bleichmar y Alejandra Araiza.

Metáforas tomadas del teatro nos sitúan en escenarios donde actores interpretan tramas y personajes; los sujetos se configuran en sus narraciones, y el leguaje (tanto por lo que dice como por lo que oculta) se erigirá como uno de los señeros de la conducta humana. La vida corriente, los encuentros, las conversaciones, las formas de vestirse, de caminar, en fin, las actividades habituales o la cotidianidad se convertirán en protagonistas, y se insistirán en el acercamiento al acervo de conocimientos de grupos y comunidades, a sus particularidades en la psicología y psiquiatría se empezarán a consolidar corrientes calificadas como culturalistas, etnológicas y folclóricas.

Hacia finales de los años sesenta la psicología se manifestaba en facetas múltiples ilustradas aquí por las concepciones de tres autores:

La costumbre de buscar una explicación de la conducta en el interior del organismo a tenido a obscurecer las variables de que disponemos para un análisis científico. Estas variables se encuentran fuera del organismo, en su medio ambiente inmediato y en su historia. Tienen un estatus físico al que están adaptadas las técnicas comunes y hacen posible explicar la conducta al igual que en ciencias se explican otras materias. Ciencia construida según el modelo de las ciencias, ciencia de lo subjetivo. El grupo de fenómenos específicos que son investigados por la psicología puede distinguirse clara y exactamente de los fenómenos son nuestras percepciones, pensamientos, sentimientos, nuestras aspiraciones, intenciones, deseos, etc., es decir, todo lo que forma el contenido interno de nuestra vida y lo que, poco más o menos, nos es dado como experiencia.

Para los años siguientes, con el desdibujamiento de la brecha demarcada por la ciencia tradicional entre su modalidad (científica) de pensamiento y la del sentido común, y al nutrirse de esas otras fuentes, la comprensión de la conducta humana por parte de la psicología se tornará muy compleja, las simplificaciones del conocimiento que produce y pone en circulación destacarán su carácter social y político, aseveración taxativa en Martín-Baro, “toda acción es en principio ideológica” y, como ganancia invaluable, se propiciará la autocrítica, tal como puede apreciarse en esta transcripción:

Tenemos, pues, que con el giro posmoderno, la psicología, a partir de la auto reflexión y la de construcción, analiza su propio discurso, intenta comprender la manera en que opta por producir un conocimiento determinado y que consecuencias conlleva o, dicho de otra forma como partir de los términos psicológicos utilizados para indicar características humanas construimos el mundo de tal forma que se favorecen ciertos patrones de conducta por encima de otros, con efectos de verdad y de gobierno de la subjetividad, en términos foucaultianos de “biopoder”, productivo y regulativo a la vez.

Por todo lo anterior se han producido transformaciones fundamentales en lo que se asume con la expresión conducta humana, en las explicaciones de su determinación y en las opciones de generar conocimiento a su alrededor. Así, otras son “o debieran ser” en estos primeros años del nuevo siglo nuestras nociones de realidad, de sujeto o de historia; incluso, la postura dualista que ha mantenido separados a la mente y al cuerpo encuentran soluciones como la señalada por Donovan: el nuevo punto de vista entiende la actividad cognitiva como en nación, como acción corporeizada. Ello lleva a la convicción que nuestro conocimiento es inseparable del lenguaje, el cuerpo, la historia social y evolutiva, es decir, este situado en un mundo el de nuestra corporeización. Con lo cual queda en entredicho una de las creencias más arraigadas del legado científico de occidente, esto es, “el mundo es independiente del conocedor”.

IMG_0709.jpg

Paradójicamente (talvez debido a ello) frente al imperio de las especializaciones, las fronteras entre disciplinas tienden a desaparecer; igualmente, a la par con la homogeneización y la globalidad se cuestiona la búsqueda a ultranza de leyes universales en este marco, Teresa Cabruja Ubach, por ejemplo, acota la función emancipadora de la posmodernidad por dar cabida a un relativismo epistemológico que permite la acción política, que mientras se rechaza de este relativismo de juicio.

Pero no debe asumirse con los planteamientos previos que existe una homogeneidad de saberes o una aceptación de las posibilidades contemporáneas. Mas bien debe reconocerse la hegemonía (por lo menos en el terreno de la salud y de sus disciplinas relacionadas) del modelo biológico y de los paradigmas del conocimiento objetivo y de la ciencia tradicional.

 

Para Emilio Quevedo, esa hegemonía se deriva de las mentalidades médicas del siglo XIX y principios del siglo XX. En el siglo XXI es posible identificar, a la par con la permanencia de este enfoque, los anunciados post modernos de la psicología construccional una crítica del pensamiento moderno que ve en el conocimiento un proceso psicológico y social constructor de la realidad, proceso que determina el comportamiento humano o una epistemología de la complejidad que contribuye a comprender al ser humano “como un ser paradójico que es, a la vez ordenado y caótico, regular e irregular, contradictorio y borroso en su personalidad y su comportamiento”.

Llamativos son los avances de las neurociencias, particularmente los campos novedosos configurados por distintas disciplinas, incluyendo las interfaces tecnológicas cerebro-máquinaso su integración con la psiquiatría con el señalamiento de que:

"Si nos atenemos al estudio de los hechos neurobioquímicos, neurofisiologios, genéticos, […] susceptibles de comprobación objetiva, sabremos más y con mayor precisión sobre la vida, sobre el organismo, pero poco habremos avanzado en el modo de entender, de existir, su desasosiego y sus extravíos".

Entonces, ubicados en este contexto, responder a la pregunta ¿Qué es la conducta humana? puede hacerse mediante la descripción y el análisis de los aspectos o elementos que la conforman. Por ejemplo: los sentimientos, las motivaciones, la percepción el pensamiento, la inteligencia, la personalidad, etc., forma de entender similar a la utilizada por la medicina respecto a órganos y sistemas y, en esa medida, útil en el marco del examen mental, durante el cual se fusiona con una especie de “lista de chequeo”, que busca identificar la presencia o la ausencia de indicadores (signos y síntomas) de las variables que se van a evaluar. Esta mirada analítica se vincula de manera efectiva con la semiología y con la psicopatología, a la vez que con los cuadros diagnósticos, por cuando estos se configuran a partir de una organización particular de los datos así obtenidos.

También, es posible responder que conducta es aquello que hacemos los humanos, la forma en que nos comportamos, es decir, las maneras como pensamos, sentimos, explicamos nuestras acciones, nos relacionamos con los demás, damos cuenta del mundo, planteamos dilemas, recordamos circunstancias, entendemos, escribimos o danzamos. Referirnos, en general, a los eventos listados o a cada uno de estos nos deja en claro, por lo menos, que son múltiples las expresiones y manifestaciones de la llamada conducta, y, por otra parte, que existen parecidos y diferencias notables si tratamos de estudiarla a partir de dos aspectos: el momento y el sitio de ocurrencia, mas precisamente con las coordenadas de tiempo y espacio, o, dicho de otra manera , inscrita la conducta en sus determinantes históricos y socioculturales, con los cuales es necesario pasar a una nueva indagación.

Hasta ahora, se ha realizado una valoración general de las diversas teorías que han predominado el estudio de la mente, sin embargo, su aplicación en campo clínico puede tener algunas complicaciones.

No es suficiente contar con un manual o una estricta referencia de las patologías o trastornos de la mente que inciden en el comportamiento humano, sino que, resulta imperante, realizar una valoración sistémica del contexto en que el individuo se ha desarrollado; dicho de otra manera, además de los probables condicionamientos biológicos (como la genética) el entorno juega un papel muy importante.

Llegados a este punto, dedemos partir de una premisa: ¿porqué es importante conocer las distintas teorías desarrolladas en la historia para comprender la conducta humana a pesar de contar en la actualidad con la tecnología que presumiblemente nos podría brindar una respuesta más sencilla sin necesidad de realizar tanto abordaje?; ¿porqué las instituciones académicas y educativas, insisten en valorar ese contexto histórico? o ¿sólo debieramos centrarnos en lo que un manual o una técnica nos indican, porque un artículo o un autor así lo estima?

Tu primer actividad antes de comenzar en el estudio de los considerados trastornos, será compartir en el siguiente cuadro de diálogo, tus opiniones sobre las preguntas expuestas.

¿PUEDE HABLARSE DE FUNDAMENTOS SOCIALES Y CULTURALES DE LA CONDUCTA HUMANA?

Aunque el buen juicio (y todo el peso del conocimiento usual) pareciera obligarnos a asumir que si y, a renglón seguido, pasar a describir las múltiples maneras como las circunstancias sociales y las pautas aprendidas influyen en el comportamiento, un punto intermedio permite discurrir acerca de las consecuencias de esa apreciación, pues si la intención es asumir una serie de supuestos o bases que sostendrán lo que viene a continuación (la conducta, la enfermedad, etc.), lo social y lo cultural complementan lo neuroanatómico, lo neurofisiológico, lo genético y lo molecular; estaríamos acogiéndonos a un orden y a una modalidad de pensamiento acerca de la cual ya se han realizado consideraciones que resultan conveniente recordar.

La idea de linealidad subyace a la exposición secuencial de empezar por los cimientos, al colocarlos de manera ordenada (en su puesto) y al establecer algunos amarres (puntos de contacto y de separación) que garanticen su firmeza e inmovilidad; al trasladar esto al área de conocimiento que nos ocupa, se busca evitar la contaminación o traslape de los contenidos, y demarcar los territorios propios (privados) de cada disciplina o parcela del saber.

Los nexos entre las distintas contribuciones serán posibles por medio de las estrategias de pluridisciplinariedad, luego de exponer por tandas los discursos y después de apelar a la noción de multicausalidad, respetuosa de las jerarquías dada por los pesos (o valores) asignados para los distintos elementos o factores yuxtapuestos; peso o valor que será establecido basándose en procedimientos estadísticos.

Posiblemente, las metáforas mecánicas o físicas (y, en un ultimo caso, de albañilería), evidentes en esta manera de explicar, incidan en una de las quejas frecuentes de los docentes respecto a los estudiantes (de pre y posgrado), debidas a las fallas a la hora de vincular lo aprendido. Esa dificultad persiste para lograr una comprensión totalizadora y repetitiva en el ámbito de la salud, donde el calificativo de integral se usa para incluir lo que no se reconoce, para llenar los vacíos y, en fin, para pensar con el deseo, porque integral (se afirma) es el entendimiento de las enfermedades y de los pacientes, integral es la atención en salud, integral es la clínica, la formación profesional, el trabajo en equipo, etc.

Esta dificultad no es gratuita ni tampoco fácil de solucionar, aunque lo biopsicosocial se esgrime a veces como el culmen de la plenitud; cuando nos pensamos como seres biopsicosociales, puede asaltarnos el mismo temor que a ciertos homenajeados y es que en el listado de reconocimientos alguien se quede “por puertas”, lo que, en este caso , supondría la necesidad de añadir a este trinomio (triple denominación) nuestra filiación histórica, estética, ética, cultural, política, ecológica, y lúdica. Y esta reflexión nos conduce a demandar el concurso de muchas disciplinas, pues tal como ocurre en la medicina en general:

Si la salud debe ser estudiada en el marco de esas tres reproducciones (del individuo biológico, del medio ambiente y cultural), es inevitable comprender que su tratamiento es cada vez mas un asunto de equipos de profesionales muy diversos entre sí, con enormes dificultades para encontrar un lenguaje común.

Pero aun al aceptar, en este modelo de lo biopsicosocial, la inclusión de tres grandes aspectos relacionados con la conducta (anotando la fragilidad del vínculo sujeto a un guion), cada una de esas vertientes se inscribe en un orden y una lógica distinta que delinea paradigmas, intenciones, intereses y procederes metódicos diversos, como puede apreciarse enseguida.

Situarse en el terreno de la biología significa plantarse en lo común, en aquello que determina buena parte de los parecidos de los seres humanos. De hecho, cuando se alude a los patrones similares o a las muestras de comportamiento con escasas variabilidades, se recurre al concepto de maduración- para J. Whiataker, la persistencia de la genética luego del nacimiento, expresada en los procesos de crecimiento físico que dan lugar a una conducta ordenada-, pues esgrime ejemplos de los niños que en puntos distintos del planeta exhiben, en tiempos establecidos, una secuencia de comportamientos englobados bajo el nombre de desarrollo psicomotor. La biología cobija el universo de lo natural, y cuanto mas extrema y parcial sea la búsqueda de explicaciones para la conducta en esta línea, mas nos alejamos de la historia, de las transformaciones, de las diferencias, pues los genes son eternos, predeterminados, inmutables por siglos.

La genética nos acerca a las alteraciones observables, mediables y a la esperanza (en su versión mas extrema) del clic (el clon, el trasplante, etc.), capaz de modificar la conducta y desaparecer la discapacidad, la imperfección (soluciones que ahora dejamos en manos de la cirugía, la ortodoncia y la estética). Pero detrás de estas fantasías idílicas (de un mundo sano, poblado por hermosos/as) aparecen las orejas del lobo, porque seguramente el acceso a modificaciones y a prótesis vendrá a constituirse en un nuevo mecanismo de poder digno de discriminación. En esta línea de ideas, Chadwick expone las implicaciones éticas de la generalización en salud mental. Por cuanto para algunos esto distrae la atención de otros determinantes de los problemas, y no necesariamente se traduce en un tratamiento más adecuado.

Desde el ámbito de la biología, gozamos de falsas seguridades, por ejemplo, la de igualdad, pues nuestros niños, como casi todos los niños del mundo, sonríen, gatean, caminan y hablan (con oscilaciones no muy extremas) en edades similares. Esta cronología nos identifica con nuestros congéneres. Sin embargo, existe en esta postura la tendencia a pensar que es luego del nacimiento cuando el medio empieza a estimular al bebé (hasta el momento obra maestra de la naturaleza, la genética y la biología). La aceptación de que previo a este momento puede existir algún tipo de influencia se remite a los llamados riesgos prenatales o a los señalamientos acerca del sufrimiento del bebe ante situaciones persistentes de gran tensión emocional, golpes, ruidos fuertes, entre otros. Una vez acomodados en su entorno y atendiendo a lo observable, se admite que los bebes no adecuadamente nutridos o estimulados pueden presentar retardos o problemas en su desarrollo; reglón seguido, se programan entrenamientos para los padres (los maestros o los equipos de salud) encaminados a prevenir o atender esa situación.

Pero lo cierto es que referirse a las características y condiciones de sus padres, a su familia y a su entorno no se limita a la donación de un número de genes o a la presencia de unas condiciones ambientales o a las circunstancias económicas, como una variable mas (casi siempre menos, por la tendencia a dejar de lado) que solo se considera en determinadas circunstancias. Estamos aludiendo a la matriz social en la cual ese nuevo sujeto viene a ser parte de una historia humana, temporal, espacial -sobre todo simbólicamente situada--, que, mediante procesos denominados aprendizaje, interiorización, endogenización, aculturación y socialización, se apropia de los modos de vivir creados por los seres humanos.

*Por lo tanto, lo social y lo cultural son (también) la esencia misma de lo humano, antes, durante y después del parto, por cuanto esa potencialidad fundada en lo innato es plástica y cambiante. *

En esta perspectiva, no puede hablarse de una separación tajante entre un mundo interno y un mundo externo, tampoco ante un sujeto y lo social, debido a que esta parte es constitutiva de ese sujeto, quien a su vez hace parte de una historia colectiva.

Acogerse a lo cultural es, entonces, adentrarse en el mundo de la diversidad, de los colores, de las formas o de los movimientos, alguna vez (todavía) objeto de Geographic Magazin (de Discovery Chanel o de películas que buscan hacer la diferencia un espectáculo cinematográfico de impacto). Allí se exhiben atavíos coloridos con múltiples vueltas de collares que alargan el cuello, círculos metálicos que amplían el tamaño de los labios, zapatos estrechos que achican los pies (pero potencian la condición), tatuajes, pinturas corporales , uñas larguísimas de las bailarinas de Tailandia, contoneos de vientre que descubren los velos … en fin (para ciertas maneras de explicar la conducta), todas esas postales asimiladas como cultura, pues el término paradójicamente concita a pensar en otros, en los otros, en los distintos, extranjeros , de otros países, lugares e idiomas. Puestos a cavilar en la nuestra, imaginamos a los grupos étnicos particulares (básicamente afrodescendientes e indígenas) con los cuales se asocia la idea de cultura, pues el etnocentrismo recalca la similitud de un grupo (seguramente percibidos como) marginales, minoritarios o extraordinarios.

En las posiciones teóricas centradas en lo biológico, la cultura es un adorno o marco encantador del cual es factible aislar la conducta siempre que se intenta hablar de sus causas, manifestación recurrente del conflicto - naturaleza – cultura o innato-aprendido, pero olvida que, así como antes la diferencia entre naturaleza y cultura se resumía adjudicándole a la segunda todo lo que no haya sido transformado humanamente de alguna manera. Por lo tanto:

Si hay algo cultural es precisamente la noción de lo natural. No hay una naturaleza en si, sino aquello que dentro de una cultura particular es conceptualizado como perteneciente a la naturaleza, en oposición a lo que es concebido como lo cultural. Así, la naturaleza siempre esta “culturizada”, pues forma parte del universo semántico al cual la noción de cultura también pertenece. Por eso, lo que es pensado como natural en una cultura a menudo sinónimo de “convencional”, “apropiado”, “correcto”. Mientras que lo no natural es tomado como equivalente de lo inconvencional, lo excéntrico, lo idiosincrásico o lo flagrantemente incorrecto.

Esa amplia matriz de sentidos posibilitadora de comunicación, de ponernos en común, de construir comunidad no atañe exclusivamente -diría Muñoz- a los elementos étnicos, ancestrales, arcaicos o a la capacidad de las élites para captar lo noble del espíritu, sino, fundamentalmente, a las complejidades que se refieren a la cultura como tejido, como universo de sentido, como memoria de la sociedad, como expresión de la vida y como marco de observación.

En el campo de la salud han venido tomando fuerza los determinantes sociales de la misma, perspectiva que se aparta de lo usual, de los factores de riesgo, privilegiando el análisis de las inequidades entre los distintos grupos sociales.

La Comisión de determinantes sociales de la salud de la OMS, los clasificó en tres grandes grupos; situación socioeconómica y política; determinantes estructurales (posición social, género, etnia, acceso a educación y empleo) y determinantes intermedios (circunstancias materiales: calidad de la vivienda, del vecindario, del entorno laboral, medios de subsistencia; circunstancias psicosociales; apoyo, redes sociales, estrés, factores conductuales y biológicos; genéticos, nutrición, actividad física, consumo de sustancias psicoactivas; cohesión social; confianza y respeto; acceso al sistema de salud).

El impacto de estos aspectos ha sido demostrado a través de diversas investigaciones, aunque tal propuesta no rompe con el paradigma tradicional “en tanto convierte las estructuras sociales en variables y no en categorías de análisis del movimiento histórico de la acumulación”, lo que si logra la propuesta de la determinación social al afirmar que la salud es un proceso complejo y “en cada periodo histórico los cambios y movimientos de la salud como objeto, se interrelaciona con las innovaciones conceptuales y las transformaciones de la práctica.

La acepción conducta humana denota distintas posibilidades o posturas teóricas, conlleva una serie de supuestos y de implicaciones, lo cual se evidencia mediante un recorrido desde las primeras explicaciones que remiten a los deseos de los dioses, hasta las explicaciones sobre los nexos entre el alma y el cuerpo, o bien entre la mente y el cuerpo (hoy cerebro y mente). El surgimiento científico de la psicología demostrando las conexiones entre los fenómenos psíquicos y los físicos y biológicos, y sobre el aporte de las ciencias sociales acerca del papel de la historia, de lo colectivo y, en general, de la comunicación y de la cultura, y el de los enfoques complejos y construccionales, así como los evidentes nexos con las neurociencias.

Como nodo del capítulo se subraya la determinación histórica y sociocultural de la conducta, coordenadas de tiempo y espacio para la comprensión, que configuran un espacio dinámico, en el cual convergen (y divergen) multiplicidad de posturas en pro de la diversidad y no de un reducido margen de modelos, pues referirse a la conducta humana es aludir a las maneras de entenderla como resultado de las concepciones del mundo y de la vida (o teorías) que en el transcurrir histórico son estructuradas social y culturalmente.

ACTIVIDADES DE APRENDIZAJE:

2.- Realice un cuadro sinóptico por cada una de las teorías de la mente expuestas en este apartado e indique al menos cinco carácteristicas que las diferencien de las demás. 

 

3.- Investigue en medios impresos o electrónicos al menos dos noticias relevantes a nivel nacional acontecidos en los últimos 30 días e Ingrese al foro de discusión para compartir los siguientes puntos:

 

a).- ¿Qué noticias logró identificar?

b).- ¿Cómo podrían afectar esos acontecimientos en su entorno familiar?

c).- ¿Considera que los medios de comunicación contribuyen para fortalecer "el condicionamiento del miedo" ?

d).- ¿Cómo podria afectar o favorecer a un adolescente el conocimiento de una noticia de impacto? (según la que usted haya encontrado)

e).- ¿Cree que el entorno hace la forma?, es decir, ¿los condicionamientos mentales subyacentes se ven potenciados o desfavorecidos por el el propio entorno?

f).- ¿Usted cree que vivimos en un mundo hostil o benevolente?

 

Hasta ahora seguramente se pregunatrá ¿cuándo hablaremos de depresión, violencia o cualquier otro trastorno mental?. Es importante señalar que ningún profesional de la salud mental puede dejar pasar por alto estas reflexiones, ya que si bien la psiquiatría se ocupa del estudio, el diagnóstico, el tratamiento y la prevención de las enfermedades mentales de carácter orgánico y no orgánico, para llegar a una reflexión actual objetiva, la neurociencia, la biopsicología y la neuropsicología son disciplinas que requieren trabajar de manera conjunta.

Esta unidad será complementada con el material que estará disponible a partir del día 16 de marzo y con ella se concluirá la misma para dar paso al estudio de la entrevista psicológica, la exploración psiquíatrica, la exploración neurológica, la formulación de diagnósticos, la semiología en psiquiatría, la psicopatología aplicada al exámen mental, la valoración neuropsicológica y la introducción a la neuroimagen.

Usted podrá realizar las actividades antes citadas y compartirlas a más tardar el día 14 de enero.

En el foro de discusión apreciará los comentarios que formularán los docentes y podrá interactuar con ellos a través de ese medio.

LA TEORÍA PSICOANALÍTICA

sigmund-freud-png-3.png
FreudSignature.png

El psicoanálisis constituye una de las teorías básicas en el devenir del siglo XX. Ha influido en muchas de sus manifestaciones y, en el comienzo de un nuevo siglo, se encuentra profundamente insertado en la cultura y en la visión que el hombre tiene de sí mismo. Estructura uno de los grandes metarrelatos de la modernidad y modifica, a fondo la concepción del ser humano.

Las relaciones entre psicoanálisis y psiquiatría han tenido vaivenes y variaciones considerables. De una negación y un rechazo marcados, se pasó a una aceptación muy extensa de las teorías psicoanalíticas (psiquiatría dinámica), particularmente en los Estados Unidos. Hoy en día, y en el marco de referencia de una psiquiatría más ligada a las neurociencias, psicoanálisis y psiquiatría tienden a seguir sendas separadas. Las ideas psicoanalíticas, sin embargo, conservan su vigor y fuerza, y en todas las psicoterapias - que siguen siendo uno de los elementos fundamentales de la psiquiatría, tal y como lo señaló Henry Ey - lo psicoanalítico se halla, inevitable y positivamente, presente.

CONCEPTO DEL PSICOANÁLISIS

La concepción del psicoanálisis se considera en términos de tres acepciones interrelacionadas:

constituye una teoría sobre el funcionamiento de la mente y, por extensión, de la personalidad, que se basa en la importancia y relevancia de lo inconsciente, pues se estructura en las teorías y trabajos investigativos de Freud y de sus discípulos contemporáneos.

Se refiere a una forma de tratamiento derivada de la teoría.

Se relaciona con la aplicación de la teoría psicoanalítica a otras ramas del conocimiento humano (historia, pedagogía, literatura, cine, etc). Este último aspecto se conoce como “psicoanálisis aplicado”, y cobra cada vez más importancia en la medida en que el psicoanálisis se ha insertado en la cultura y, a la inversa en cuanto a que la creatividad artística y científica proporcionan al psicoanalista elementos importantes, como reservas de pensamientos y afectos de los que surge la llamada “libre atención flotante”, fundamento de la escucha psicoanalítica. Así mismo, hay escuelas contemporáneas de pensamiento psicoanalítico que buscan un acercamiento epistemológico y de praxis con las Neurociencias.

El psicoanálisis, es en esencia, el estudio del interjuego funcional que existe entre las motivaciones conscientes y los impulsos eróticos y agresivos inconscientes. Ambos sistemas deben entenderse como una estructura indispensable sobre la fenomenología, y, a su vez, la hipótesis del inconsciente no se podría atrapar ni concebir de no mediar la categoría de la conciencia.

Freud.jpg

La teoría del inconsciente afirma Freud, es legítima y necesaria. Necesaria para explicar lagunas en el conocimiento de lo humano, y legítima, puesto que de la misma manera que la fenomenología infiere en la conciencia del otro, es válido inferir de sus manifestaciones una vida interior propia, por fuera del campo de la conciencia. El psicoanálisis intenta superar la dicotomía mente – cuerpo, la contraposición entre mundo interno - mundo externo y entre instintos y abstracciones, sin aceptar, por lo menos en la teoría, las disociaciones entre unos y otros.

Una lectura moderna de la hipótesis psicoanalítica de los instintos nos demuestra que desde el comienzo Freud plantea la pulsión en términos del estímulo interno, continuo, del cual no se puede escapar por la fuga y que inevitablemente tiene una representación mental, que este autor denomina “fantasía inconsciente”. Así mismo, entre las características de la pulsión incluye conjuntamente con la fuente, el fin y la perentoriedad, el objeto.

El objeto es una palabra que tiene resonancias mecanicistas provenientes de la psicofísica del siglo XIX, pero corresponde al hermoso concepto de que el ser humano está siempre en una inevitable relación con el otro, por fuera o por dentro del mismo, y fue descrito inicialmente como aquello de lo que se valen las pulsiones para satisfacer la descarga. Poco a poco el objeto se hace cada vez más importante en la teoría y en la práctica, hasta convertirse en uno de los fundamentos del edificio psicoanalítico.

De esta forma el concepto de pulsión, desde su concepción misma, supone a través de la fantasía un puente entre lo que llamamos somático y lo que calificamos como psíquico y así mismo, mediante la idea del objeto, nos habla de la importancia central de la relación interpersonal vincular y social.

Planteado, en otros términos, no tenemos por qué conseguir circunstancias humanas desligadas de la biología. No hay manifestaciones neuróticas, psicóticas o de la vida habitual que no guarden algún tipo de relación con la recaptación de los neurotransmisores o con lo genético.

Simultáneamente y en la misma línea de pensamiento, no hay por qué asumir que haya manifestaciones orgánicas en la patología, en la salud o en la creatividad que no se acompañen de concomitancias afectivas (ideas, pensamientos, afectos o fantasías), que a su vez influyen ineludiblemente el devenir de los procesos vitales. Por supuesto, la pulsión, como una manera de abordar al ser humano, supone también el impacto de lo social y la importancia de la historicidad. De allí la relevancia del concepto de “síndrome multideterminado” (series complementarias de Freud), para comprender al ser humano, en la enfermedad y la salud. La concepción es holística; el psicoanálisis, empero, en lo que se refiere a su método y a su teoría, intenta deshilvanar el ovillo a través de la vivencia y la magnitud de la influencia que sobre ésta ejerce lo inconsciente.

Un ejemplo de esta teoría de la unidad biopsicológicosocial ha sido trabajado exitosamente por George Engel, quien describe lo que llama el complejo darse por vencido - dado por vencido, que, a su parecer, precede y acompaña todas las enfermedades predominantes orgánicas.

Y tiene 5 cualidades:

  1. El sentimiento de rendirse y la vivencia de impotencia (la persona no se puede ayudar) o desesperanza (nadie puede ayudarlo).

  2. Una imagen depreciada del sí mismo.

  3. Pérdida de gratificación en las relaciones interpersonales y en los roles de trabajo.

  4. Sentimientos de ruptura en la continuidad entre pasado, presente y futuro.

  5. Reactivación de situaciones más tempranas de relación.

Engel sopesa los componentes de este complejo como elementos contribuyentes al desarrollo de una enfermedad, relacionados con la historia personal, que reflejan una falla temporal de los mecanismos mentales que producen debilitamiento de las defensas del organismo frente a una enfermedad.

EL CONCEPTO DE OBJETO EN LA TEORÍA PSICOANALÍTICA

Freud aborda la teorización del objeto desde ángulos diversos, cuya coexistencia facilita la confusión conceptual. La ausencia de un trabajo de discriminación en lo tocante a la diversidad de perspectivas que se despliegan en torno al objeto devino el punto de partida de una serie heteróclita de interpretaciones que rivalizan entre sí en su afán por ser reconocidas, cada una de ellas, como la más correcta y la más freudiana.

No se pretende, en esta unidad, una exégesis detallada del tema del objeto expuesto por Freud, tema que de por sí exigiría un extenso desarrollo. Se pretende, en cambio, delimitar los grandes ejes que permiten situar algunas de las conceptualizaciones posfreudianas y, en particular, las de Klein y Lacan en su articulación con la obra freudiana por un lado y, por otro, demostrar cómo esa articulación determina las exigencias lógicas que llevarán a la construcción del objeto a la enseñanza de Lacan. A decir verdad, si estos grandes ejes no se precisan, si no se esboza el énfasis alternativo en Klein y en Lacan de uno u otro de los enfoques freudianos, la confusión renace no solo en lo tocante a la obra de Freud, sino también en lo tocante a las obras de los otros dos autores.

El objeto en su sentido convencional, incluido en el clásico par sujeto-objeto de la teoría del conocimiento, evidentemente está presente y es mencionado en la obra freudiana. Pero también es evidente que, ya desde el proyecto…, Freud no considera esta faz del objeto como el objeto propio que la experiencia del psicoanálisis descubre.

Tres perspectivas, tres grandes dimensiones del concepto de objeto pueden delimitarse en la obra freudiana. Su articulación histórica es variable, al igual que el énfasis diferencial de Freud sobre alguna de ellas, énfasis que se organiza en función de los problemas específicos de su práctica y de su teoría que intenta resolver en diferentes momentos. Desde una perspectiva teórica, el primero en ser deslindado fue el objeto del deseo, el objeto perdido de la experiencia de satisfacción alucinatoria, el objeto en juego a nivel del proceso primario. Su elaboración se realiza en el capítulo VII de La interpretación de los sueños y en el Proyecto... Tenemos pues, en primer término, el objeto perdido del deseo sexual infantil. Su paradigma, como es sabido, fue el objeto oral en su articulación con la experiencia de satisfacción. El objeto del deseo como objeto propio del funcionamiento inconsciente permanecerá como un hito estable a lo largo de toda la obra freudiana.

En 1905 se suma un nuevo objeto, muy cercano al objeto del deseo, pero que no le es idéntico: el objeto de la pulsión parcial. La forma en que el objeto se articula con la pulsión parcial es a menudo confundida con la articulación del objeto con el deseo. Más que confundirlos en una identidad que desdibuja su originalidad, lo más adecuado sería preguntarse acerca de la intersección que se produce entre ambos: objeto del deseo y objeto de la pulsión, manteniendo no obstante la peculiar originalidad de cada uno de ellos.

El objeto perdido del deseo podría ser, una condición de producción del objeto pulsional en la obra freudiana; este último adquiere rasgos que le son propios y que son inseparables del autoerotismo y de la inclusión del cuerpo. La posibilidad de confundir autoerotismo y anobjetalidad conduce a la tercera de las dimensiones freudianas del objeto. Esta tercera dimensión configura una serie que Freud explícitamente separa de la serie de los estadios libidinales propios de la pulsión parcial, serie que es introducida en 1911, en el contexto del caso Schreber, y a la que bautizó como serie de “la elección de objeto”. Ella es correlativa de la introducción y del progresivo despliegue del concepto de narcisismo y de la exploración simultánea de lo que se puede denominar “el objeto de amor”. No puede dejar de señalarse el lugar excéntrico que desempeña respecto de todos los demás, un objeto, el falo, cuyo privilegio surge de modo relativamente tardío en el recorrido freudiano y el cual, en cuanto tal, se articula de manera diferencial con cada una de las series que se acaban de mencionar. Estas conceptualizaciones del objeto, con sus diferencias y con sus puntos en común, se relacionan con los avatares de la teoría pulsional y de la tópica freudiana. También son dependientes de los avatares, dificultades y problemas que Freud encuentra en su ejercicio del psicoanálisis. Su destino es especialmente solidario del concepto de transferencia y del mecanismo de la cura tal como Freud lo va concibiendo a partir de su experiencia. Ellas son, por lo tanto, inseparables y a la vez vitales, en lo tocante a la práctica analítica en tanto tal. ¿Cómo captar si no la reestructuración de la psicopatología freudiana que se realiza alrededor de la diferencia entre neurosis de transferencia y neurosis narcisistas? ¿Cómo aprehender si no la relación entre la roca del complejo de castración y esa misteriosa adhesividad de la libido en la determinación de los escollos del análisis en la culminación del recorrido freudiano? Estas dimensiones del objeto son pues el punto de partida de dos series diferentes: la serie pulsional con sus estadios y la serie de la elección de objeto que se despliega desde el autoerotismo inicial, pasando por el narcisismo hasta culminar en la elección del objeto heterosexual.

Desde esta perspectiva, el narcisismo es considerado como una forma de elección intermedia de objeto, elección que Freud califica de “homosexual”, en la medida en que se funda en la elección del semejante. El autoerotismo es el punto de partida común de ambas series, las cuales de allí en más se separan. La elección de objeto remitirá a un “otro” definido en tanto que “persona”, al campo de lo que luego se denominará la totalización del objeto sexual, al otro como sexuado, homo o hetero. La serie pulsional, en cambio, toma al otro tan sólo como su apoyo, tal como lo indica el concepto de pulsión parcial en la medida en que esta nace apoyándose en la necesidad, haciendo de la parte elegida del cuerpo un uso particular que produce eso que Freud denomina “placer de órgano”. Es oportuno subrayar que en lo referente al objeto pulsional Freud hablará de contingencia, de fijación, pero nunca de elección. Sin embargo, ambas series comparten el carácter contingente del objeto así como su posibilidad de fijación.

Otra diferencia asoma entre ambas series: el papel del narcisismo es fundamental en lo que respecta a la elección de objeto, determinando la prevalencia de la dupla amor-odio y, por ende, de la ambivalencia caracterizada por la transformación de contenido. La ambivalencia, en cambio, se despliega estructuralmente en la serie pulsional en función de la transformación activo-pasivo, en la cual precisamente el yo como objeto no desempeña papel alguno, o lo hace tan sólo de manera secundaria, en aquellos casos en que el modelo analítico del surgimiento de la pulsión se muestra insuficiente, obligando a Freud a introducir la función del semejante. Ambas series convergen en 1923 en la fase fálica, en la que las pulsiones parciales se reúnen bajo la primacía del falo, permitiendo el acceso a la “sexualidad adulta”, a lo que corrientemente se denomina “genitalidad”. Sus vicisitudes son empero incesantes y la estabilidad de la susodicha “genitalidad” es, como se sabe, más que precaria. La importancia central del complejo de castración reside precisamente en su carácter de articulador de ambas series entre sí y de estas con el complejo de Edipo. Su consecuencia inmediata es la reformulación de la psicopatología que se lleva a cabo en Inhibición, síntoma y angustia, cuyo objetivo es incluir el carácter estructuralmente decisivo de la angustia de castración. Esa inclusión, sin embargo, no entraña la desaparición de la diferencia entre neurosis de transferencia y neurosis narcisistas, precisamente porque indica la subordinación de ambas series, en este caso la serie de la elección de objeto, al complejo de castración. Asimismo cabe subrayar, por último, que, en lo referente al objeto del deseo, no se encuentran en la obra freudiana rastros del establecimiento de una serie que pueda ser comparada con ninguna de las anteriores. Sí puede afirmarse que el objeto del deseo desempeña la función de condición de posibilidad de las otras dos series y sus objetos específicos.

El entrecruzamiento entre estas dos series se constituyó entonces en una fuente permanente de confusión para la mayoría de los psicoanalistas, especialmente para aquellos que pertenecían a la corriente de la llamada “teoría de la relación de objeto”, denominación que en un momento de la historia del psicoanálisis se vuelve tan abarcativa que desdibuja la especificidad de las diferentes posiciones que se encuentran en su interior. Aun cuando el término mismo de relación de objeto esté ausente, como tal, del texto freudiano, salvo alguna que otra mención aislada que se sitúa en el contexto del problema de la elección de objeto y que carece de desarrollo sistemático, su presencia encabezando una corriente denota precisamente la imposibilidad en la que se encontraron muchos analistas para delimitar las líneas de fuerza esenciales de la teoría del objeto en Freud. En lo que sigue se examinarán pues con cierto detalle, ciertamente sin agotarlos, los tres grandes ejes del pensamiento freudiano acerca del objeto.

EL DESEO FREUDIANO Y SU OBJETO

El concepto de objeto del deseo en Freud tiene como referencia ineludible la reiteradamente comentada experiencia de satisfacción descripta en “La interpretación de los sueños y en el Proyecto..”. La originalidad inicial de la investigación freudiana deslumbra aun hoy. En el capítulo VII de la Traumdeutung, en el apartado C, titulado “La realización del deseo”, (1) Freud establece ya una distinción esencial al separar la satisfacción de la necesidad de la realización del deseo. A la primera le corresponde la acción específica; a la segunda, la identidad de percepción como regla de la alucinación desiderativa. Esta partición entraña la instauración de un abismo en la supuesta complementariedad del sujeto y del objeto en la satisfacción humana, introduciendo una disimetría que sitúa al objeto en una nueva posición, ajena como tal a la satisfacción de la necesidad, y que introduce a nivel del organismo una nueva forma de satisfacción –la realización– cuyo correlato es el sujeto mismo tal como Freud lo descubre en los procesos inconscientes. Allí Freud encuentra que la regla de la nueva satisfacción, la realización, para nada concuerda con la adaptación vital, que el placer buscado se sitúa en las antípodas de la coaptación entre el organismo y su medio ambiente, incluso que la contraría.

La realización del deseo aparta al sujeto del camino de la satisfacción, encaminándolo hacia una búsqueda infructuosa desde la perspectiva adaptativa, búsqueda signada por la repetición, búsqueda de una percepción primera que tiene como marco una mítica primera vez, un mítico primer encuentro entre el sujeto y el objeto de “satisfacción”.

Volver a evocar esa percepción es la meta propia de la realización desiderativa, la forma en que el deseo se cumple, meta a la cual Freud bautiza como identidad de percepción. La realización del deseo se cumple cuando reaparece la percepción, siendo su instrumento específico la alucinación. Esta alucinación que signa entonces la realización desiderativa, es descripta por Freud como el producto de una inversión en la dirección de la corriente de excitación, cuyo recorrido asume una orientación regresiva –regresiva en relación con el sentido progresivo que define la dirección normal del acto reflejo– que culmina en la investición intensa de lo que en el lenguaje de la psicología de la época se denomina huella mnésica; en este caso la alucinación apunta siempre a una huella mnésica específica, la de la experiencia de “satisfacción” original.

El punto de partida es por lo tanto el modelo del arco reflejo. A partir de él Freud formula el deseo como fundamentalmente ajeno al arco reflejo, como imposible de ser reducido y confundido con el acto reflejo, pues entre ambos media algo mucho más complejo que una mera inversión de la dirección del aparato.

La diferencia es ya subversión de la adaptación, de la coaptación del Umwelt y el Innenwelt, introducción de una hiancia entre el señuelo logrado de la percepción que la alucinación produce y el objeto de satisfacción de la necesidad. ¿Qué clase de aparato neuronal es este entonces? La respuesta a esta pregunta exige un examen de las formulaciones presentes en el Proyecto... El apartado dedicado a la experiencia de satisfacción (2) introduce el concepto de acción específica definiéndola como aquella cuya ejecución trae aparejada la satisfacción de la necesidad y, por ende, el cese del aumento de carga. Subraya que la ejecución de esa acción exige en la cría de hombre una ayuda externa, ajena a él, ayuda de un otro cuya atención debe atraer mediante una descarga interna: el grito, el llanto.

Ambos adquieren de este modo una función secundaria –precisemos que es secundaria respecto a la función primera que cumplen de descarga– que Freud llamará función de comunicación, y que Lacan retomará con el concepto de llamado que culminará en su formulación de la función de la demanda. Esta función depende pues de la imposibilidad del cachorro humano de ejecutar la acción específica por sí solo; es decir, que depende del desamparo inicial propio de nuestra especie. Llegado a este punto, Freud hace una acotación, a la vez sorprendente y fundamental, que separa ya su conceptualización de toda génesis empirista y biologista: “[…] el desamparo inicial de los seres humanos es la fuente primaria de todos los motivos morales”. (3) La acción específica, debido a la intervención del desamparo y a la mediación del otro que este impone para ser llevada a cabo, deviene fuente de comunicación y de motivos morales. Así, la acción específica, cuyo trasfondo teórico es la teoría del arco reflejo, escapa en la obra freudiana a la mera dimensión de descarga motriz refleja y vira hacia el acto.

Desde el inicio la presencia de una subjetividad, que no se explica por ninguna sensibilidad “natural”, separa las nociones de satisfacción de la necesidad y de realización del deseo. ¿Por qué sorprenderse pues de que la Traumdeutung se cierre con una pregunta acerca de la responsabilidad ética del soñante respecto de su deseo inconsciente? (4) “Desamparo” y otro son dos términos que reaparecen mucho más adelante en el recorrido freudiano, en Inhibición, síntoma y angustia, cuando Freud estructura la versión definitiva de su experiencia de la neurosis. La función de comunicación del grito, que deviene entonces llamado al otro, precisamente los aúna; ambos, dejan en el ser hablante una huella imperecedera: ese deseo inconsciente que Freud calificó como eterno. (5) Huella mnésica, “imagen mnemónica desiderativa”, ella es la clave del señuelo logrado de la alucinación propia del cumplimiento del deseo, señuelo que desplaza la acción específica e introduce esa dimensión innovadora que es la rememoración alucinatoria.

La memoria cambia aquí de signo, su función es desadaptativa en relación con la memoria del organismo e instala una nueva dimensión del placer que quiebra el marco de la homeostasis, que impone el placer de desear como una meta impensable en el registro de la pura biología. El deseo, entonces, al investir nuevamente esa huella mnésica desiderativa, produce el olvido del camino de la satisfacción de la necesidad, condena al organismo a la desadaptación desde el inicio. Cuando se olvida esta paradoja fundante de la experiencia freudiana del inconsciente surge uno de los errores de interpretación de la obra freudiana más constante: la confusión entre esa huella mnésica del objeto, que en sí misma, en tanto que huella, es objeto del deseo, y el objeto de la teoría del conocimiento.

Queda así distorsionado de manera intrínseca el concepto mismo de deseo y el de su objeto en su originalidad propia. Pues esa huella no es meramente un error de interpretación de un sujeto inmaduro que carece aún de los medios de evaluar correctamente la “realidad”, ella es el surgimiento de una nueva forma de realidad, tan material como otras, que es la realidad psíquica freudiana, cuya legalidad se resiste a un criterio puramente utilitarista y empírico de la subjetividad. La huella mnésica, la Vorstellung, la representación, se inscribe sobre el telón de fondo del desamparo y del Otro, ese Nebenmensch (prójimo) cuyo papel en el establecimiento de la función del juicio será fundamental para Freud. Sobre el fondo de una nostalgia, de un anhelo, de la búsqueda del encuentro primero con ese Otro, encuentro para siempre perdido, se instala esa huella mnésica, esa re-presentación, que nunca alcanza la presencia anhelada. La huella es pues solidaria de una pérdida y constituye una memoria orientada en sus recorridos, en su búsqueda, por el principio del placer y su meta a nivel del proceso primario, la identidad de percepción. Memoria que busca la repetición de una percepción imposible, que la alucinación simula pero no alcanza. Ese otro perdido, cuya presencia idéntica, la alucinación apunta a recrear, le hace decir a Freud, en la carta 52, que el ataque histérico es acción, no mera descarga, acción “[…] cuyo objetivo es la re-producción del placer […] Apunta a otra persona, pero fundamentalmente a ese otro prehistórico, inolvidable, ese otro al que nadie luego igualará”. (6) La huella mnésica freudiana no se inscribe pues en el contexto de una teoría del conocimiento. El proceso primario no busca conocer, sino precisamente re-conocer, volver a encontrar mediante la identidad de percepción cuya “acción específica” propia es la alucinación, a ese otro inolvidable. El desamparo humano, al determinar la impotencia del infans, da a ese otro su lugar y su función primordial, creando así una nueva “necesidad” –término que debe entenderse en su doble sentido castellano, biológico y lógico–, necesidad lógica entonces que es tan exigente y tan imperiosa como la necesidad biológica, necesidad lógica de la dimensión de ficción propia del deseo en tanto que humano. Ficción y realidad psíquica no se oponen, hambre de signos podría llamárselas, de signos de la presencia que nunca es más que una re-presentación de los signos de la presencia de ese otro inolvidable, rastro engañoso de una presencia imposible de conjurar.

Así lo delata la proton pseudos histérica que Freud encuentra en su experiencia de la histeria, correlativa de la temporalidad humana como retroactiva o anticipada, como un demasiado tarde o un demasiado pronto. El principio del placer se ubica pues del lado de esa ficción, ella es su meta propia y es ella la que le brinda a esa nueva realidad su punto de equilibrio y homeostasis, ajeno como tal a la homeostasis del organismo.

El objeto se presenta aquí como inalcanzable, como perdido, no como complementario del sujeto; el cual a nivel del inconsciente es indistinguible de ese anhelo ficticio, de ese hambre de signos, siempre engañosos, que sostiene una búsqueda imposible por estructura, no por un desarreglo natural o un ordenamiento inadecuado de lo social. Contrariamente a lo que muchos psicoanalistas dedujeron de esta conceptualización del objeto perdido, no se trata aquí de una “inmadurez de la percepción”. La estructuración misma de esa realidad que tan fácilmente dan por supuesta exige y da su lugar al objeto perdido. Ya en el Proyecto... Freud postula claramente que esa realidad necesita para constituirse la existencia de ese objeto perdido del deseo.

La realidad de la teoría del conocimiento tiene en el objeto perdido del deseo su condición de posibilidad y este no es un error de interpretación de la realidad, sino todo lo contrario, su condición misma. Es él el que hace posible la génesis del mundo de los objetos que habitualmente se denominan objetos del conocimiento. Si se examina en detalle el Proyecto... es necesario recorrer el otro polo del objeto, el polo que lo vincula con la experiencia de dolor y no con la experiencia de satisfacción. El dolor deja también tras de sí signos, signos que Freud resume bajo la expresión de “objeto mnemónico hostil”, que configuran una huella que incita a la descarga cuando el displacer, atravesado cierto límite, alcanza el umbral del dolor. Pero el camino de la motricidad, de la fuga, está en este caso cerrado y allí se crea una nueva forma de fuga, sustituto de la fuga motriz, que Freud caracteriza como defensa primaria o represión, que logra la descarga a través del establecimiento de lo que Freud en ese entonces llama “cargas laterales”. (7) Aquí el grito se inscribe como alerta de la presencia del objeto hostil y, en lugar de desempeñar una función de comunicación, deviene él mismo ese objeto. Vemos pues configurarse un par de huellas cuyo ordenador son el placer y el dolor.

Cabe detenerse aquí en el nombre que Freud le da a cada una de ellas. La primera, vinculada al placer, es el desear; la segunda, vinculada al dolor, es el afecto. Curiosa repartición, en efecto, fundada en el carácter diferencial de la descarga en los dos casos: sumación en uno y cargas laterales en el otro. Ya aquí el carácter siempre desplazado, marginal, del afecto hace su aparición. Sin embargo, ambos comparten el carácter de recuerdo, de memoria, aun cuando el mecanismo sea diferente en cada caso. Pero ese mecanismo es asimismo sumamente preciso en cada caso: alucinación desiderativa en el desear y defensa primaria en el afecto. Entre ambos se despliega y se enmarca el pensar inconsciente.

Una vez establecido este marco, Freud desarrolla su teoría del juicio, cuya originalidad por un lado, y cuyas consecuencias por otro, son ineludibles en la delimitación que debe realizarse entre objeto del deseo y objeto del conocimiento. Para Freud, la función primaria del juicio no coincide con la utilización del juicio al servicio del principio de realidad, función esta que es en tanto tal secundaria. La función primaria del juicio recae sobre lo que denomina complejo del Nebenmensch, desglosándolo en dos componentes: I) El primero consiste en un ensamble constante que permanece como Cosa (Ding), que se presenta como ajena, como extranjera, como inasimilable. II) El segundo incluye todo lo que es cualidad, lo que puede ser entendido por la memoria gracias a una remisión al propio cuerpo y a la propia experiencia del sujeto y que se caracteriza al ser definido como atributo. (8) Cosa, componente inasimilable, y atributo, cualidad que puede ser referida al cuerpo y a la experiencia del sujeto, son pues el resultado primero de la actividad del juicio cuando este opera sobre el complejo del Nebenmensch, fuente común del primer objeto desiderativo y del primer objeto hostil, siendo ambos como lo señala Freud “[…] el único poder que lo ayudaba”. (9) Pero existe un punto de ambos objetos que sigue presente en el juicio en su función primaria como inasimilable, la Cosa, y otro que es susceptible de ser manejado como algo conocido por el sujeto, el atributo. El primero de ellos marca precisamente la dimensión irrecuperable del objeto perdido del deseo, objeto al que sus atributos, esos signos que la alucinación recupera, permiten re-conocer, pues nunca podrá el sujeto conocerlo, siempre será inasimilable. Así la dimensión sensible del objeto del conocimiento como reunión de atributos esconde en su núcleo mismo la función del objeto perdido, de la Cosa como inasimilable, que es condición de la aparición misma del juicio de atribución.

Ese núcleo inasimilable que remite al objeto perdido, hace surgir la pregunta sobre el porqué de ese carácter. Puede decirse, en una primera aproximación, que aquello que permanece Fremde, extranjero, ajeno, se perfila como un resto, como un residuo, que no se incorpora al sujeto y a lo que este puede reconocer como atributos. Dibuja así un primer exterior, que en forma alguna debe confundirse con el exterior propio de la realidad “realista”, con aquello que formará posteriormente lo cognoscible. Ese primer exterior se articula con lo que Freud formulará luego en La negación (10) al referirse nuevamente a la función del juicio, al insistir en que el examen de realidad tiene como meta reencontrar, re-conocer, el objeto perdido, objeto que es condición para que este examen de realidad sea posible. Esto implica que el objeto está perdido ya en la estructura misma, esa estructura que dibujan el desamparo, el otro prehistórico y la función de comunicación que adquiere la descarga como tal. La pérdida no es pues aquí avatar de la historia o producto de una génesis madurativa, sino la estructura misma del ser humano en lo tocante a su relación con el objeto del deseo, en la medida en que su inclusión en la red del Nebensmensch implica que perdió para siempre la naturalidad de su objeto. La identidad de pensamiento que regla, en cambio, al proceso secundario, que implica el sometimiento al principio de realidad, esa búsqueda de objetividad que oculta su origen primordial en el objeto perdido, es un rodeo complejo por el cual el sujeto, creyendo conocer la realidad, sólo se ubica en ella guiado por la brújula invisible de un volver a encontrar el objeto perdido.

Esta búsqueda que mueve a comprobar que el objeto aún existe, define un juicio de existencia que es secundario para Freud al juicio de atribución, en la misma medida en que la existencia primera, la de la Cosa, se demuestra rebelde, inasimilable al juicio mismo. Melanie Klein hace de las experiencias respectivas de satisfacción y de dolor uno de los ejes de sus propios desarrollos teóricos. Conviene retomar sus articulaciones con esta dimensión del objeto freudiano como perdido. En primer término, puede señalarse cómo para Klein lo perdido se vuelve el núcleo a partir del cual se construye su teoría de la posición depresiva, en la medida en que la función del duelo pasa a desempeñar un papel central en la constitución del objeto del deseo. En segundo término, el juicio de atribución es también para ella primero, fundando así el objeto como bueno o como malo, relegando el núcleo inasimilable de la Cosa a nivel de la esencia incognoscible o del quantum pulsional como elemento último de determinación de la pérdida o incluso, hacia el final de su obra, como aquello que indica el “núcleo psicótico”, el lugar donde la disociación y la discriminación que el juicio de atribución hacen posibles, fracasa. La atribución como eje de la organización del objeto en bueno y malo ofrece asimismo otra posibilidad, imaginaria ella también, que consiste en confundir esa cosa inasimilable con el cuerpo materno, el cual deviene el escenario privilegiado del despliegue de todas las variantes posibles de la atribución, y que ocupa por excelencia el lugar del objeto perdido. Ese objeto es pues considerado fundamentalmente desde el ángulo de la atribución, es decir, desde el ángulo de su cualidad imaginaria y, puede incluso decirse, desde el ángulo de su significación.

Este enfoque culmina en una fenomenología del objeto imaginario, que oculta el carácter estructural de la pérdida de objeto, en la que Lacan se apoyará a su vez para estructurar su teoría del estadio del espejo. Resulta claro, por lo tanto, que la teoría kleiniana del objeto cae en el ámbito del objeto narcisista, objeto que se inscribe en Freud en la serie de la elección de objeto. Por esta razón precisamente, Klein se ve llevada a enfatizar el paso del objeto parcial al objeto total, confundiendo en una las dos series: la serie pulsional y la de la elección del objeto. Al no poder separarlas, su teoría presenta una serie de impasses, que se examinarán más adelante, y que llevan a una desaparición de la originalidad conceptual del objeto perdido del deseo y de la especificidad del concepto mismo de deseo en Freud. Lacan, por su parte, desarrolla su teoría del objeto imaginario a partir del narcisismo freudiano y de la fenomenología de lo imaginario que traza Klein. Pueden encontrarse referencias a los contactos que mantuvieron Klein y Lacan en la biografía reciente de Melanie Klein publicada por Phyllis Gross-Kurth. (11) Ya desde el Seminario I sabemos que Lacan elige apoyar a Melanie Klein frente a Anna Freud, pero creo que no se ha examinado suficientemente hasta qué punto la construcción misma del concepto de objeto en Lacan implica un recorrido y una lectura polémica de sus tesis y sus impasses. Su énfasis en el objeto perdido, que puede claramente rastrearse en su enseñanza desde el Discurso de Roma, incluirá una interpretación de la pérdida del objeto que se distancia notablemente de la de M. Klein. Interpretación estructural, apoyada en la lectura de Kojéve de Hegel, en ciertos desarrollos teóricos de Heidegger, su consecuencia es una nueva definición, fundante en sus efectos, de la relación entre el objeto y su pérdida.

EL OBJETO DE LA PULSIÓN PARCIAL Y EL OBJETO DEL AMOR

En Tres ensayos para una teoría sexual, (1) Freud formula algunos de los ejes fundamentales de su teoría pulsional, que sufrirán en lo referente a la pulsión parcial pocas modificaciones. La sexualidad infantil, perversa y polimorfa, depende de la estructura de la pulsión parcial y es inseparable de ella. En 1905, la pulsión parcial se organiza ya en función de su carácter parcial, del autoerotismo y del placer de órgano vinculado a la zona erógena (sede de ese Lustgewinn cuya importancia será tan grande en la teoría del objeto en Lacan) y la variabilidad de su objeto. El carácter bifásico de la sexualidad plantea, más allá de los cambios físicos de la pubertad, el problema de la elección de objeto definitiva y su relación con el objeto de las pulsiones parciales, problema que remite a lo que Freud denomina la “sexualidad adulta normal”.

A todo lo largo de los Tres ensayos... (texto imposible de leer sin seguir la delimitación realizada por Strachey de los párrafos agregados y de las enmiendas sucesivas que le hizo Freud) se aprecia la oscilación de Freud entre el problema del objeto sexual “definitivo” –propio de la serie de la elección de objeto– y el problema del objeto de la pulsión parcial, contingente y autoerótico. Esa oscilación es especialmente evidente en la tercera parte, “Las transformaciones de la pubertad”. (2) El punto de convergencia y divergencia se sitúa en torno al objeto primero, la madre, que desempeña su papel en las tres dimensiones propias del objeto, pero que lo desempeña de manera diferente en cada una de ellas. Por un lado, es ese Otro inolvidable que en función del desamparo y la indefensión permite el surgimiento del objeto del deseo como diferente al objeto de la necesidad. Por otro, se articula simultáneamente con la pulsión parcial –hecho particularmente claro en relación con el pecho como objeto pulsional–, y con el complejo de Edipo, en el que desempeña el papel central en tanto que “persona” amada, es decir, como objeto total. En el breve y célebre capítulo sobre “El hallazgo del objeto”, Freud alude de manera explícita al objeto perdido del deseo, objeto deducido de la satisfacción de la necesidad alimenticia, y condición de posibilidad del objeto en su funcionamiento en las dos series ya definidas: “Cuando la primerísima satisfacción sexual estaba todavía conectada con la nutrición, la pulsión sexual tenía un objeto fuera del cuerpo propio: el pecho materno. Lo perdió sólo más tarde, quizá justo en la época en que el niño pudo formarse la representación global de la persona a la que pertenecía el órgano que le dispensaba satisfacción. Después la pulsión sexual pasa a ser, regularmente, autoerótica, y sólo luego de superado el período de latencia se restablece la relación originaría. No sin buen fundamento el hecho de mamar el niño del pecho de su madre se vuelve paradigmático para todo vínculo de amor. El hallazgo [encuentro] del objeto es propiamente un reencuentro”. (3) Este párrafo ha sido de modo simultáneo una fuente de luces y de sombras. Merece, por ende, un examen detallado. En primer lugar, debe destacarse que la frase inicial, que excluye tajantemente la anobjetalidad como tiempo originario, hace referencia muy precisamente a la realización alucinatoria del deseo, a ese nivel se sitúa esa “primerísima satisfacción sexual”, la de la identidad de percepción propia de los procesos primarios. Ese objeto fuera del cuerpo que es el pecho materno aparece como una de las formulaciones posibles de ese otro inolvidable, de ese poder, que se describió en el capítulo anterior. La experiencia de satisfacción aparece pues como anterior al autoerotismo, tiempo uno de las dos series que aquí nos ocupan, y como su condición de posibilidad lógica. En esa experiencia, como ya se ha subrayado, la pérdida se instala entre necesidad y deseo, entre satisfacción y realización. Esta primera pérdida, condición de los procesos primarios como tales, no debe ser confundida con la pérdida a la que alude Freud al presentar el nacimiento del autoerotismo, pérdida del objeto “real” y su interiorización. Se esboza una diferencia, cuya importancia sólo ha sido observada desde el énfasis que le dio Melanie Klein, siguiendo a Abraham, a los conceptos de objeto parcial y objeto total, entre el objeto pulsional autoerótico parcial y la “persona total”. Esta diferencia, que es la diferencia entre las dos series freudianas, no culmina en ninguna fusión de ellas, pues, como bien lo señala Freud, el objeto como pecho se pierde frente a la madre como objeto total del amor, hay incompatibilidad entre el objeto y la persona, entre la totalización del amor y el carácter parcial de la satisfacción pulsional. Tenemos aquí esbozadas tres pérdidas diferentes, que habitualmente son identificadas a la ligera: 1) la pérdida de la satisfacción de la necesidad en aras del surgimiento de la realización del deseo, vale decir, la pérdida de la naturalidad del objeto; 2) la pérdida del objeto real que determina su incorporación y la estructuración del autoerotismo, y 3) la pérdida del objeto como objeto de amor, la persona total, que funda la importancia en cuanto tal de la pérdida de amor para el sujeto hablante. Cada una de estas pérdidas, sobre cuya especificidad se volverá luego, apunta a tres términos que siempre se mezclan en las apreciaciones de los autores psicoanalíticos. Estos tres términos, que indican tres conceptos claves en el campo del psicoanálisis, corresponden, respetando la numeración de las pérdidas establecida en el párrafo anterior, respectivamente a: 1) deseo, 2) pulsión y 3) amor. Obviamente, estos tres conceptos tienen una multiplicidad de articulaciones mutuas. Sin embargo, si algo caracteriza la bibliografía psicoanalítica es el paso permanente de uno a otro, sin que se establezcan las diferencias pertinentes entre ellos. Puede decirse, a mi juicio, que el deseo es el concepto fundante en Freud y que la primera de las pérdidas condiciona la posibilidad de las otras dos, el surgimiento mismo de la posibilidad de sustitución y que, en este sentido, el objeto de la pulsión y el del amor son ya formas de sustitución del objeto perdido del deseo. Por esta razón, pulsión y amor conforman un contrapunto particular en Pulsiones y sus destinos, texto que es necesario examinar para avanzar en el análisis del concepto de objeto.

En Pulsiones... Freud retoma su teoría de la pulsión parcial, precisando algunos puntos de ella. En primer término, la teoría del apoyo analítico de la pulsión demuestra sus límites. La dimensión narcisista del yo lo incluye en una dimensión heterogénea respecto a las pulsiones de autoconservación; además, los dos pares pulsionales configurados por el sadomasoquismo y el voyeurismo-exhibicionismo escapan a la construcción de la pulsión por medio del apoyo en la necesidad. En este texto, uno de los puntos centrales es la diferenciación, que se tornó clásica, entre empuje, fuente, meta y objeto, que sigue siendo un punto de referencia insoslayable en lo tocante a la pulsión parcial. ¿Cómo define allí Freud al objeto pulsional? Como el medio gracias al cual la pulsión alcanza su meta, vale decir, su satisfacción. En lo que se refiere a la pulsión el término “satisfacción” prima en el vocabulario freudiano. El objeto es aquí instrumento de la satisfacción, aquello con lo cual se obtiene la satisfacción y en tanto instrumento es precisamente el aspecto más variable de la pulsión: “[…] no está enlazado originariamente con ella, sino que se coordina con ella sólo a consecuencia de su aptitud para posibilitar la satisfacción. No necesariamente es un objeto ajeno; también puede ser una parte del cuerpo propio” (4) Este papel instrumental lo hace apto por ende para satisfacer varias pulsiones. El contrapunto a esta variabilidad del objeto lo brinda el concepto de fijación, definido precisamente como el establecimiento de una conexión íntima entre pulsión y objeto, conexión que suprime la movilidad del objeto y que hace surgir la dificultad y la oposición a desprenderse de él. Puede apreciarse que el objeto de la pulsión, a través de su carácter instrumental, aparece como reconstituyendo en un nuevo nivel la acción específica perdida a nivel de la necesidad, designando de este modo una satisfacción propia del sujeto psicoanalítico y no del organismo biológico. Pero también cabe recordar que Freud en modo alguno confunde esta satisfacción con la del cumplimiento del deseo, vale decir, con la identidad de percepción del proceso primario. Esta diferencia es quizás una clave para una relectura de Más allá del principio del placer y de la contradicción que el “más allá” introduce en lo que respecta a la realización del deseo y a la regla del principio del placer a la que se somete el proceso primario.

También sitúa esa forma particular de la libido que es la libido narcisista, pues no se puede desconocer que el narcisismo es asimismo un destino pulsional. La libido del yo, aquella cuyo objeto particular es el yo mismo, debe ser enmarcada dentro de la teoría intermedia de las pulsiones, justo en el momento en que Freud abandona la oposición pulsiones sexuales-pulsiones de autoconservación y aún no ha construido la oposición Eros-Tánatos. La sexualización del yo, instala a este en un nuevo estatuto, el de objeto libidinal, en cuyo marco se desarrolla la teoría del amor en Freud tal como la encontramos en la Introducción del narcisismo. Así como la pulsión parcial se articula en torno a un objeto instrumental, que se despliega entre la variabilidad y la fijación, la elección de objeto de amor se despliega entre la elección narcisista y la elección anaclítica. No es casual, empero, que Freud sólo utilice el término de elección en el caso del objeto de esta serie, que define al objeto de amor. El uso del término, que sólo volvemos a encontrar en la expresión freudiana “elección de la neurosis”, se vincula a la culminación de la sexualidad, definida por Freud como elección de objeto heterosexual, por un lado, y elección anaclítica por el otro. De este modo, resulta necesario precisar las consideraciones que realiza Freud en esta época acerca del amor en cuanto tal. En la Introducción del narcisismo al establecer la diferencia entre la elección narcisista y la anaclítica, Freud oscila en el uso de los términos “objeto sexual” y “objeto de amor”, aun cuando el apartado hace alusión a la “vida amorosa del ser humano”. Señala que primitivamente este tiene “dos objetos sexuales originarios” a los que identifica como “él mismo y la mujer que lo crió”. (5) El primero de ellos funda la elección narcisista, el segundo, la elección anaclítica. El carácter central que Freud le adjudica a la elección narcisista es su meta pasiva –ser amado– y el hecho de que todo gira en torno a los rasgos del sujeto mismo. En el caso de la elección anaclítica, vale decir de la mujer que lo crió, a la que Freud le agrega el padre protector, existe una identificación activa con algunas de estas dos figuras. Aquí el amor en su surgimiento se apoya sobre la necesidad, es decir, que Freud retoma respecto al amor la noción de apuntalamiento sobre la necesidad, al menos en lo tocante a la elección más madura, y señala también su meta activa. Evidentemente, detrás de estas oscilaciones entre sexualidad y amor, se encuentra la formulación, presente ya en Tres ensayos..., según la cual la sexualidad normal reside en la confluencia de la corriente de ternura y la corriente sexual hacia el objeto y la meta sexual. (6) Puede percibirse claramente la importancia que adjudica Freud a la oposición activo-pasivo en ambas series, oposición que define una de las formas de transformación en lo contrario, siendo la segunda la transformación de contenido que sólo se aplica a la transformación amor-odio. Las dos formas de transformación son sin embargo definidas como ambivalencia e incluidas dentro de los destinos o defensas contra la pulsión. La transformación activo-pasivo, que sólo afecta las metas de la pulsión, es elaborada por Freud fundamentalmente en torno a los dos pares pulsionales que no se prestan al apuntalamiento: sado-masoquismo y exhibicionismo-voyeurismo. Strachey señala en una nota que los términos de sujeto y objeto deben ser considerados en su sentido gramatical, el sujeto como agente y el objeto como aquello sobre lo cual recae la acción del agente. (7) Activo y pasivo remiten pues a la estructura gramatical como tal, lo cual se traduce en el hecho de que Freud se ve obligado a introducir en los dos pares pulsionales en discusión un nuevo tiempo central, eje de la transformación de metas y sin el cual la pulsión no puede constituirse: el tiempo verbal medio o reflexivo. Este tiempo introduce la vuelta sobre la propia persona como solidaria del establecimiento de la meta pasiva, aunándose en este caso la función del narcisismo con la de la pulsión parcial. Allí donde la función analítica no opera en la pulsión parcial surge, en cambio en Freud, la función del narcisismo como lo que permite su constitución. (8)

La transformación activo-pasivo en el caso del sado-masoquismo enfrenta a Freud con la dificultad de diferenciar el par agresividad-sadismo del odio en su oposición con el amor, eje de la transformación de contenido. Esta última remite al amor y al odio como significaciones que se desprenden de la esfera narcisista del yo. Sadismo y masoquismo, en cambio, conservan siempre su vinculación con la estructura de la pulsión parcial, aun cuando les sea necesaria la mediación del narcisismo para su constitución. Es necesario pues examinar a continuación cómo se presenta el par amor-odio en Pulsiones..., donde Freud nos brinda una definición muy neta de él: “De este modo nos percatamos de que las actitudes de amor y de odio no pueden ser utilizadas para las relaciones de las pulsiones con sus objetos, sino que están reservadas para las relaciones del yo total con los objetos. […] La palabra amarse desplaza cada vez más a la esfera de la relación de puro placer con el objeto y finalmente se fija a los objetos sexuales en su sentido más estricto y aquellos que satisfacen las necesidades de las pulsiones sexuales sublimadas. […] El hecho de que no solemos decir que una única pulsión sexual ame a su objeto, sino que consideramos la relación del yo con su objeto sexual como el caso más apropiado para usar la palabra ‘amor’ –este hecho nos enseña que la palabra sólo empieza a ser utilizada en dicha relación una vez que se ha producido la síntesis de todos los componentes de la sexualidad bajo la primacía de los genitales y al servicio de la función de reproducción”. (9) Lo mismo ocurre con el odio, que Freud asocia al displacer. La conclusión de Freud es llamativa: nada permite suponer que amor y odio constituyen una unidad primera que en un segundo tiempo se dividiría; ambos son independientes hasta el momento en que se transforman en opuestos por la acción del principio del placer-displacer. El odio es caracterizado como un modo de relación con el mundo más antigua que el amor, cuya fuente reside en el displacer del yo narcisista frente a cualquier perturbación de su equilibrio energético. Por el contrario, la fuente del amor reside en las pulsiones parciales y en el placer de órgano que les es propio. Sin embargo, es en primera instancia narcisista y sólo posteriormente alcanza, mediante su alianza con las pulsiones parciales sexuales, lo que Freud denomina las formas preliminares del amor. Puede apreciarse que, en este punto, Freud relaciona el amor con el autoerotismo. Señala que el amor tiene como fuente “la capacidad del yo de satisfacerse de manera autoerótica”, (10) satisfacción que le es proporcionada precisamente por una “ganancia de placer de órgano”, vale decir, por ese Lustgewinn que ya en Freud, como lo será posteriormente en Lacan, emerge como el secreto sostén del narcisismo mismo. Aquí surge claramente cómo el autoerotismo es común en ambas series; comunidad que precisamente funda la posibilidad de que ambas se anuden produciendo esas modalidades previas del amor en las que la meta sexual se confunde con el narcisismo, entendido como el esfuerzo motor del yo por alcanzar los objetos en tanto que fuentes de placer. En este contexto describe esas formas: a) incorporar o devorar, “modalidad compatible con la supresión de la existencia del objeto como algo separado”, (11) característica que permite calificar a esta modalidad como ambivalente. Freud expresamente señala que esta ambivalencia no es primaria como oposición amor-odio, sino que surge de estas formas previas del amor, en las que ambas series se anudan; (12) b) apoderarse es la segunda de las formas. Ella reúne el componente sádico-anal de las pulsiones parciales con un apoderamiento del objeto que es indiferente al daño que el objeto pueda sufrir por su causa. Para Freud es difícil diferenciarla del odio mismo, aun cuando se trate de una forma preliminar del amor. (13) Este anudamiento de las dos series en las formas previas del amor, tal como aquí están descritas, no debe interpretarse en el sentido de un borramiento de las diferencias entre el objeto del deseo, el del narcisismo y el de la pulsión. Sin embargo, esta es de hecho la interpretación que normalmente se ha producido. El mismo Strachey, comentando el pasaje de Tres ensayos... agregado en 1915, vale decir, dependiente de las ideas introducidas en los textos que se acaba de examinar, señala que el párrafo ya citado acerca del reencuentro del objeto parece contradecirse con los agregados de 1915 y 1920 realizados por Freud. (14) Si examinamos los pasajes indicados, podemos observar que la contradicción reposa precisamente en la no diferenciación de Strachey de ambas series. Así, el agregado de 1915 tiene como punto de referencia la “elección de objeto”, mientras que el de 1920 tiene como punto de referencia la serie de la pulsión parcial, con su culminación en la etapa fálica. (15) La ambivalencia no tiene exactamente el mismo sentido en ambas series y la confusión de Strachey se sitúa precisamente en el punto en que la establece Abraham, (16) quien supondrá la fusión de ambas series en una nueva serie única, ausente en Freud, que culmina en la genitalidad anaclítica y postambivalente. Klein, felizmente, desarticula esta serie única en determinado aspecto de sus desarrollos, aunque la reedita a partir de la sustitución, como se verá luego, de la genitalidad abrahamiana –donde el falo es sustituido por el pene– por la “senitalidad”, si se nos permite el neologismo, en la cual el seno y la función materna reemplazan al falo. (17) Esta confusión implica asimismo la derivación directa de la ambivalencia de contenido a partir del par pulsional Eros-Tánatos, planteado en 1920 por Freud.

Lacan analiza el texto de Pulsiones... retomando las tres oposiciones que estructuran para Freud la antinomia amor-odio: la real –lo que interesa y lo que es indiferente–; la económica, placer-displacer, y la biológica, pasividad-actividad. En la primera oposición, primera en función de una temporalidad lógica y no cronológica o genética, el autoerotismo se sitúa a nivel del Real-Ich y no implica en cuanto tal un desinterés por los objetos del mundo externo. Entraña, en cambio, que el autoerotismo pone al descubierto que los objetos no existirían si no existiesen objetos buenos para mí, o sea, para el yo. En la segunda oposición vemos surgir al yo del placer purificado que exige una clasificación de los objetos, hay que diferenciar los que son malos de los que son buenos. Los primeros constituyen el campo del Unlust, los segundos constituyen el campo del Lust-Ich.

Ya hemos citado el texto de Freud, “Pulsiones…” donde este observa que el autoerotismo es condición del narcisismo. En el narcisismo, por lo tanto, se produce precisamente la inserción del autoerotismo en los intereses organizados del yo, anudándose a la función homeostásica del mismo. Conviene tener presente esa cita para situar correctamente la formulación de Lacan acerca de los Ichtriebe, pues precisamente subraya cómo el autoerotismo condiciona la aparición del narcisismo, permitiendo el establecimiento del amor como diferente de la pulsión parcial. Los Ichtriebe no son sensu stricto pulsionales, precisamente en la medida en que son homeostásicos, en que son pulsión domesticada. Lacan subraya que en este punto es exactamente donde Freud sitúa el nacimiento del amor. Lo sexual se incorpora al Yo sólo en la medida en que alguna de las pulsiones parciales se inmiscuye en él, eso que Freud definía, tal como ya se indicó, como las formas preliminares del amor, las cuales exigen el anudamiento de las dos series, anudamiento que indica simultáneamente el forzamiento de la pulsión parcial en el campo del principio del placer –introduciendo la dimensión de su más allá– y la domesticación de ese más allá pulsional por el principio del placer a través de su inclusión en la esfera del yo del placer purificado. (22) El punto de emergencia del objeto propio del amor se sitúa entonces precisamente allí donde el principio del placer interfiere con su más allá, allí donde puede constituirse como un sustituto posible del objeto perdido del deseo.

Se plantea entonces el problema de la articulación entre la homeostasis y el principio del placer, que Lacan define así más adelante: “El Lust, por su parte, no es un campo propiamente dicho, sino lisa y llanamente un objeto, un objeto de placer que, como tal, se refleja en el yo. Esta imagen en espejo, ese correlato bi-unívoco del objeto es precisamente el Lust-Ich purificado […] la parte del Ich que se satisface con el objeto como Lust. El Unlust, en cambio, es lo que sigue siendo inasimilable, irreductible al principio del placer. […] constituirá el no-yo […] sin que el funcionamiento homeostásico logre nunca reabsorberlo. Allí está el origen de lo que encontraremos más tarde en la función del objeto malo […]”. (23) El campo del placer es reducido por Lacan a una identificación con el objeto como fuente de placer; identificación que es el término mismo de la dialéctica del placer. Por el contrario, el Unlust apunta precisamente a la constitución de un campo, campo que queda excluido del régimen del principio del placer, que la homeostasis nunca absorberá, y que Lacan equipara aquí a ese lugar que en el Seminario VII, La ética del psicoanálisis había definido como el lugar de la Cosa, das Ding, el elemento inasimilable para el juicio en el Proyecto... Luego se retomarán estas modificaciones en lo que hace a la teoría misma de Lacan sobre el objeto. En este contexto, el punto que nos importa subrayar es que Lacan precisamente sitúa al objeto pulsional y al objeto del deseo como heterogéneos respecto a este objeto amoroso que se refleja en el Lust-Ich, objeto fundamentalmente narcisista, que entraña el secreto mismo de “la pretendida regresión del amor en la identificación, cuya razón reside en la simetría de esos dos campos que les designé como Lust y Lust-Ich”. (24) Esta referencia de Lacan nos remite al texto Psicología de las masas y análisis del yo, (25) en el que Freud examina las relaciones entre la identificación, el amor y el objeto. Claramente indica allí la relación existente entre la identificación primaria y la función del Ideal al referirse a la identificación como lazo afectivo primero con el padre, lazo cuya diferencia con una actitud pasiva femenina subraya, que caracteriza como eminentemente masculino y como preparatorio del Edipo. A esta identificación le contrapone la catexia objetal que recae sobre la madre, catexia que caracteriza como anaclítica, señalando que ambas pueden coincidir, hasta el momento de la crisis edípica, sin conflicto. Una vez introducida esta última, surge en esa identificación –narcisista– un matiz hostil que indica la intrusión de la sexualidad. Pero la ambivalencia ya está ahí formando parte intrínseca de esa identificación entendida como la forma preliminar del amor propia de la etapa oral de la libido. Puede observarse que este texto freudiano muestra la solidaridad entre la identificación primera, el Ideal y el narcisismo. Ese lazo primero es situado en el marco del objeto amoroso, el cual es diferenciado de la elección de objeto sexual que, recuérdese, es la etapa última de la serie de la elección de objeto, y por esta razón el complejo de Edipo completo aparece como su referencia fundamental. El objeto de amor, objeto de identificación, puede tener como uno de sus destinos el devenir el objeto sexual adulto. Dado que Freud trabaja aquí el ejemplo del varón y su identificación primaria con el padre, al devenir el objeto de amor objeto sexual, nos encontramos ante la presencia de la dimensión homosexual del complejo de Edipo invertido. En este caso, la identificación es precursora de un vínculo objetal –sexualizado– con el padre.

Podemos concluir de este recorrido de Psicología de las masas... por qué Lacan inicia su discusión de la articulación de la pulsión parcial y la transferencia con una pregunta acerca del amor en su relación con la transferencia. Obviamente, sitúa el amor en su relación primordial con la identificación, señalando que la transferencia no culmina en una identificación, que a nivel del análisis esta indica siempre una falsa terminación, pues se trata de un punto de detención, punto en el que se revela aquello de la transferencia que no ha sido analizado. Pero rechaza también la idea de la transferencia como un medio de rectificación realizante, que descubriría el carácter engañoso, ilusorio, del amor. (27)

Video-icon.jpg

Descarga las notas de este apartado en formato PDF

cropped-icono-PDF-300x300.png

PERSONALIDAD Y METAPSICOLOGÍA

Freud denominó “series complementarias” a la conjunción que se establece entre lo genético y las identificaciones de las figuras parentales, así como sus destinos. Este enlace cristaliza la debilidad o fortaleza relativa de la personalidad y la conduce a la patología, a lo llamado normal o a lo creativo, en el contexto de las tres áreas delimitativas artificialmente (lo somático, los psíquico y lo social), en las que el ser humano expresó simultánea o alternativamente su problemática.

El estudio psicoanalítico de la personalidad se hace mediante lo que Freud designó con el nombre de metapsicología. El término no es siempre popular y se presta a menudo a malas interpretaciones. Su significado funcional en psicoanálisis, empero, es bien claro: se refiere a que para intentar la captación elaborativa de un fenómeno mental (vale decir biopsicológico-social) es menester tratar de comprenderlo, por lo menos, desde tres puntos de vista.

Freud describió y explicó tres de estos vértices: el punto de vista dinámico, el económico y el topográfico. Posteriormente, añadió el punto de vista estructural (segunda tópica).

Otros autores han agregado otros enfoques, entre los que se encuentran el “objetal” (Melanie Klein), El histórico - genético (Hartmann) y el epigenético (Erikson), entre otros.

Lo metapsicológico provoca polémicas entre el psicoanálisis. Algunos autores consideran que deben mantenerse los vértices clásicos planteados por Freud. Otros piensan que la metapsicología corresponde, en esencia, a modelos teórico - clínicos que se usan en la medida que son útiles y se reemplazan en cuanto han cumplido una misión.

Un tercer grupo de psicoanalistas parece considerar que la metapsicología tradicional es más bien una carga y que deben buscarse opciones teórico - clínicas nuevas, ojalá más cercanas a otras ramas de las ciencias sociales.

Habría que anotar, empero, que en cuanto la metapsicología no se convierta en una camisa de fuerza, proporcionará al psicoanálisis gran parte de su vigor, puesto que, entre otras cosas, constituye el lazo de unión más fuerte e importante entre la técnica analítica inmediata y las conceptualizaciones teóricas más abstractas.

Los abordajes esenciales descritos por la metapsicología psicoanalíticas son: el punto de vista dinámico, siempre presente en los demás abordajes; se refiere al eterno conflicto que afronta el ser humano consigo mismo, con su angustia, con el vivir, con la muerte, con el otro y con lo social.