PSICOLOGÍA y

NEUROCIENCIA COGNITIVA

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PSICOLOGÍA Y NEUROBIOLOGÍA DE LA VIOLENCIA. 

OBJETIVOS DE APRENDIZAJE:

Conocer los principales postulados psicológicos de la violencia.

Conocer los factores ambientales y sociales que inciden en la violencia.

Conocer las estructuras cerebrales implicadas en la violencia.

INTRODUCCIÓN

La violencia es un fenómeno complejo que ha sido estudiado desde diferentes perspectivas. En la actualidad, se encuentra presente en prácticamente todos los contextos en los que se desarrolla el ser humano.

La ocurrencia de diferentes actos de violencia que rodean cada vez de manera más cercana a las familias mexicanas es una realidad incuestionable; basta con mirar un poco las estadísticas para darse cuenta de que el fenómeno cohabita de manera consuetudinaria con cada uno de los mexicanos. Según la Encuesta Nacional de Epidemiología Psiquiátrica (Medina-Mora, Borges¬Guimaraes, Lara, Ramos-Lira, Zambrano, & Fleiz-Bautista, 2005) 68% de la población ha estado expuesta al menos a un suceso estresante de carácter violento en su vida.

Al respecto, Alonso y Castellanos (2006) encuentran relación entre las diversas manifestaciones de violencia que se observan hoy en día y afirman que son mutuamente causales. Es decir. al estar los Individuos expuestos a un clima social tolerante con ella, se favorece la aparición del fenómeno dentro de las familias. Del mismo modo, pero en sentido inverso, la violencia familiar puede reflejarse fuera del sistema y contribuir al aumento de un ambiente socialmente violento. Sobre los efectos que trae consigo un clima socialmente violento, Kosovski (2004) afirma que la banalización actual conduce inevitablemente al aumento de los niveles de ansiedad y estrés de los individuos, al incremento de adicciones y patologías mentales, y a la insensibilidad ante el dolor y sufrimiento de las víctimas.

La violencia, sea de cualquier tipo y magnitud, genera efectos sobre cada integrante de la familia, así como en la unidad familiar sistémica indivisible de la cual forman parte cada uno de ellos. Dyregrov y Mitchell (1992) lo expresan con claridad cuando proponen que, en cada acto de violencia, guerra o desastre, hay cuando menos dos víctimas: el agredido y su familia. Por tanto, no se podría entender cabalmente el fenómeno sin comprender el impacto que tiene no sólo sobre el sujeto agredido, sino sobre toda su familia. Aún más, Ross (2002) propone que se puede hablar de victimización individual y victimización familiar, propuesta absolutamente oportuna, ya que hasta ahora la victimología (rama de la criminología que estudia los efectos de los crímenes sobre los sujetos) ha centrado su atención en términos individuales y ha dejado un poco de lado los efectos que dichos eventos ocasionan en todas las personas cercanas a la víctima. Esta autora propone la necesidad de desarrollar una teoría de victimización familiar, dado que la familia, como unidad indivisible, está expuesta a diferentes violencias que la convierten en víctima.

 

La victimización, entendida desde la propuesta de Boss, se refiere al sometimiento y/o dominación de una persona o familia con trauma psicológico o físico que resulta en sentimientos de impotencia, desconfianza y vergüenza. Para que pueda darse, deben ocurrir varias pérdidas: de poder, de control sobre lo que está sucediendo y, la más debilitante, de autoestima, que en el caso de la familia, es equivalente a la pérdida del orgullo. Es decir, no sólo pue-de perder posesiones o personas, también la confianza en sí misma como equipo capaz de resolver problemas.

 

Por otro lado, es importante reconocer que la familia también puede llegar a ser, aparte de víctima, victimario; la gran mayoría de las veces, por lo general de manera inconsciente, puede convertirse en cómplice silente de la perpetuación de la violencia. En sus entrañas, el sujeto aprende las reglas primarias de relación, negociación y resolución de problemas. En este entorno íntimo, que supone resguardo y nutrición, el individuo puede ser violentado por las diferentes figuras que deben cuidarlo y protegerlo, lo que deja huellas y aprendizajes que llegan a normar su criterio y comportamiento posteriores, legitimizando la violencia internalizada y, por ende, validando su conducta. Así, la familia puede actuar el rol de víctima de la violencia, pero también puede llegar a jugar un papel clave en su instauración.

 

Es importante hacer una diferenciación entre dos términos que a menudo se confunden: agresividad y violencia. Lorenz (1973) incluyó la agresividad como uno de los cuatro instintos superiores presentes en los animales y en el hombre; los otros tres son hambre, sexo y miedo. Un instinto es un constructo que alude a un mecanismo innato del comportamiento biológicamente determinado que tiene su origen en el curso de la evolución genética cuyo fin es la preservación de la especie y que se transmite hereditariamente a lo largo de la evolución. Por tanto, la agresividad tiene un sentido adaptativo, de tal manera que cada ser humano, cuando nace, trae consigo esa pulsión destructiva heredada de sus antepasados. Otras visiones menos deterministas afirman que la cultura y el contexto pueden moldear dicho instinto e incluso inhibirlo.

 

En esta línea de pensamiento, Laborit (1975) postuló que, si un cierto comportamiento resulta en la satisfacción de una necesidad, su recuerdo permitirá que dicha conducta se refuerce; pero si el comportamiento deja de ser recompensado o es reprimido mediante algún mecanismo, sobreviene su inhibición o extinción. Por lo tanto, se puede afirmar que, si bien el ser humano es agresivo por naturaleza, será la cultura en la que se desarrolle la que determine si será pacífico o violento (Sanmartín, 2000).

 

Con respecto a la violencia, varios teóricos están de acuerdo en la noción de que es resultado de la predisposición biológica e interacción cultural y que es exclusivamente humana; sin embargo, el hecho de que sea inherente a la naturaleza humana no significa que tenga que aceptarse como inevitable (Al-meida & Gómez, 2005). De acuerdo con Corsi (1994), ésta se refiere a toda acción que implique el uso de la fuerza de cualquier tipo (física, sexual o emocional) con la intención de producir daño y que se hace posible median-te el desequilibrio del poder permanente o momentáneo. Según Ferrer (2004), adquiere su clasificación y significado de acuerdo con los actores que la ejercen, los motivos que la sustentan y los contextos donde se desarrolla; así, las diferentes violencias pueden ser: institucional, social, política, de Estado, escolar, sexual, de género, conyugal, doméstica, familiar, etc. En este capítulo se aborda el fenómeno de la violencia familiar desde una visión sistémica, es decir, aquella que se desarrolla en las entrañas del sistema familiar. El objetivo será analizar y describir los factores que intervienen en la aparición de este fenómeno, así como los efectos y consecuencias que de su ejercicio se derivan.

LA FAMILIA

La familia es considerada la célula básica de la sociedad y la más antigua de las instituciones humanas (Linton, 1972). Ha sido la encargada de transmitir las pautas culturales entre generaciones, por lo que juega un importante papel en la formación de la personalidad e identidad de los individuos y representa una función mediadora entre éstos y la sociedad a la que pertenecen. Cada pueblo, cada tribu y cada cultura configuran su propio modelo familiar de acuerdo con sus propios parámetros, pero manteniendo siempre raíces universales (Gimeno, 1999). Según Minuchin y Fishman (1981), es el contexto primario donde se crece y se recibe auxilio; sin embargo, actualmente se reconoce que la familia también puede llegar a ser participe, consciente o inconsciente, de la perpetuación de la violencia. En este sentido, Strauss y Geles (2009) afirman que dentro de las familias se experimentan las agresiones más dolorosas, profundas y lacerantes al grado que, en algunas ocasiones, puede llegar a considerarse la institución más violenta de la sociedad.

 

El pensamiento sistémico ha estudiado, de forma por demás eficaz, aspectos repetitivos en las conductas de los miembros de un sistema social y ha puesto especial interés en el interior de las familias con la finalidad de comprender y proporcionar modelos explicativos sobre la dinámica e interacción entre sus miembros y, así, estar en posibilidades de planear estrategias para la modificación de comportamientos o síntomas en ellos (Ravazzola, 1999). Un sistema familiar se compone de un conjunto de personas relacionadas entre si que forman una unidad frente al medio externo, la cual está organizada de manera estable y estrecha en función de sus necesidades (Sluzki, 2002).

 

Así, la familia se considera un sistema vivo que cambia y se transforma constantemente a lo largo de su ciclo vital en una lucha constante por conservar su organización e integración con su contexto social sin perder su autonomía. Por tanto, el estudio de la familia implica Investigar al individuo y la complejidad de sus comportamientos en relación con su sistema. La forma como la familia y sus miembros viven las diferentes etapas del ciclo vital, así como sus facilidades o dificultades al enfrentar las demandas evolutivas, se entiende, en gran parte, por la herencia psíquica recibida de sus antepasados. Esta herencia está conformada por valores, creencias, legados, secretos, lealtades, ritos y mitos que se perpetúan y forman parte de su historia, lo que la hace única e irrepetible (Wagner, 2003).

 

Cada periodo de crecimiento o cambio familiar es a menudo simbolizado con un rito (matrimonio, nacimiento, adolescencia, escolarización, funeral) que anuncia una nueva etapa y una nueva forma de funcionamiento. Andolfi. y Angelo (1989) distinguen dos tipos de cambios a los que las familias se enfrentan: los internos, que se desprenden de las necesidades de sus miembros de acuerdo con las exigencias del ciclo vital en el que se encuentren, y los externos, originados por las demandas sociales.

 

Cabe señalar que no todas las familias logran un desarrollo y crecimiento de manera exitosa y sana para sus miembros. Para algunas, los cambios significan verdaderos retos y conflictos; se trata de sistemas familiares imposibilitados para modificar su estructura y evolucionar de tal forma que, con bastante frecuencia, enfrentan los cambios y las crisis con actos de violencia y maltrato debido a que sus recursos para asegurar la integridad de sus miembros se encuentran limitados o agotados (Barudy, 2001). Según Andolfi y Angelo (1989), se trata de familias que perciben los cambios como una amenaza a la que responden rigidizando y violentando sus interacciones. Las pautas de interacción de los integrantes de un sistema familiar, en gran medida, reflejan su nivel de adaptabilidad, el cual es considerado un recurso de enfrentamiento que le permite salir bien librado de los eventos estreso-res que el ambiente le plantea cotidianamente. Cuando se carece de este recurso, las familias serán rígidas y, por lo tanto, su capacidad de adaptación se reduce, lo que las hace más proclives a presentar comportamientos violentos como un intento desesperado de conservar el status quo. En estas circunstancias, el acto violento tiene una función homeostática, es decir, constituye una manera repetitiva de redefinir las relaciones interpersonales dentro del sistema familiar para asegurar la cohesión.

FAMILIA Y VIOLENCIA

¿Cómo entender el fenómeno de la violencia dentro de los sistemas familia-res y sus efectos? La "violencia intrafamiliar" o "violencia doméstica" surge cuando en un sistema familiar uno o varios de los miembros reciben reitera-dos malos tratos o abuso por parte de otro que tiene más fuerza o poder; representa una disfunción importante del sistema familiar, ya que ocasiona gran sufrimiento al abusado, a los abusadores y a todas aquellas personas cercanas al sistema. Cuando la violencia se transforma en un modo crónico de comunicación interpersonal en un grupo, se refleja en una serie de fenómenos dramáticos que se manifiestan dentro y fuera de las fronteras familia-res; tal es el caso de niños maltratados y/o abandonados, mujeres golpeadas, abuso sexual, incesto, adicciones, delincuencia juvenil, etc.

 

La Organización Mundial de la Salud (OMS, 2002) clasifica las interacciones y actos violentos dentro de la familia en activos y pasivos. Dentro de los comportamientos violentos activos, incluye todas aquellas conductas que involucran la fuerza física, sexual y/o psicológica y que por su intensidad y frecuencia provocan daños significativos en las personas que los sufren. La violencia o maltrato pasivo se refiere a la omisión de acciones o intervenciones necesarias para el bienestar del otro y se conoce como negligencia o maltrato por omisión, que generalmente involucra a niños y mujeres como víctimas, o bien, a personas adultas que por alguna razón se encuentran incapacitadas para cuidar de sí mismas. Así, las formas de violencia que con mayor frecuencia se observan dentro de las familias son la violencia conyugal, en la que generalmente la mujer sufre las consecuencias de los actos de violencia o maltratos de su pareja; el maltrato infantil (que puede ser físico, sexual o negligente), y el maltrato hacia las personas mayo-res, generalmente manifestado por el abandono, maltrato psicológico y, en casos extremos, maltrato físico. Gelles (1980; citado en Alonso & Castellanos, 2006) identificó la aparición de un "ciclo de la violencia" como uno de los principales factores relacionados con la ocurrencia del maltrato infantil y de la violencia conyugal. Al igual que otros investigadores, coincide en afirmar que presenciar situaciones de violencia familiar o haber sido víctima de violencia durante la infancia constituyen dos de los más potentes factores de riesgo. En el caso de los niños, aumenta significativa y consistentemente la probabilidad de un comportamiento abusivo en las relaciones adultas; en el caso de las niñas, implica un riesgo para asumir un papel pasivo de aceptación ante actos de violencia. Linares (2002) sostiene que el ser humano maltrata cuando no se siente amado y cuando está más interesado en dominar (para protegerse) que en amar, de modo que establece una cadena sin fin en la que la víctima de hoy se convertirá en el victimario de mañana.

 

En la figura 1 se observan las modalidades más recurrentes de la violencia intrafamiliar y sus ciclos de desarrollo.

Violencia realizada por adultos en la familia

Violencia ejercida por

los adultos

Entre la pareja

Contra los hijos

Violencia ejercida

por los hijos

Entre los hermanos

Contra los padres

Violencia ejercida

por adultos e hijos

Contra los adultos mayores

y discapacitados

Influencia de antecedentes familiares violentos

De generación familiar a la siguiente

Violencia realizada por los hijos en la familia

Barudy (2001) señala que cuando las personas se desarrollan en contextos donde la violencia no es reconocida como un acto que lastima y provoca sufrimiento, aumenta considerablemente el riesgo de que éste se exprese a través de comportamientos violentos sobre otras personas; estas nuevas violencias producirán nuevas víctimas que podrían, a su vez, transformarse en nuevos victimarios, creando, así, el ciclo transgeneracional de la violencia. Según lo expresa Linares (2002), la parentalidad es un proceso complementario en el cual los padres dan a sus hijos lo que a su vez recibieron de sus propios padres; así devuelven simbólicamente lo que recibieron de ellos. La anterior afirmación se basa en evidencias que demuestran que las pautas educativas que transmiten los padres son fundamentales en la modulación y resolución de los conflictos internos de los hijos (Alonso & Castellanos, 2006), además de que refuerzan las creencias que subyacen en todo sistema familiar.

 

El concepto de creencia incluye una serie de interpretaciones y premisas relacionadas con aquello que se asume como correcto o ver-dadero; a su vez, lo que lo fundamenta y retroalimenta es un componente emocional que va en congruencia con lo que debe ser correcto o verdadero (Dallos, 1996). A pesar de que no siempre los integrantes de una familia están de acuerdo, comparten un conjunto de creencias sobre lo que significa estar o no de acuerdo, por lo que asumir el conjunto de creencias familiares es tan significativo como desafiarlas (Wagner, 2003). Neuburger (1997) afirma que asumir y compartir las creencias del grupo significa una retribución de la protección, identidad y sentido de pertenencia que dicho grupo le otorga, ya que de él recibirá protección y solidaridad siempre y cuando se muestre fiel al mismo; de otra manera, esa solidaridad puede convertirse en violencia. Es importante señalar que no existe una tipología de la familia violenta, sino más bien una heterogeneidad de organizaciones familiares que en ciertos momentos o ante ciertas situaciones generarán actos violentos Barudy (2001) menciona cuatro niveles de experiencias en torno a las cuales se organizan las interacciones abusivas y el sistema de creencias que las justifican:

1. Carencias relacionadas con la función maternal. Son padres que crecieron en un medio familiar y social con pobreza de recursos maternales; como padres, esperan que sus hijos colmen las carencias del pasado y la violencia aparece como producto de la frustración. 2. Carencias relacionadas con la función parental. Con frecuencia, en las familias de origen de estos padres se ejercía la autoridad de forma abusiva mediante golpes y castigos o, por el contrarío, no hubo función parental por incompetencia o por ausencia. 3. Trastornos relacionados con la organización jerárquica de la familia. En los sistemas familiares productores de maltrato infantil, los límites de la jerarquía no están claramente definidos o, en otros casos, están presentes pero no se reflejan en la práctica. 4. Trastornos de los intercambios entre la familia y el entorno. Se refiere a familias donde la frontera simbólica entre el sistema y el entorno es disfuncional dando como resultado un funcionamiento caótico en el que nada está claro para nadie, lo que provoca actos de violencia dentro del sistema familiar.

En el caso específico de la violencia familiar, las creencias permiten a quienes abusan justificarse o mistificar el abuso de poder y la violencia sobre sus víctimas; para ellos, el abuso no es abuso, sino un acto justificable y necesario. Díaz-Loving (2008) explica que todas las interacciones y comportamientos de los miembros de un grupo surgen y se retroalimentan apoyándose en su propio sistema de creencias, mismo que nace en el marco sociocultural que determina la jerarquización de las relaciones interpersonales, sus reglas de interacción y los roles que los sujetos asumen en ellas. Otro aspecto insoslayable en lo que se refiere a la transmisión de pautas transgeneracionales de comportamiento son los denominados mitos familiares; su importancia primordial radica en la función que desempeñan para el sistema familiar. Simon, Stierlin y Wynne (2002) afirman que "los mitos funcionan en las familias de la misma manera que funcionan los mecanismos de defensa para los individuos" (p. 234); nacen de la necesidad de vender al exterior una imagen distorsionada de lo que en realidad es la vida familiar para garantizar su cohesión y organización. Son, literalmente, una barrera de protección para evitar a los intrusos y sirven para ocultar o negar una realidad penosa, cuya aceptación, por parte de la familia, sería demasiado dolorosa (Ríos-González, 1994; citado en Wagner, 2003) como en el caso de la violencia familiar.

 

Los individuos participan de su construcción ante la necesidad de sostener lo insostenible. Andolfi y Angelo (1989) argumentan que los mitos emergen sobre vacíos, escasez de datos y falta de explicaciones lógicas; de esta manera se establecen como verdades a lo largo del tiempo y la historia del grupo familiar con gran poder y dejan claro cuáles son los comportamientos permitidos y prohibidos para los miembros de la familia. Se observa que los individuos en los eventos dolo-rosos y traumáticos se apegan fuertemente a sus mitos, ya que éstos funcionan como sistemas explicativos operantes; así, la familia corre el riesgo de quedar oprimida en su propia mitología (Miermont, 1994; citado en Wagner, 2003), que significa un pilar que sostiene la transmisión de los modelos familiares de comportamiento.

Lo anterior confirma que la familia juega un papel importante en la creación y mantenimiento de los actos humanos violentos. Esta idea, por supuesto debatible, crea la inquietud de incursionar a fondo sobre la indagación del papel que la familia tiene como posible cocreador y mantenedor de violencia, dada su importantísima tarea primordial de socialización y protección del sujeto. No se trata de culparla, sino de entender de qué manera forma parte del fenómeno de la violencia y no solamente es su víctima; así, se puede aventurar el diseño de modelos integrales de intervención y tratamiento que realmente incidan en el nivel de profundidad necesario, especialmente si se ha de prevenirla y no sólo tratarla cuando está presente. De acuerdo con Demicheli y Clavijo (2004, p. 427), la violencia es en sí misma una relación, ya que es un proceso que requiere de la interacción de al menos dos partes y, por lo tanto, no puede concebirse como un fenómeno individual. Suponer que basta con que el agresor deje de agredir para que el problema termine evidencia una lectura parcial de un circuito mucho más amplio en el que necesariamente se tienen que incluir las pautas de comunicación, los estilos de enfrentamiento, los mitos y las creencias familiares y culturales.

TRAUMA Y VICTIMIZACIÓN

Se ha dicho que las particularidades de una familia pueden representar un factor protector o de riesgo para sus miembros en lo que a comportamientos violentos se refiere. En este sentido, algunas de ellas brindan un clima enriquecedor que otorga apoyo y seguridad a los individuos que la conforman; otras, por el contrario, son favorecedoras de un clima de tensión y conductas violentas. En el cuadro A se describen características que pueden o no estar presentes en los sistemas familiares, pero que, dependiendo del significado (enmarcado por las creencias compartidas en el sistema) y utilidad que se les otorgue dentro del núcleo familiar, representarán en sí mismas factores de riesgo o protección para la violencia. Es importante puntualizar que, para fines de este escrito, se abundará y discutirá sobre los efectos que los sujetos, como receptores y víctimas de la violencia, experimentan dentro del sistema familiar y, por supuesto, en el trauma que necesariamente deriva de tal situación. Un aspecto primordial en la comprensión de la violencia es el reconocimiento de que todo evento violento supone un trauma físico o psicológico, o ambos, tanto para la víctima primaria como para las víctimas secundarias, especialmente el círculo familiar.

Tal como lo sugiere Pérez-Sales (2006), el trauma, en este escenario, se entiende como una experiencia que constituye una amenaza real o percibida para la integridad física o psicológica de la persona, con frecuencia asociada a emociones extremas, vivencia de caos, confusión, fragmentación del recuerdo, absurdidad, horror, ambivalencia, desconcierto, humillación, desamparo, desesperanza y pérdida de control sobre la propia vida que rompe una o más de las nociones básicas que constituyen los referentes de seguridad del ser humano, especialmente las creencias de invulnerabilidad. El trauma también supone una pérdida de confianza en los otros, en su bondad y su predisposición a la empatía, además de la pérdida de la confianza en el carácter controlable y predecible del mundo; asimismo, posee un carácter inenarrable, incontable e incomprensible para los demás. Puede ser causado por eventos deliberados (terrorismo, actos violentos), desastres naturales (sismos o inundaciones), catástrofes hechas por el hombre (mal funcionamiento de una planta nuclear o tiroteos entre grupos delictivos) o una calamidad disparada por algún evento en la familia (enfermedades crónicas debilitantes o un patrón abusivo de relación).

Otro aspecto fundamental del trauma ocasionado por la violencia sobre el individuo y la familia es la noción de que éste no se vive ni se expresa fuera de un contexto; las manifestaciones y tratamiento de esta modalidad del trauma poseen elementos culturalmente dictaminados. La familia, entonces, como ser social, es vulnerable a la influencia de aspectos culturales que actúan como factores de riesgo y que vehiculizan la posible perpetuación de su condición de víctima y victimaria. De la misma manera, la cultura contiene en su interior mecanismos de protección que potencializan los que la familia posee, en una interacción dinámica que impacta de manera crítica las respuestas familiares al trauma, así como el pronóstico de resolución que éste tendrá.

 

La interacción dinámica entre factores de riesgo y protección culturales y familiares es un tema que de suyo posee importancia crítica si se ha de desarrollar una propuesta de teoría de victimización familiar, por lo que se tratará en otro momento. Lo que se privilegia a continuación es la discusión sobre dos aspectos sumamente relevantes en la comprensión del trauma causado por violencia intrafamiliar: la culpa y la vergüenza. La presencia de pensamientos y sentimientos de culpa y vergüenza, como correlatos y consecuentes de eventos de corte traumático, han sido tema de investigaciones recientes, las cuales los ubican como parte medular del trauma en función del importante rol que tienen tanto en su perpetuación como en su resolución. Pérez-Sales (2006) comenta que, desde el punto de vista terapéutico, la culpa comparte aspectos con el duelo y el trauma, los cuales se presentan de manera entrelazada.

 

Los tres constructos comparten la característica de irreversibilidad en el tiempo, es decir, se producen por hechos o acontecimientos del pasado; implican un sufrimiento psicológico en relación con algo que se hizo (culpa), algo que se perdió (duelo) o algo que impactó de manera amenazante a la persona (trauma).

 

Además, comparten la característica de tener una estructura camaleónica. Encuentran su expresión en la vida de las familias y las personas, a veces, de manera directa (la familia o persona expresa su malestar psicológico e identifica directamente la fuente del mismo), pero con mayor frecuencia de manera indirecta mediante indicadores de malestar tales como cambios en la demostración familiar de afectos, en las secuencias comunicacionales, alteración de las rutinas familiares, falta de cumplimiento de las actividades dictaminadas por el rol familiar asignado, enfermedades psicosomáticas, etc., por lo que en ocasiones se vuelve complicado distinguir un constructo del otro. No obstante, en la literatura se encuentran varias y diversas definiciones de los conceptos de culpa y vergüenza, dependiendo del abordaje teórico desde el que se les observe. Una definición de culpa y vergüenza que parece abarcar todos los aspectos fundamentales de estos constructos es la de Pérez-Sales (2006), la cual señala lo siguiente:

La culpa supone sensaciones de angustia referidas a la realización de actos evaluados posteriormente como rechazables, los cuales pueden ser mentales (pensamientos, intenciones, fantasías o franca ausencia de respuesta) y trasgredir una norma real o simbólica. Por tanto, requiere de un ojo acusador, real, imaginario o simbólico que actúa confirmando la violación de normas internalizadas y asumidas previamente por la persona o familia, que están determinadas por el patrón educativo y en relación con un determinado medio cultural.

La culpa tiene como elementos asociados la idea de irreversibilidad, lo ab-surdo, lo irracional; es poco reductible a la lógica, tiene un carácter intrusivo, impuesto, con elementos de racionalización y disonancia cognitiva, existencia de repliegue, aislamiento o alienación, acompañado de cuestionamiento de las creencias básicas sobre uno mismo y su familia y la necesidad de castigo o reparación.

 

Se consideraría un subtipo de culpa a la culpa por sobrevivir, la cual está asociada a actos que implican un resultado final deseable (supervivencia), pero que genera dudas sobre los medios puestos en marcha para lograrlo (ruptura de códigos éticos básicos). Por su parte, la vergüenza se acompaña de sensaciones de angustia, surgidas de la percepción de proyectar una imagen que está en disonancia con lo que la persona o familia considera que constituye el núcleo identitarío que desea de sí; asociada a la percepción, real o proyectada, de humillación o de rechazo por parte de los demás. Por tanto, requiere de un ojo real, imaginario o simbólico, que actúa de testigo de la indignidad que se encuentra determinada por el patrón educativo y está en relación con un medio cultural específico, frecuentemente asociado a la existencia de repliegue, aislamiento o alienación, a expresiones de agresión o rabia y la necesidad de aceptación o perdón. Un subtipo de vergüenza sería la vergüenza ontológica, la cual se asocia al horror de comprobar aspectos de la naturaleza humana que, por contagio, se constituirían en parte del núcleo identitario de la persona y la familia, y frente a las cuales nada puede hacerse.

 

Cabe agregar que culpa y vergüenza son emociones complejas y que, durante el episodio emocional en cuestión, el organismo evalúa o aprecia las condiciones provocadoras o inductoras, las reacciones conductuales, cognoscitivas, afectivas y fisiológicas que lo llevan a realizar las acciones pertinentes para enfrentar la situación de manera adaptativa (Reidl & Jurado, 2007). De cualquier manera, ambas contienen fallas cognitivas al considerar como válidas aquellas cadenas lógicas sin sentido producidas por la conciencia en un intento de explicarse la razón de lo acontecido, cuando el trauma implica justamente la presencia de efectos derivados de actos humanos o de la naturaleza que por lo general no son susceptibles de ser controlados y que van en contra de la razón, la lógica y el sentido.

CONCLUSIONES

Por lo anterior, se puede afirmar que el entendimiento de factores intrínsecos que forman parte del núcleo del trauma, como la vergüenza y la culpa, per-mite al investigador y al clínico comprender y abordar de mejor manera la violencia al poner a consideración de la familia lo imposible de la anticipación de los eventos incomprensibles y absurdos a los que el ser humano está expuesto a fin de facilitar que el trauma no se enquiste y que, por tanto, sea más fácil su trascendencia. Otra vía de trascendencia y superación del trauma causado por la violencia es el reconocimiento de los factores y recursos con que cuenta una familia para enfrentar los aconteceres a los que, de manera natural y no-natural, está expuesta en su transitar por el ciclo vital. Es de suma importancia que tanto el que la observa como la familia misma reconozcan, validen y subrayen las capacidades salutogénicas de esta unidad. Se trata de un sistema equipado con recursos intrínsecos y extrínsecos provistos por la cultura donde se desarrolla. Éstos son, por ejemplo, aspectos de su funcionamiento y estructura tales como la cohesión, la flexibilidad y la comunicación, el sistema de creen-das que comparte, las estrategias de enfrentamiento y las redes de apoyo que la rodean; su utilización y potencialización dictaminarán en gran medida la superación resiliente del trauma causado por la violencia, por lo que un en-foque de la violencia y el trauma desde la resiliencia familiar permite identificar, revisar y reencontrar aspectos esperanzadores sobre un fenómeno que, por definición, evoca imágenes perturbadoras y desoladoras. Voltear la mirada a los procesos de victimización y al sufrimiento humano significa reconocer que la violencia quiebra la vida de una persona y de su círculo familiar en un antes y un después del ataque o evento traumático (Marchiori, 2004). Por ello se debe destacar que los traumas ocasionados por ella o los malos tratos en la familia deben prevenirse, ya que una vez que se han producido sólo pueden curarse, pero no sanarse (Barudy & Dantagnan, 2007).

De acuerdo con Corsi (2001), la raíz etimológica del término violencia remite al concepto "fuerza". Como sustantivo, corresponde a los verbos "violentar", "violar" y "forzar". La palabra violencia implica siempre aludir al uso de la fuerza para producir daño, es decir, a la acción que perjudica, limita o impide la satisfacción de las necesidades humanas de supervivencia, bienestar, posibilidad de desarrollo, identidad y la propia libertad (Galtung; citado en Muñoz, 2004). La violencia tiene lugar en espacios o instituciones tales como la escuela, el trabajo, la calle y otros lugares públicos, sin circunscribirse a la edad, sexo o condición social. Este término incluye diversas manifestaciones como violencia de género, de pareja, infantil y doméstica o intrafamiliar (Larragaña, Martínez, & Yubero, 2004). La violencia intrafamiliar puede ser entendida como un patrón de comportamientos agresivos y coercitivos ejercidos en el marco de las relaciones familiares; se dirige contra las personas del grupo familiar percibidas como más débiles y dependientes dañando su integridad, imagen, patrimonio, aspiraciones, reconocimiento, sexualidad y relaciones interpersonales. Las víctimas más comunes suelen ser mujeres y niños. La victimización de los menores incluye tanto el maltrato recibido directamente como la exposición a la violencia de sus padres (Frías & Gaxiola, 2008). Independientemente de que la viva directamente y/o que sea espectador de la violencia, el niño se encuentra en una situación muy perjudicial (Perrone & Nannini, 2002), ya que las diferentes áreas de su desarrollo se verán afectadas. Esta situación produce diversas condiciones emocionales y psico-patológicas con importantes repercusiones negativas en su conducta y funciones cognitivas.

 

PECULIARIDADES DE LOS PROGENITORES AGRESORES

En las familias en las que la violencia forma parte de su cotidianidad, los progenitores presentan ciertas peculiaridades que propician un entorno de angustia en el que el niño se ve en la necesidad de desarrollar roles específicos que en muchas ocasiones no corresponden a su edad, pero que constituyen una opción para adaptarse y sobrevivir a tal situación. Con tal ajuste, reprimen facetas importantes de su vida (Fernández & Godoy, 2002; Burudy,. 2003), lo que representa profunda inmadurez en áreas emocionales y, por otro lado, precocidad en cuanto a la responsabilidad, y roles que el ambiente les exige desarrollar para sobrevivir. En lo que respecta a las características de los progenitores maltratadores, se han observado una serie de condiciones que, sin representar una determinación estricta, sí condicionan o promueven mayor vulnerabilidad para desarrollar prácticas conductuales violentas. Es decir, hay mayor posibilidad de generar violencia mientras más elementos presenten en su vida de los que a continuación se describen (Berk, 1999; Lefrancois, 2001; Gracia, 2002; Silva, 2003):

1. Por lo general los padres/madres son personas jóvenes y los hijos son resultado de embarazos no deseados.

2. Comúnmente, tan sólo cuentan con 7 a 9 años de escolaridad, es decir, sólo tienen la educación básica. Además, el nivel cultural tiende a ser muy bajo.

3. Por lo regular se encuentran en condiciones económicas desfavorables, con inestabilidad laboral. No se excluye, sin embargo, la posibilidad de que algunos padres pertenecientes a niveles sociales y educativos superiores lleguen a ejercer violencia en el contexto familiar. La diferencia entre unos y otros radica en que los últimos son más hábiles para ocultar el maltrato hacia sus hijos..

4. Son comunes los cambios de residencia, lo que se correlaciona de manera directa con la posibilidad de que los hijos deban ejercer constantemente mecanismos adaptativos muy estresantes, como el cambio de escuela, además de que sus relaciones sociales son superficiales y cortas.

5. Manifiestan conflictos maritales con frecuente presencia de abuso físico y violencia de o hacia su pareja.

6. Conforman familias monoparentales y/o desorganizadas, condiciones que probablemente representen la posibilidad de que el niño se encuentre solo y sin supervisión durante periodos prolongados de tiempo con riesgo de accidentes fatales y dificultades asociadas a la falta de estimulación.

7. Presentan antecedentes de maltrato; las personas expuestas a conductas y modelos violentos tienen mayor probabilidad de ejercer violencia en su vida posterior.

8. Manifiestan algún trastorno psicológico, comúnmente trastornos del estado de ánimo (ansiedad y/o depresión) o de personalidad (límite de la personalidad), que con frecuencia se observan en progenitores violentos.

9. Experimentan insatisfacción y nula gratificación de su condición de padres, por lo que viven enojados y frustrados, y muestran poca tolerancia ante la conducta de los niños o presentan dificultades para identificar las emociones en sí mismos y en los niños, lo que implica dificultades empáticas que afectan la asunción de la perspectiva requerida para establecer una relación positiva, no violenta, y entender las necesidades del pequeño.

Por otro lado, también destacan las siguientes valoraciones:

1.También se ha reportado que los progenitores maltratadores poseen limitados conocimientos sobre educación infantil y cómo se desarrollan y organizan los procesos psicológicos, así como las graves consecuencias que suelen aparecer tras experiencias de violencia.

2. No tienen un plan de crianza ni reflexionan acerca de su estilo de crianza. Establecen una comunicación deficiente e ineficaz con los hijos; tienen dificultad para establecer límites y reglas consistentes y congruentes.

3. Creen en la disciplina física y severa como estilo idóneo de formación de los hijos, y menosprecian estrategias como el diálogo y la negociación en las relaciones paternofiliales.

4. Tienen la expectativa de satisfacer sus propias necesidades por medio de sus hijos, por lo que exigen a los hijos conductas y logros desmedidos y descontextualizados.

5. Son proclives al aislamiento social e imponen a los hijos el mismo estado de soledad y pobreza de redes y recursos sociales.

PRÁCTICAS PARENTALES

Los estilos personales y características de los progenitores representan factores de riesgo para el desarrollo o vivencia de la violencia; sin embargo, son las características de las relaciones paternofiliales las que ocupan un lugar central en el proceso del maltrato infantil (Gracia, 2002). Los estilos parentales no son vinculaciones automáticamente sanas o fáciles; con frecuencia se considera que la conducta parental y la motivación para actuar positivamente con los hijos es un fenómeno natural y universal, basado en el interés por los niños. La concepción dicotómica de padres buenos y malos no permite la comprensión de la dinámica de la violencia en las relaciones paternofiliales. La idea de la conducta parental como un continuo parece más atinada: en un extremo se encontrarían aquellas prácticas más severas y abusivas hacia el menor; en el otro, los métodos que promueven el desarrollo social, emocional e intelectual (Gracia, 2002). Baumrind (1967; citado en Meece, 2000) estableció fres estilos parentales: autoritario, permisivo y autoritativo. Sin embargo, después se han añadido otras variantes, incluyendo estilos considerados dañinos para el desarrollo emocional y cognitivo del menor. Los estilos de crianza más negativos son: distante, intrusivo y hostil (Restrepo; citado en Silva, 2003). El estilo distante se caracteriza por tener una tasa de interacción muy baja con el menor, con aparente poco interés, afecto plano y muy bajo nivel de respuestas tanto positivas como negativas. El estilo intrusivo implica que el padre o madre están permanentemente instruyendo a los pequeños acerca de la manera de comportarse y expresan excesiva reprobación a lo largo de la interacción. Los padres con prácticas hostiles manifiestan ataques directos al menor, niegan afecto y aprobación, y exhiben comportamientos de humillación y afecto negativos. Existen casos en que el adulto presenta un comportamiento que constituye un cuadro explícito de conducta antisocial y se refleja también en la forma en que trata y educa a su hijo: puede mostrarse con comportamientos inadecuados (violencia extrema, pornografía o comportamientos de extrema humillación), o permiten a sus hijos observar modelos de estas conductas, las cuales promueven un comportamiento desajustado (Cuevas; citado en Silva, 2003). La conducta parental de los padres más propensos a manifestaciones violentas se caracteriza, además, por escasas expresiones físicas y verbales de calor emocional y afecto. Los padres maltratadores imponen su autoridad y aplican castigos de manera arbitraria, subestimando, así, capacidades y aptitudes (Feldman, 2005). De acuerdo con Nieto (2000), esta actitud autoritaria suele presentarse por temor a fallar en la educación de sus hijos, falta de seguridad en sí mismos y/o rigidez en sus pensamientos, por lo que les resulta más fácil imponerse que dialogar y crean una barrera ente ellos y sus hijos. Tal situación favorece la rebeldía y el resentimiento, y bloquea su capacidad de decisión.

Para Gracia (2002), el maltrato infantil es el extremo clínico de los estilos parentales de disciplina coercitivos e indiferentes o negligentes; implica una disfunción o inadecuación en la interacción padres-hijos de familias en situación de riesgo, lo que se traduce en un fracaso en el empleo adecuado de las prácticas de socialización. La violencia, como negligencia, también se reporta como un factor que afecta gravemente el comportamiento de los niños. Palacios y Andrade (2008) reportan una serie de investigaciones que confirman que un pobre control conductual o monitoreo está vinculado a conductas problemáticas en niños jóvenes (adicciones, conducta antisocial y edad de inicio de prácticas sexuales).

MODALIDADES DE MALTRATO INFANTIL

Considerando lo expuesto por diversos autores (Bodiford, Bradlyn, Eisenstadt, & Johnson, 1988; Maher, 1990; Jiménez, 1997; Berk, 1999; Lefrancois, 2000, 2001; Arruabarrena & De Paúl, 2001; Corsi, 2001; Rodrigo & Palacios, 2002; Muñoz, 2007), pueden identificarse 10 tipos de maltrato infantil que puede padecer un niño en una familia en la que se ejerce violencia y pueden agruparse en dos categorías: una que engloba formas activas (maltrato físico, abuso sexual, abuso emocional, maltrato prenatal, corrupción, explotación laboral y síndrome de Münchausen) y otra que abarca formas pasivas (abandono físico, abandono emocional y atestiguamiento de violencia). Las formas activas de maltrato se definen como cualquier acción no accidental ejercida por los padres que provoque daño físico o enfermedad en el niño, o que lo coloque en grave riesgo. Básicamente se reconocen siete tipos de esta clase de maltrato:

a. Físico: es expresado por lesiones físicas, hematomas y contusiones inexplicables, cicatrices, marcas de mordeduras a la medida de un adulto, fracturas de hueso, quemaduras, cortaduras, verdugones, moretones y otros daños. El diagnóstico de esta clase de maltrato requiere de examen médico y la evaluación social de los antecedentes familiares.

 

Como parte del maltrato físico se encuentra el síndrome del bebé sacudido, el cual se manifiesta con la sacudida como látigo del infante. Esto da como resultado que el cerebro se golpee contra las paredes interiores del cráneo y el niño sufra una lesión cerebral grave o un daño neurológico que puede incluso llevarlo a la muerte.

 

Después de un episodio traumático de este tipo, se observa la pérdida de conciencia, estados comatosos, convulsiones y agotamiento respiratorio. Los niños que sobreviven a una sacudida de este tipo llegan a presentar daños en la retina por hemorragia intraocular, como ceguera total o pérdida parcial de la vista.

 

La epilepsia es un síndrome común tras lesiones asociadas a irritación encefálica por zangoloteo. También se puede provocar deficiencias psicomotoras tales como dificultad para caminar y problemas de coordinación fina y gruesa, entre otras. Otras secuelas de este síndrome son problemas neurológicos que se manifiestan con dificultades de lenguaje, atención y de memoria a corto y largo plazo.

 

b. Abuso sexual: se manifiesta con caricias sexuales, coito y otras formas de explotación sexual vergonzosa y dolorosa. Este tipo de maltrato, que suele ser más común en mujeres, es uno de los más perjudiciales para los niños, ya que les deja secuelas severas en su comportamiento, como aislamiento, baja autoestima, pesadillas, incomodidad al contacto físico, baja concentración escolar, llanto fácil, interés por estar prolongado tiempo en la es-cuela (llegando temprano o retirándose lo más tarde posible), ausentismo escolar, conducta agresiva o destructiva, depresión crónica y retraimiento, conocimiento sexual o comportamiento inapropiado para la edad, conducta excesivamente sumisa, irritación y dolor o lesión en zona genital.

 

c. Maltrato emocional: también denominado crueldad mental, se expresa por medio de hostilidad verbal en forma de insulto, desprecio, crítica y rechazo empleando gritos y palabras altisonantes con la firme intención de avergonzar o ridiculizar. Además, se puede recurrir al aislamiento o privación del contacto con otros. Este tipo de maltrato a largo plazo llega a tener como consecuencias extrema falta de confianza en sí mismo, exagerada necesidad de ganar o sobresalir, demandas excesivas de atención, mucha agresividad o pasividad frente a otros niños, poca sensibilidad social y habilidad para poder discriminar las emociones de otras personas, hiperactividad, enuresis y quejas psicosomáticas. d. Maltrato prenatal: se manifiesta cuando la mujer embarazada, consciente de su estado, perjudica el desarrollo del feto al consumir medicamentos, alcohol, drogas, etc.

 

e. Corrupción: se manifiesta promoviendo e incitando al niño a realizar acciones delictivas tales como hurtos, tráfico y consumo de drogas y pandillerismo, entre otras. Esta clase de maltrato se complementa con la premiación de dichas acciones, lo que propicia que el niño las asuma como prácticas de un adecuado estilo de vida.

 

f. Explotación laboral: se expresa con la exigencia de realizar trabajo forzoso por prolongadas horas que exceden los límites de lo habitual para un niño. Esta situación puede interferir en las necesidades y actividades escolares del niño.

 

g. Síndrome de Münchausen por poderes (patología en los padres): se manifiesta al provocar un daño planeado y calculado para desatar síntomas físicos y patológicos en el niño que requieren hospitalización o tratamiento médico reiterado para así obtener trato especial y consideraciones de otras personas. Cuando se presenta dicho síndrome, las exploraciones médicas no tienen un diagnóstico preciso y el menor tiene síntomas persistentes de difícil explicación teórica, por lo que se encuentran contradicciones graves entre los datos clínicos y los conductuales. Estos síntomas desaparecen cuando el niño no está en contacto con su familia.

Como ya se mencionó, además de formas activas de maltrato infantil, también existen algunas pasivas que no por ello son menos perjudiciales en el desarrollo del niño. Las formas pasivas de maltrato se ven caracterizadas en aquellas situaciones en las que las necesidades físicas y cognitivas del niño no son cubiertas, ya sea de forma temporal o permanente, por algún miembro adulto del grupo en el que el niño convive (padres o cuidadores). Básicamente se reconocen tres clases de maltrato infantil pasivo.

a. Abandono físico: se presenta cuando los padres no proveen a sus hijos de los medios que satisfagan sus necesidades físicas básicas, tales como alimentación, abrigo, vestimenta, atención médica adecuada y/o supervisión. Esta clase de maltrato propicia desnutrición o diferentes enfermedades por descuido que son difíciles de detectar, porque no se ven lesiones físicas.

 

b. Abandono emocional: se manifiesta con la falta de respuesta a las señales de llanto, sonrisa u otras expresiones emocionales del niño, así como a sus conductas de interacción física. También se manifiesta con la falta de iniciativa de contacto, lo que implica la no satisfacción de necesidades afectivas y de apoyo emocional.

 

c. Atestiguamiento de violencia: se manifiesta cuando los padres protagonizan episodios cotidianos de violencia (simétrica o asimétrica) haciendo caso omiso de la presencia de sus hijos. Los niños que son espectadores de violencia en sus casas (aunque no sean víctimas de forma activa de ella) pueden aprender a utilizar la agresión como medio para resolver problemas (Olaya, Tarragona, De la Osa, & Ezpeleta, 2008), o bien, sentirse asustados y confundidos por no recibir el beneficio de un ambiente seguro.

Sin importar el tipo de violencia del que un niño sea víctima, la experiencia de ésta aporta elementos cognitivos que constituirán el esquema de creencias en el niño, entre más negativos, más nocivos. Los mensajes familiares que comúnmente recibe tienden a ridiculizarlo, humillarlo, aterrorizarlo y/o hacerlo sentir rechazado o ignorado, lo cual acentúa su indefensión y desamparo ante los padres.

COMPORTAMIENTO DEL NIÑO/NIÑA

En cuanto a los posibles roles adoptados por un niño en el seno de una familia violenta, debe subrayarse la condición de que éstos son finalmente mecanismos de sobrevivencia empleados como parte del proceso de adaptación a su ambiente y condición. Los roles que se gestan en los menores son elaboraciones cognitivas distorsionadas, promovidas por modelos ambivalentes e inadecuados en muchos aspectos; aparecen como respuesta al estilo de comunicación y trato establecido por los progenitores, de los cuales los estilos parentales autoritarios, hostiles y/o negligentes son los más disfuncionales. Considerando lo expuesto por Fernández y Godoy (2002) y Burudy (2003), pueden distinguirse ocho posibles roles y/o actitudes:

a. El niño hipermaduro: algunos niños presentan una madurez superior a la de sus compañeros de la misma edad; son autónomos y tienen mayor influencia en la toma de decisiones familiares. Es decir, se convierten en pequeños hombrecitos o mujercitas que hacen las tareas domésticas y cui-dan a sus hermanos a costa de renunciar a sus propios intereses.

 

b. El niño espía: los niños llegan a ser utilizados por sus padres para saber qué hace su pareja, lo que los coloca en un conflicto de lealtad.

 

c. El niño mensajero: rol que suelen desarrollar los niños cuyos padres los utilizan para enviar mensajes con palabras altisonantes y/o términos despectivos a su pareja para demandarle que cumpla ciertas necesidades. Por ejemplo, una madre puede pedir a su hijo que le diga a su padre que le compre zapatos o le dé dinero, colocándolo, así, en una situación incómoda y estresante.

 

d. El niño colchón: rol que desarrollan con frecuencia los niños cuyos padres descargan sobre ellos sus problemas de pareja. Ellos tienen que soportar las devaluaciones de uno de los padres contra el otro y dar excusas para justificarlo, amortiguando, así, las discusiones entre los padres.

 

e. El niño confidente: niños que se vuelven una figura de apoyo emocional para sus padres al convertirse en escuchas de las insatisfacciones y/o malestares por la pareja.

 

f. El niño víctima del sacrificio: niños cuyos padres viven reprochándose los sacrificios que hacen por él, por lo que crece sintiéndose una carga y pensando que sus papás lamentan su existencia, con un enorme sentimiento de culpa.

 

g. El niño bajo alineación parental: se dice que un niño está bajo este síndrome cuando uno de los padres envía mensajes negativos sobre el otro para conseguir que su hijo lo elija, al mismo tiempo que le quita el permiso psicológico para relacionarse con el otro progenitor. Estos niños prefieren quedarse con el padre que desvaloriza y casi eliminar al otro negándose a mantener una relación con él por temor a ser abandonado. Esto los obliga a unirse incondicionalmente a un solo progenitor, compartir sus ideas y comportamientos para sobrevivir psicológicamente.

 

h. El niño con efecto bumerán. esta situación es la opuesta a la anterior: tras crecer escuchando los insultos y devaluaciones de un padre hacia el otro, el niño decide inclinarse por el progenitor que ha sido descalificado.

REPERCUSIONES DE LA VIOLENCIA DOMÉSTICA EN EL DESARROLLO Y FUNCIONES COGNITIVAS

Autores como Burudy (2003) y Santrock (2003), entre muchos otros, coinciden en señalar que el maltrato infantil puede ocasionar diferentes consecuencias tanto físicas como cognitivas, emocionales y sociales que repercuten en el desarrollo de los niños. La violencia en casa representa una serie de experiencias que el niño o niña tendrán que enfrentar haciendo uso de sus estrategias bastante precarias, pues son determinadas por las condiciones de vida y el tipo de relación que mantienen con su progenitor. Los niños se hallan vulnerables e indefensos. Las consecuencias del maltrato pueden presentarse en diferentes niveles de gravedad dependiendo del tipo de violencia, el tiempo en el cual se fue víctima, la edad en que se vivan dichos episodios, la diversidad de contextos en que se desarrolle el niño, la presencia o no de una red social alterna y los rasgos de carácter del niño o niña. A partir de lo expuesto por varios autores como Fernández y Godoy (2002), Pittman (2003), Byone y Taylor (2007) y Osofsky (1999) (citados en Olaya et al. 2008), pueden reconocerse varias consecuencias de la exposición crónica a episodios violentos:

a. Tristeza: esta consecuencia emocional puede manifestarse de diversas maneras, ya sea llorando, permaneciendo callado, alejado, distraído y/o mostrando dificultad para disfrutar de actividades que solían gustarle. Este sentimiento puede volverse crónico y transformarse en depresión.

b. Miedo: suele expresarse a través del llanto frecuente, conductas de apego, inquietud o rechazo incluso a cualquier persona cercana. Esto puede deberse al temor a ser abandonado, a quedarse sin alimento, abrigo o casa, o bien, a que se le deje de querer.

 

c. Culpa: este sentimiento es muy común en los niños que tienen la creencia de que ellos son el centro del universo y que por eso son la causa de todo lo que ocurre a su alrededor, por lo que se sienten responsables de las peleas entre sus padres y creen que ellos pueden reconciliar o solucionar los problemas.

 

d. Soledad: esta sensación suelen experimentarla por carecer de los cuida-dos y la seguridad que necesitan, ya que sus padres no se los proporcionan por encontrarse inmersos en el conflicto de violencia.

 

e. Enfado: suele manifestarse como desacato a las figuras de autoridad y pe-leas con otros niños.

 

f. Regresión: se manifiesta con los intentos del niño por evadir todos los acontecimientos estresantes que está viviendo retirándose mentalmente a un lugar donde se sienta más seguro y tranquilo. Las conductas regresivas más comunes son: chuparse el dedo, habla infantil, enuresis nocturna, rabietas, alta dependencia de los padres, así como dejar de usar cubiertos para alimentarse y recurrir nuevamente al biberón y/o a relacionarse con un objeto de apego.

 

g. Desamparo aprendido: es una consecuencia que puede presentarse tras un periodo relativamente largo de exposición a episodios violentos, o como resultado de frustraciones y fracasos repetidos que lo hacen sentir que sus esfuerzos para enfrentar la situación problemática son inútiles.

 

h. Alteraciones hormonales: Portellano (2008) y Estivil (2002) refieren que los menores víctimas de violencia en casa están expuestos a condiciones que afectan de forma importante su calidad y cantidad de sueño, lo que tendrá importantes repercusiones en la generación y modulación hormonal, en particular de la hormona de crecimiento, químico fundamental para los procesos de regeneración tisular y consolidación de los procesos de aprendizaje. Esta condición ha provocado que muchos menores en condiciones de violencia crónica muestren niveles generales de menor y más lento crecimiento físico, menores niveles de éxito académico y menores puntuaciones en pruebas de inteligencia general. Este cuadro se ha denominado enanismo psicosocial, que se define como el retraso en el crecimiento de origen psicosocial (García, 2009; Rosenzweig, Breedlove, & Watson, 2005).

 

i. Problemas de sueño: estos se manifiestan básicamente con presencia de terrores nocturnos, pesadillas recurrentes, insomnio, miedo a dormir 

solo o a la oscuridad. También se han descrito condiciones donde el menor no tiene los hábitos de sueño necesarios para su edad, hay disminución de los periodos de sueño. Según Estivil (2002), estos problemas suelen correlacionarse estrechamente con muchos de los problemas cognitivos y de conducta característicos en estos niños.

 

j. Problemas escolares: se refieren a la inadaptación en el ámbito educativo, bajas calificaciones, repetición de años escolares y un conjunto de condiciones que se han denominado fracaso escolar. En el caso de preescolares, se ha apreciado que la exposición a la violencia entre sus padres se asocia con irritabilidad excesiva, regresión en el lenguaje y control de esfínteres, ansiedad de separación, dificultades en el desarrollo normal de la autoconfianza y de posteriores conductas de exploración relacionadas con la autonomía que, frecuentemente, el profesor puede observar con facilidad.

 

k. Dificultades en sus relaciones interpersonales: los niños víctimas de violencia muestran estrategias de relación interpersonal caracterizadas por vinculación con compañeros de menor edad y dificultad en la asunción de reglas en la relación con sus pares o para expresar desacuerdos. Es común el despliegue de conductas violentas como medio de resolución de problemas. También se observa aislamiento o exclusión por parte de sus compañeros. Los niños maltratados no aprenden a defenderse, no saben detener el maltrato y, en muchas ocasiones, ni siquiera se dan cuenta de que el trato que se les brinda es nocivo e inconveniente.

 

l. Alteraciones cognitivas: en los niños en situación de maltrato se han observado menores niveles de rendimiento en escalas de inteligencia, verbales y de memoria (Pino & Herruzo, 2000). Presentan retrasos en el nivel madurativo global, incapacidad para abstraer y generalizar conceptos, inmadurez y perseverancia en plantear soluciones negativas (Moreno, 2003).

 

m. Alteraciones en el lenguaje: se manifiestan en forma de trastornos del habla, generalmente disfemia y dislalia; desarrollo lingüístico por debajo de su edad cronológica; alteraciones en la intencionalidad en la comunicación y pobreza de vocabulario; y dificultades en pragmática, morfología, sintaxis y semántica (Moreno, 2003).

 

n. Problemas conductuales: es común que los niños en condiciones de violencia muestren una serie de conductas desajustadas o desadaptativas que pueden incluir alteraciones por poca activación o participación en el ambiente (como los niños que presentan mutismo selectivo, común, aunque no exclusivo, en casos de maltrato), poca integración con pares, disminución de la curiosidad, timidez excesiva, cuadros que semejan la fobia social de los adultos, o por el contrario, casos en que la conducta se exacerba y se manifiesta poco control de impulsos, cuadros maniacos, autolesiones, conductas obsesivo-compulsivas (frecuentemente onicofagia) y prácticas de riesgo (Silva, 2003; Meece, 2000).

En casos extremos, la ideación suicida e intentos de suicidio (Silva, 2003; Meece, 2000) también se han asociado con prácticas parentales violentas (Palacios & Andrade, 2008).

COMENTARIOS FINALES

La violencia es un fenómeno que puede observarse en prácticamente todos los ámbitos. En particular, la violencia ejercida contra los niños o frente a ellos repercutirá de muy diversas maneras en el desarrollo psicológico, emocional y cognitivo del menor. Cuando las estrategias parentales tienden a ser violentas y arbitrarias, se constituyen ante el menor como las bases ideológicas a partir de las cuales se construyen los esquemas cognitivos que representarán los precedentes de la conducta posterior, que muy probablemente será violenta.

 

Las prácticas parentales de crianza serán definitivas en el desarrollo emocional y cognitivo del niño. En los estilos de comunicación ineficientes donde no se especifican normas ni límites para la conducta, no hay expectativas realistas y no se toman en cuenta las posibilidades del niño. Se emplea un discurso amenazador y degradante que enfatiza la vulnerabilidad del niño y su indefensión y marca de manera importante y crónica su desarrollo moral, emocional y cognitivo.

 

Sin embargo, y a pesar de las experiencias del maltrato, en el repertorio conductual humano se ha descrito la posibilidad de que las personas construyan un estilo diferente de conducta y de que desplieguen estrategias novedosas, pues se tiene capacidad de aprendizaje durante la mayor parte de la vida en la medida en que se provean estímulos y modelos más positivos y productivos (con lo que la idea de la psicoterapia y la rehabilitación cobran sentido).

 

Es posible que, con estrategias eficaces para la construcción de nuevos saberes, se modifiquen los esquemas cognitivos y emocionales, y con ellos la conducta. Para ello, los profesionales de la psicología tienen un enorme compromiso en el estudio y el trabajo clínico con los agresores y las víctimas: Con los agresores, es menester desarrollar estrategias de manejo emocional y de control de impulsos; es urgente promover estilos de crianza que incluyan la negociación y el respeto, y mecanismos de resolución de problemas de forma no violenta. Se debe fomentar una cultura del respeto al otro con sus diferencias y necesidades y promover la educación acerca de las necesidades de los hijos y de estrategias de cómo realizar y desarrollar el rol de padre o madre. Los entrenamientos realizados por programas denominados "Escuela para padres" pretenden abordar algunas de las conflictivas genera-das por la violencia en casa y estilos de crianza nocivos, pero son insuficientes, pues no promueven el cambio conductual esperado.

 

Con las víctimas se deberán abordar diversas áreas. Se debe trabajar con el estado emocional para facilitar la identificación, el manejo y la expresión de emociones. Los trastornos de conducta son rasgos que responden, en general, a estados emocionales; si los estados emocionales ceden y mejoran, el comportamiento también cambia. Otra área a trabajar es la identificación y diagnóstico de las alteraciones cognitivas con la finalidad de implementar programas de intervención que fortalezcan la cognición y alejen a los niños de la vulnerabilidad en que se hallan en ambientes escolares. A nivel institucional, es fundamental implementar mecanismos eficientes que protejan y respondan a las necesidades de los niños. Sin embargo, la posibilidad de que el Estado funja como tutor de los niños víctimas de violencia está muy lejos de convertirse en una realidad, por lo que se tendrá que apostar a la educación de los niños y a la prevención mediante la psicoeducación. Para ello, se deben promover hábitos más sanos de resolución de conflictos y habilidades de vinculación social; el menor, en caso de estar en una situación de abuso y violencia, debería tener la posibilidad de buscar y conseguir ayuda efectiva.

 

Debemos subrayar que los estilos de crianza más positivos se asocian a lo que se ha denominado estilo "autoritativo", que se relaciona con un estilo educativo caracterizado por la expresión emocional abierta y confiada, el uso del diálogo y la negociación, el desarrollo de una comunicación eficaz, de escucha al niño y sus necesidades, con normas y límites claros, y castigos y/o consecuencias previsibles y proporcionadas a la situación que los origina. Tales patrones de interacción paterno-filial serían incompatibles con el maltrato infantil.

REFERENCIAS

Arruabarrena, M. y De Paúl, J. (2001). Maltrato a los niños en la familia. Madrid: Pirámide. Berk, E. L. (1999). Desarrollo del niño y del adolescente. Madrid: Prentice Hall.

ACTIVIDADES DE APRENDIZAJE: 

1.- Comprensión de lectura 

Con base a las valoraciones estudiadas en este apartado, desarrolle el siguiente cuestionario y remita sus actividades por correo electrónico.

 

a. ¿Cuántos tipos de violencia entre miembros de una familia se han identificado?

b. ¿En qué consiste la pertenencia involuntaria?

c. ¿Cuál es la diferencia entre violencia y agresividad?

d. ¿Qué es la culpa y cómo puede afectar el sano desarrollo durante la infancia?

e. ¿En qué consisten los tres estilos parentales establecidos por Baumrind?

f. ¿Cuáles son las características más sobresalientes de los padres maltratadores?

g. ¿En que consisten las siete tipos de maltrato infantil?

h. ¿En qué consiste el maltrato infantil pasivo?

 

 

2.- Realice un mapa conceptual en el que establezca las repercusiones de la violencia doméstica en el desarrollo y funciones cognitivas durante la niñez

 

3.- Participe en el siguiente recuadro de comentarios señalando el porqué se considera importante el estudio de la violencia o la existencia de esta en la niñez y que repercusión podría tener en la edad adulta. Trate de identificar los aspectos tanto neuroanatómicos como los relativos a los sistemas de refuerzo en el cerebro así como los emocionales y de cognición social.

Las actividades 1 y 2 deberán remitirse por correo electrónico en tanto que la tercera deberá realizarse en el apartado señalado para ello.

Es muy importante tomar en consideración que los plazos para la entrega de actividades, aparecerán a un costado del botón que permite el acceso a esta unidad situado en el menú de este diplomado.

 

Recuerde que puede solicitar apoyo docente en tiempo real a través de una reserva (las reservas deberán solicitarse al menos con 48 de anticipación).

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