Animación de la habitación de China

Modelo de mutua delimitación de la corporalidad

Resumen

LA TEORÍA PSICOANALÍTICA

El psicoanálisis constituye una de las teorías básicas en el devenir del siglo XX. Ha influido en muchas de sus manifestaciones y, en el comienzo de un nuevo siglo, se encuentra profundamente insertado en la cultura y en la visión que el hombre tiene de sí mismo. Estructura uno de los grandes metarrelatos de la modernidad y modifica, a fondo la concepción del ser humano.

Las relaciones entre psicoanálisis y psiquiatría han tenido vaivenes y variaciones considerables. De una negación y un rechazo marcados, se pasó a una aceptación muy extensa de las teorías psicoanalíticas (psiquiatría dinámica), particularmente en los Estados Unidos. Hoy en día, y en el marco de referencia de una psiquiatría más ligada a las neurociencias, psicoanálisis y psiquiatría tienden a seguir sendas separadas. Las ideas psicoanalíticas, sin embargo, conservan su vigor y fuerza, y en todas las psicoterapias - que siguen siendo uno de los elementos fundamentales de la psiquiatría, tal y como lo señaló Henry Ey - lo psicoanalítico se halla, inevitable y positivamente, presente.

CONCEPTO DEL PSICOANÁLISIS

La concepción del psicoanálisis se considera en términos de tres acepciones interrelacionadas:

constituye una teoría sobre el funcionamiento de la mente y, por extensión, de la personalidad, que se basa en la importancia y relevancia de lo inconsciente, pues se estructura en las teorías y trabajos investigativos de Freud y de sus discípulos contemporáneos.

Se refiere a una forma de tratamiento derivada de la teoría.

Se relaciona con la aplicación de la teoría psicoanalítica a otras ramas del conocimiento humano (historia, pedagogía, literatura, cine, etc). Este último aspecto se conoce como “psicoanálisis aplicado”, y cobra cada vez más importancia en la medida en que el psicoanálisis se ha insertado en la cultura y, a la inversa en cuanto a que la creatividad artística y científica proporcionan al psicoanalista elementos importantes, como reservas de pensamientos y afectos de los que surge la llamada “libre atención flotante”, fundamento de la escucha psicoanalítica. Así mismo, hay escuelas contemporáneas de pensamiento psicoanalítico que buscan un acercamiento epistemológico y de praxis con las Neurociencias.

El psicoanálisis, es en esencia, el estudio del interjuego funcional que existe entre las motivaciones conscientes y los impulsos eróticos y agresivos inconscientes. Ambos sistemas deben entenderse como una estructura indispensable sobre la fenomenología, y, a su vez, la hipótesis del inconsciente no se podría atrapar ni concebir de no mediar la categoría de la conciencia.

La teoría del inconsciente afirma Freud, es legítima y necesaria. Necesaria para explicar lagunas en el conocimiento de lo humano, y legítima, puesto que de la misma manera que la fenomenología infiere en la conciencia del otro, es válido inferir de sus manifestaciones una vida interior propia, por fuera del campo de la conciencia. El psicoanálisis intenta superar la dicotomía mente – cuerpo, la contraposición entre mundo interno - mundo externo y entre instintos y abstracciones, sin aceptar, por lo menos en la teoría, las disociaciones entre unos y otros.

Una lectura moderna de la hipótesis psicoanalítica de los instintos nos demuestra que desde el comienzo Freud plantea la pulsión en términos del estímulo interno, continuo, del cual no se puede escapar por la fuga y que inevitablemente tiene una representación mental, que este autor denomina “fantasía inconsciente”. Así mismo, entre las características de la pulsión incluye conjuntamente con la fuente, el fin y la perentoriedad, el objeto.

El objeto es una palabra que tiene resonancias mecanicistas provenientes de la psicofísica del siglo XIX, pero corresponde al hermoso concepto de que el ser humano está siempre en una inevitable relación con el otro, por fuera o por dentro del mismo, y fue descrito inicialmente como aquello de lo que se valen las pulsiones para satisfacer la descarga. Poco a poco el objeto se hace cada vez más importante en la teoría y en la práctica, hasta convertirse en uno de los fundamentos del edificio psicoanalítico.

De esta forma el concepto de pulsión, desde su concepción misma, supone a través de la fantasía un puente entre lo que llamamos somático y lo que calificamos como psíquico y así mismo, mediante la idea del objeto, nos habla de la importancia central de la relación interpersonal vincular y social.

Planteado, en otros términos, no tenemos por qué conseguir circunstancias humanas desligadas de la biología. No hay manifestaciones neuróticas, psicóticas o de la vida habitual que no guarden algún tipo de relación con la recaptación de los neurotransmisores o con lo genético.

Simultáneamente y en la misma línea de pensamiento, no hay por qué asumir que haya manifestaciones orgánicas en la patología, en la salud o en la creatividad que no se acompañen de concomitancias afectivas (ideas, pensamientos, afectos o fantasías), que a su vez influyen ineludiblemente el devenir de los procesos vitales. Por supuesto, la pulsión, como una manera de abordar al ser humano, supone también el impacto de lo social y la importancia de la historicidad. De allí la relevancia del concepto de “síndrome multideterminado” (series complementarias de Freud), para comprender al ser humano, en la enfermedad y la salud. La concepción es holística; el psicoanálisis, empero, en lo que se refiere a su método y a su teoría, intenta deshilvanar el ovillo a través de la vivencia y la magnitud de la influencia que sobre ésta ejerce lo inconsciente.

Un ejemplo de esta teoría de la unidad biopsicológicosocial ha sido trabajado exitosamente por George Engel, quien describe lo que llama el complejo darse por vencido - dado por vencido, que, a su parecer, precede y acompaña todas las enfermedades predominantes orgánicas.

Y tiene 5 cualidades:

  1. El sentimiento de rendirse y la vivencia de impotencia (la persona no se puede ayudar) o desesperanza (nadie puede ayudarlo).

  2. Una imagen depreciada del sí mismo.

  3. Pérdida de gratificación en las relaciones interpersonales y en los roles de trabajo.

  4. Sentimientos de ruptura en la continuidad entre pasado, presente y futuro.

  5. Reactivación de situaciones más tempranas de relación.

Engel sopesa los componentes de este complejo como elementos contribuyentes al desarrollo de una enfermedad, relacionados con la historia personal, que reflejan una falla temporal de los mecanismos mentales que producen debilitamiento de las defensas del organismo frente a una enfermedad.

EL CONCEPTO DE OBJETO EN LA TEORÍA PSICOANALÍTICA

Freud aborda la teorización del objeto desde ángulos diversos, cuya coexistencia facilita la confusión conceptual. La ausencia de un trabajo de discriminación en lo tocante a la diversidad de perspectivas que se despliegan en torno al objeto devino el punto de partida de una serie heteróclita de interpretaciones que rivalizan entre sí en su afán por ser reconocidas, cada una de ellas, como la más correcta y la más freudiana.

No se pretende, en esta unidad, una exégesis detallada del tema del objeto expuesto por Freud, tema que de por sí exigiría un extenso desarrollo. Se pretende, en cambio, delimitar los grandes ejes que permiten situar algunas de las conceptualizaciones posfreudianas y, en particular, las de Klein y Lacan en su articulación con la obra freudiana por un lado y, por otro, demostrar cómo esa articulación determina las exigencias lógicas que llevarán a la construcción del objeto a la enseñanza de Lacan. A decir verdad, si estos grandes ejes no se precisan, si no se esboza el énfasis alternativo en Klein y en Lacan de uno u otro de los enfoques freudianos, la confusión renace no solo en lo tocante a la obra de Freud, sino también en lo tocante a las obras de los otros dos autores.

El objeto en su sentido convencional, incluido en el clásico par sujeto-objeto de la teoría del conocimiento, evidentemente está presente y es mencionado en la obra freudiana. Pero también es evidente que, ya desde el proyecto…, Freud no considera esta faz del objeto como el objeto propio que la experiencia del psicoanálisis descubre.

Tres perspectivas, tres grandes dimensiones del concepto de objeto pueden delimitarse en la obra freudiana. Su articulación histórica es variable, al igual que el énfasis diferencial de Freud sobre alguna de ellas, énfasis que se organiza en función de los problemas específicos de su práctica y de su teoría que intenta resolver en diferentes momentos. Desde una perspectiva teórica, el primero en ser deslindado fue el objeto del deseo, el objeto perdido de la experiencia de satisfacción alucinatoria, el objeto en juego a nivel del proceso primario. Su elaboración se realiza en el capítulo VII de La interpretación de los sueños y en el Proyecto... Tenemos pues, en primer término, el objeto perdido del deseo sexual infantil. Su paradigma, como es sabido, fue el objeto oral en su articulación con la experiencia de satisfacción. El objeto del deseo como objeto propio del funcionamiento inconsciente permanecerá como un hito estable a lo largo de toda la obra freudiana.

En 1905 se suma un nuevo objeto, muy cercano al objeto del deseo, pero que no le es idéntico: el objeto de la pulsión parcial. La forma en que el objeto se articula con la pulsión parcial es a menudo confundida con la articulación del objeto con el deseo. Más que confundirlos en una identidad que desdibuja su originalidad, lo más adecuado sería preguntarse acerca de la intersección que se produce entre ambos: objeto del deseo y objeto de la pulsión, manteniendo no obstante la peculiar originalidad de cada uno de ellos.

El objeto perdido del deseo podría ser, una condición de producción del objeto pulsional en la obra freudiana; este último adquiere rasgos que le son propios y que son inseparables del autoerotismo y de la inclusión del cuerpo. La posibilidad de confundir autoerotismo y anobjetalidad conduce a la tercera de las dimensiones freudianas del objeto. Esta tercera dimensión configura una serie que Freud explícitamente separa de la serie de los estadios libidinales propios de la pulsión parcial, serie que es introducida en 1911, en el contexto del caso Schreber, y a la que bautizó como serie de “la elección de objeto”. Ella es correlativa de la introducción y del progresivo despliegue del concepto de narcisismo y de la exploración simultánea de lo que se puede denominar “el objeto de amor”. No puede dejar de señalarse el lugar excéntrico que desempeña respecto de todos los demás, un objeto, el falo, cuyo privilegio surge de modo relativamente tardío en el recorrido freudiano y el cual, en cuanto tal, se articula de manera diferencial con cada una de las series que se acaban de mencionar. Estas conceptualizaciones del objeto, con sus diferencias y con sus puntos en común, se relacionan con los avatares de la teoría pulsional y de la tópica freudiana. También son dependientes de los avatares, dificultades y problemas que Freud encuentra en su ejercicio del psicoanálisis. Su destino es especialmente solidario del concepto de transferencia y del mecanismo de la cura tal como Freud lo va concibiendo a partir de su experiencia. Ellas son, por lo tanto, inseparables y a la vez vitales, en lo tocante a la práctica analítica en tanto tal. ¿Cómo captar si no la reestructuración de la psicopatología freudiana que se realiza alrededor de la diferencia entre neurosis de transferencia y neurosis narcisistas? ¿Cómo aprehender si no la relación entre la roca del complejo de castración y esa misteriosa adhesividad de la libido en la determinación de los escollos del análisis en la culminación del recorrido freudiano? Estas dimensiones del objeto son pues el punto de partida de dos series diferentes: la serie pulsional con sus estadios y la serie de la elección de objeto que se despliega desde el autoerotismo inicial, pasando por el narcisismo hasta culminar en la elección del objeto heterosexual.

Desde esta perspectiva, el narcisismo es considerado como una forma de elección intermedia de objeto, elección que Freud califica de “homosexual”, en la medida en que se funda en la elección del semejante. El autoerotismo es el punto de partida común de ambas series, las cuales de allí en más se separan. La elección de objeto remitirá a un “otro” definido en tanto que “persona”, al campo de lo que luego se denominará la totalización del objeto sexual, al otro como sexuado, homo o hétero. La serie pulsional, en cambio, toma al otro tan sólo como su apoyo, tal como lo indica el concepto de pulsión parcial en la medida en que esta nace apoyándose en la necesidad, haciendo de la parte elegida del cuerpo un uso particular que produce eso que Freud denomina “placer de órgano”. Es oportuno subrayar que en lo referente al objeto pulsional Freud hablará de contingencia, de fijación, pero nunca de elección. Sin embargo, ambas series comparten el carácter contingente del objeto así como su posibilidad de fijación.

Otra diferencia asoma entre ambas series: el papel del narcisismo es fundamental en lo que respecta a la elección de objeto, determinando la prevalencia de la dupla amor-odio y, por ende, de la ambivalencia caracterizada por la transformación de contenido. La ambivalencia, en cambio, se despliega estructuralmente en la serie pulsional en función de la transformación activo-pasivo, en la cual precisamente el yo como objeto no desempeña papel alguno, o lo hace tan sólo de manera secundaria, en aquellos casos en que el modelo analítico del surgimiento de la pulsión se muestra insuficiente, obligando a Freud a introducir la función del semejante. Ambas series convergen en 1923 en la fase fálica, en la que las pulsiones parciales se reúnen bajo la primacía del falo, permitiendo el acceso a la “sexualidad adulta”, a lo que corrientemente se denomina “genitalidad”. Sus vicisitudes son empero incesantes y la estabilidad de la susodicha “genitalidad” es, como se sabe, más que precaria. La importancia central del complejo de castración reside precisamente en su carácter de articulador de ambas series entre sí y de estas con el complejo de Edipo. Su consecuencia inmediata es la reformulación de la psicopatología que se lleva a cabo en Inhibición, síntoma y angustia, cuyo objetivo es incluir el carácter estructuralmente decisivo de la angustia de castración. Esa inclusión, sin embargo, no entraña la desaparición de la diferencia entre neurosis de transferencia y neurosis narcisistas, precisamente porque indica la subordinación de ambas series, en este caso la serie de la elección de objeto, al complejo de castración. Asimismo cabe subrayar, por último, que, en lo referente al objeto del deseo, no se encuentran en la obra freudiana rastros del establecimiento de una serie que pueda ser comparada con ninguna de las anteriores. Sí puede afirmarse que el objeto del deseo desempeña la función de condición de posibilidad de las otras dos series y sus objetos específicos.

El entrecruzamiento entre estas dos series se constituyó entonces en una fuente permanente de confusión para la mayoría de los psicoanalistas, especialmente para aquellos que pertenecían a la corriente de la llamada “teoría de la relación de objeto”, denominación que en un momento de la historia del psicoanálisis se vuelve tan abarcativa que desdibuja la especificidad de las diferentes posiciones que se encuentran en su interior. Aun cuando el término mismo de relación de objeto esté ausente, como tal, del texto freudiano, salvo alguna que otra mención aislada que se sitúa en el contexto del problema de la elección de objeto y que carece de desarrollo sistemático, su presencia encabezando una corriente denota precisamente la imposibilidad en la que se encontraron muchos analistas para delimitar las líneas de fuerza esenciales de la teoría del objeto en Freud. En lo que sigue se examinarán pues con cierto detalle, ciertamente sin agotarlos, los tres grandes ejes del pensamiento freudiano acerca del objeto.

EL DESEO FREUDIANO Y SU OBJETO

El concepto de objeto del deseo en Freud tiene como referencia ineludible la reiteradamente comentada experiencia de satisfacción descripta en “La interpretación de los sueños y en el Proyecto..”. La originalidad inicial de la investigación freudiana deslumbra aun hoy. En el capítulo VII de la Traumdeutung, en el apartado C, titulado “La realización del deseo”, (1) Freud establece ya una distinción esencial al separar la satisfacción de la necesidad de la realización del deseo. A la primera le corresponde la acción específica; a la segunda, la identidad de percepción como regla de la alucinación desiderativa. Esta partición entraña la instauración de un abismo en la supuesta complementariedad del sujeto y del objeto en la satisfacción humana, introduciendo una disimetría que sitúa al objeto en una nueva posición, ajena como tal a la satisfacción de la necesidad, y que introduce a nivel del organismo una nueva forma de satisfacción –la realización– cuyo correlato es el sujeto mismo tal como Freud lo descubre en los procesos inconscientes. Allí Freud encuentra que la regla de la nueva satisfacción, la realización, para nada concuerda con la adaptación vital, que el placer buscado se sitúa en las antípodas de la coaptación entre el organismo y su medio ambiente, incluso que la contraría.

La realización del deseo aparta al sujeto del camino de la satisfacción, encaminándolo hacia una búsqueda infructuosa desde la perspectiva adaptativa, búsqueda signada por la repetición, búsqueda de una percepción primera que tiene como marco una mítica primera vez, un mítico primer encuentro entre el sujeto y el objeto de “satisfacción”.

Volver a evocar esa percepción es la meta propia de la realización desiderativa, la forma en que el deseo se cumple, meta a la cual Freud bautiza como identidad de percepción. La realización del deseo se cumple cuando reaparece la percepción, siendo su instrumento específico la alucinación. Esta alucinación que signa entonces la realización desiderativa, es descripta por Freud como el producto de una inversión en la dirección de la corriente de excitación, cuyo recorrido asume una orientación regresiva –regresiva en relación con el sentido progresivo que define la dirección normal del acto reflejo– que culmina en la investición intensa de lo que en el lenguaje de la psicología de la época se denomina huella mnésica; en este caso la alucinación apunta siempre a una huella mnésica específica, la de la experiencia de “satisfacción” original.

El punto de partida es por lo tanto el modelo del arco reflejo. A partir de él Freud formula el deseo como fundamentalmente ajeno al arco reflejo, como imposible de ser reducido y confundido con el acto reflejo, pues entre ambos media algo mucho más complejo que una mera inversión de la dirección del aparato.

La diferencia es ya subversión de la adaptación, de la coaptación del Umwelt y el Innenwelt, introducción de una hiancia entre el señuelo logrado de la percepción que la alucinación produce y el objeto de satisfacción de la necesidad. ¿Qué clase de aparato neuronal es este entonces? La respuesta a esta pregunta exige un examen de las formulaciones presentes en el Proyecto... El apartado dedicado a la experiencia de satisfacción (2) introduce el concepto de acción específica definiéndola como aquella cuya ejecución trae aparejada la satisfacción de la necesidad y, por ende, el cese del aumento de carga. Subraya que la ejecución de esa acción exige en la cría de hombre una ayuda externa, ajena a él, ayuda de un otro cuya atención debe atraer mediante una descarga interna: el grito, el llanto.

Ambos adquieren de este modo una función secundaria –precisemos que es secundaria respecto a la función primera que cumplen de descarga– que Freud llamará función de comunicación, y que Lacan retomará con el concepto de llamado que culminará en su formulación de la función de la demanda. Esta función depende pues de la imposibilidad del cachorro humano de ejecutar la acción específica por sí solo; es decir, que depende del desamparo inicial propio de nuestra especie. Llegado a este punto, Freud hace una acotación, a la vez sorprendente y fundamental, que separa ya su conceptualización de toda génesis empirista y biologista: “[…] el desamparo inicial de los seres humanos es la fuente primaria de todos los motivos morales”. (3) La acción específica, debido a la intervención del desamparo y a la mediación del otro que este impone para ser llevada a cabo, deviene fuente de comunicación y de motivos morales. Así, la acción específica, cuyo trasfondo teórico es la teoría del arco reflejo, escapa en la obra freudiana a la mera dimensión de descarga motriz refleja y vira hacia el acto.

Desde el inicio la presencia de una subjetividad, que no se explica por ninguna sensibilidad “natural”, separa las nociones de satisfacción de la necesidad y de realización del deseo. ¿Por qué sorprenderse pues de que la Traumdeutung se cierre con una pregunta acerca de la responsabilidad ética del soñante respecto de su deseo inconsciente? (4) “Desamparo” y otro son dos términos que reaparecen mucho más adelante en el recorrido freudiano, en Inhibición, síntoma y angustia, cuando Freud estructura la versión definitiva de su experiencia de la neurosis. La función de comunicación del grito, que deviene entonces llamado al otro, precisamente los aúna; ambos, dejan en el ser hablante una huella imperecedera: ese deseo inconsciente que Freud calificó como eterno. (5) Huella mnésica, “imagen mnemónica desiderativa”, ella es la clave del señuelo logrado de la alucinación propia del cumplimiento del deseo, señuelo que desplaza la acción específica e introduce esa dimensión innovadora que es la rememoración alucinatoria.

La memoria cambia aquí de signo, su función es desadaptativa en relación con la memoria del organismo e instala una nueva dimensión del placer que quiebra el marco de la homeostasis, que impone el placer de desear como una meta impensable en el registro de la pura biología. El deseo, entonces, al investir nuevamente esa huella mnésica desiderativa, produce el olvido del camino de la satisfacción de la necesidad, condena al organismo a la desadaptación desde el inicio. Cuando se olvida esta paradoja fundante de la experiencia freudiana del inconsciente surge uno de los errores de interpretación de la obra freudiana más constante: la confusión entre esa huella mnésica del objeto, que en sí misma, en tanto que huella, es objeto del deseo, y el objeto de la teoría del conocimiento.

Queda así distorsionado de manera intrínseca el concepto mismo de deseo y el de su objeto en su originalidad propia. Pues esa huella no es meramente un error de interpretación de un sujeto inmaduro que carece aún de los medios de evaluar correctamente la “realidad”, ella es el surgimiento de una nueva forma de realidad, tan material como otras, que es la realidad psíquica freudiana, cuya legalidad se resiste a un criterio puramente utilitarista y empírico de la subjetividad. La huella mnésica, la Vorstellung, la representación, se inscribe sobre el telón de fondo del desamparo y del Otro, ese Nebenmensch (prójimo) cuyo papel en el establecimiento de la función del juicio será fundamental para Freud. Sobre el fondo de una nostalgia, de un anhelo, de la búsqueda del encuentro primero con ese Otro, encuentro para siempre perdido, se instala esa huella mnésica, esa re-presentación, que nunca alcanza la presencia anhelada. La huella es pues solidaria de una pérdida y constituye una memoria orientada en sus recorridos, en su búsqueda, por el principio del placer y su meta a nivel del proceso primario, la identidad de percepción. Memoria que busca la repetición de una percepción imposible, que la alucinación simula pero no alcanza. Ese otro perdido, cuya presencia idéntica, la alucinación apunta a recrear, le hace decir a Freud, en la carta 52, que el ataque histérico es acción, no mera descarga, acción “[…] cuyo objetivo es la re-producción del placer […] Apunta a otra persona, pero fundamentalmente a ese otro prehistórico, inolvidable, ese otro al que nadie luego igualará”. (6) La huella mnésica freudiana no se inscribe pues en el contexto de una teoría del conocimiento. El proceso primario no busca conocer, sino precisamente re-conocer, volver a encontrar mediante la identidad de percepción cuya “acción específica” propia es la alucinación, a ese otro inolvidable. El desamparo humano, al determinar la impotencia del infans, da a ese otro su lugar y su función primordial, creando así una nueva “necesidad” –término que debe entenderse en su doble sentido castellano, biológico y lógico–, necesidad lógica entonces que es tan exigente y tan imperiosa como la necesidad biológica, necesidad lógica de la dimensión de ficción propia del deseo en tanto que humano. Ficción y realidad psíquica no se oponen, hambre de signos podría llamárselas, de signos de la presencia que nunca es más que una re-presentación de los signos de la presencia de ese otro inolvidable, rastro engañoso de una presencia imposible de conjurar.

Así lo delata la proton pseudos histérica que Freud encuentra en su experiencia de la histeria, correlativa de la temporalidad humana como retroactiva o anticipada, como un demasiado tarde o un demasiado pronto. El principio del placer se ubica pues del lado de esa ficción, ella es su meta propia y es ella la que le brinda a esa nueva realidad su punto de equilibrio y homeostasis, ajeno como tal a la homeostasis del organismo.

El objeto se presenta aquí como inalcanzable, como perdido, no como complementario del sujeto; el cual a nivel del inconsciente es indistinguible de ese anhelo ficticio, de ese hambre de signos, siempre engañosos, que sostiene una búsqueda imposible por estructura, no por un desarreglo natural o un ordenamiento inadecuado de lo social. Contrariamente a lo que muchos psicoanalistas dedujeron de esta conceptualización del objeto perdido, no se trata aquí de una “inmadurez de la percepción”. La estructuración misma de esa realidad que tan fácilmente dan por supuesta exige y da su lugar al objeto perdido. Ya en el Proyecto... Freud postula claramente que esa realidad necesita para constituirse la existencia de ese objeto perdido del deseo.

La realidad de la teoría del conocimiento tiene en el objeto perdido del deseo su condición de posibilidad y este no es un error de interpretación de la realidad, sino todo lo contrario, su condición misma. Es él el que hace posible la génesis del mundo de los objetos que habitualmente se denominan objetos del conocimiento. Si se examina en detalle el Proyecto... es necesario recorrer el otro polo del objeto, el polo que lo vincula con la experiencia de dolor y no con la experiencia de satisfacción. El dolor deja también tras de sí signos, signos que Freud resume bajo la expresión de “objeto mnemónico hostil”, que configuran una huella que incita a la descarga cuando el displacer, atravesado cierto límite, alcanza el umbral del dolor. Pero el camino de la motricidad, de la fuga, está en este caso cerrado y allí se crea una nueva forma de fuga, sustituto de la fuga motriz, que Freud caracteriza como defensa primaria o represión, que logra la descarga a través del establecimiento de lo que Freud en ese entonces llama “cargas laterales”. (7) Aquí el grito se inscribe como alerta de la presencia del objeto hostil y, en lugar de desempeñar una función de comunicación, deviene él mismo ese objeto. Vemos pues configurarse un par de huellas cuyo ordenador son el placer y el dolor.

Cabe detenerse aquí en el nombre que Freud le da a cada una de ellas. La primera, vinculada al placer, es el desear; la segunda, vinculada al dolor, es el afecto. Curiosa repartición, en efecto, fundada en el carácter diferencial de la descarga en los dos casos: sumación en uno y cargas laterales en el otro. Ya aquí el carácter siempre desplazado, marginal, del afecto hace su aparición. Sin embargo, ambos comparten el carácter de recuerdo, de memoria, aun cuando el mecanismo sea diferente en cada caso. Pero ese mecanismo es asimismo sumamente preciso en cada caso: alucinación desiderativa en el desear y defensa primaria en el afecto. Entre ambos se despliega y se enmarca el pensar inconsciente.

Una vez establecido este marco, Freud desarrolla su teoría del juicio, cuya originalidad por un lado, y cuyas consecuencias por otro, son ineludibles en la delimitación que debe realizarse entre objeto del deseo y objeto del conocimiento. Para Freud, la función primaria del juicio no coincide con la utilización del juicio al servicio del principio de realidad, función esta que es en tanto tal secundaria. La función primaria del juicio recae sobre lo que denomina complejo del Nebenmensch, desglosándolo en dos componentes: I) El primero consiste en un ensamble constante que permanece como Cosa (Ding), que se presenta como ajena, como extranjera, como inasimilable. II) El segundo incluye todo lo que es cualidad, lo que puede ser entendido por la memoria gracias a una remisión al propio cuerpo y a la propia experiencia del sujeto y que se caracteriza al ser definido como atributo. (8) Cosa, componente inasimilable, y atributo, cualidad que puede ser referida al cuerpo y a la experiencia del sujeto, son pues el resultado primero de la actividad del juicio cuando este opera sobre el complejo del Nebenmensch, fuente común del primer objeto desiderativo y del primer objeto hostil, siendo ambos como lo señala Freud “[…] el único poder que lo ayudaba”. (9) Pero existe un punto de ambos objetos que sigue presente en el juicio en su función primaria como inasimilable, la Cosa, y otro que es susceptible de ser manejado como algo conocido por el sujeto, el atributo. El primero de ellos marca precisamente la dimensión irrecuperable del objeto perdido del deseo, objeto al que sus atributos, esos signos que la alucinación recupera, permiten re-conocer, pues nunca podrá el sujeto conocerlo, siempre será inasimilable. Así la dimensión sensible del objeto del conocimiento como reunión de atributos esconde en su núcleo mismo la función del objeto perdido, de la Cosa como inasimilable, que es condición de la aparición misma del juicio de atribución.

Ese núcleo inasimilable que remite al objeto perdido, hace surgir la pregunta sobre el porqué de ese carácter. Puede decirse, en una primera aproximación, que aquello que permanece Fremde, extranjero, ajeno, se perfila como un resto, como un residuo, que no se incorpora al sujeto y a lo que este puede reconocer como atributos. Dibuja así un primer exterior, que en forma alguna debe confundirse con el exterior propio de la realidad “realista”, con aquello que formará posteriormente lo cognoscible. Ese primer exterior se articula con lo que Freud formulará luego en La negación (10) al referirse nuevamente a la función del juicio, al insistir en que el examen de realidad tiene como meta reencontrar, re-conocer, el objeto perdido, objeto que es condición para que este examen de realidad sea posible. Esto implica que el objeto está perdido ya en la estructura misma, esa estructura que dibujan el desamparo, el otro prehistórico y la función de comunicación que adquiere la descarga como tal. La pérdida no es pues aquí avatar de la historia o producto de una génesis madurativa, sino la estructura misma del ser humano en lo tocante a su relación con el objeto del deseo, en la medida en que su inclusión en la red del Nebensmensch implica que perdió para siempre la naturalidad de su objeto. La identidad de pensamiento que regla, en cambio, al proceso secundario, que implica el sometimiento al principio de realidad, esa búsqueda de objetividad que oculta su origen primordial en el objeto perdido, es un rodeo complejo por el cual el sujeto, creyendo conocer la realidad, sólo se ubica en ella guiado por la brújula invisible de un volver a encontrar el objeto perdido.

Esta búsqueda que mueve a comprobar que el objeto aún existe, define un juicio de existencia que es secundario para Freud al juicio de atribución, en la misma medida en que la existencia primera, la de la Cosa, se demuestra rebelde, inasimilable al juicio mismo. Melanie Klein hace de las experiencias respectivas de satisfacción y de dolor uno de los ejes de sus propios desarrollos teóricos. Conviene retomar sus articulaciones con esta dimensión del objeto freudiano como perdido. En primer término, puede señalarse cómo para Klein lo perdido se vuelve el núcleo a partir del cual se construye su teoría de la posición depresiva, en la medida en que la función del duelo pasa a desempeñar un papel central en la constitución del objeto del deseo. En segundo término, el juicio de atribución es también para ella primero, fundando así el objeto como bueno o como malo, relegando el núcleo inasimilable de la Cosa a nivel de la esencia incognoscible o del quantum pulsional como elemento último de determinación de la pérdida o incluso, hacia el final de su obra, como aquello que indica el “núcleo psicótico”, el lugar donde la disociación y la discriminación que el juicio de atribución hacen posibles, fracasa. La atribución como eje de la organización del objeto en bueno y malo ofrece asimismo otra posibilidad, imaginaria ella también, que consiste en confundir esa cosa inasimilable con el cuerpo materno, el cual deviene el escenario privilegiado del despliegue de todas las variantes posibles de la atribución, y que ocupa por excelencia el lugar del objeto perdido. Ese objeto es pues considerado fundamentalmente desde el ángulo de la atribución, es decir, desde el ángulo de su cualidad imaginaria y, puede incluso decirse, desde el ángulo de su significación.

Este enfoque culmina en una fenomenología del objeto imaginario, que oculta el carácter estructural de la pérdida de objeto, en la que Lacan se apoyará a su vez para estructurar su teoría del estadio del espejo. Resulta claro, por lo tanto, que la teoría kleiniana del objeto cae en el ámbito del objeto narcisista, objeto que se inscribe en Freud en la serie de la elección de objeto. Por esta razón precisamente, Klein se ve llevada a enfatizar el paso del objeto parcial al objeto total, confundiendo en una las dos series: la serie pulsional y la de la elección del objeto. Al no poder separarlas, su teoría presenta una serie de impasses, que se examinarán más adelante, y que llevan a una desaparición de la originalidad conceptual del objeto perdido del deseo y de la especificidad del concepto mismo de deseo en Freud. Lacan, por su parte, desarrolla su teoría del objeto imaginario a partir del narcisismo freudiano y de la fenomenología de lo imaginario que traza Klein. Pueden encontrarse referencias a los contactos que mantuvieron Klein y Lacan en la biografía reciente de Melanie Klein publicada por Phyllis Gross-Kurth. (11) Ya desde el Seminario I sabemos que Lacan elige apoyar a Melanie Klein frente a Anna Freud, pero creo que no se ha examinado suficientemente hasta qué punto la construcción misma del concepto de objeto en Lacan implica un recorrido y una lectura polémica de sus tesis y sus impasses. Su énfasis en el objeto perdido, que puede claramente rastrearse en su enseñanza desde el Discurso de Roma, incluirá una interpretación de la pérdida del objeto que se distancia notablemente de la de M. Klein. Interpretación estructural, apoyada en la lectura de Kojéve de Hegel, en ciertos desarrollos teóricos de Heidegger, su consecuencia es una nueva definición, fundante en sus efectos, de la relación entre el objeto y su pérdida.

EL OBJETO DE LA PULSIÓN PARCIAL Y EL OBJETO DEL AMOR

En Tres ensayos para una teoría sexual, (1) Freud formula algunos de los ejes fundamentales de su teoría pulsional, que sufrirán en lo referente a la pulsión parcial pocas modificaciones. La sexualidad infantil, perversa y polimorfa, depende de la estructura de la pulsión parcial y es inseparable de ella. En 1905, la pulsión parcial se organiza ya en función de su carácter parcial, del autoerotismo y del placer de órgano vinculado a la zona erógena (sede de ese Lustgewinn cuya importancia será tan grande en la teoría del objeto en Lacan) y la variabilidad de su objeto. El carácter bifásico de la sexualidad plantea, más allá de los cambios físicos de la pubertad, el problema de la elección de objeto definitiva y su relación con el objeto de las pulsiones parciales, problema que remite a lo que Freud denomina la “sexualidad adulta normal”.

A todo lo largo de los Tres ensayos... (texto imposible de leer sin seguir la delimitación realizada por Strachey de los párrafos agregados y de las enmiendas sucesivas que le hizo Freud) se aprecia la oscilación de Freud entre el problema del objeto sexual “definitivo” –propio de la serie de la elección de objeto– y el problema del objeto de la pulsión parcial, contingente y autoerótico. Esa oscilación es especialmente evidente en la tercera parte, “Las transformaciones de la pubertad”. (2) El punto de convergencia y divergencia se sitúa en torno al objeto primero, la madre, que desempeña su papel en las tres dimensiones propias del objeto, pero que lo desempeña de manera diferente en cada una de ellas. Por un lado, es ese Otro inolvidable que en función del desamparo y la indefensión permite el surgimiento del objeto del deseo como diferente al objeto de la necesidad. Por otro, se articula simultáneamente con la pulsión parcial –hecho particularmente claro en relación con el pecho como objeto pulsional–, y con el complejo de Edipo, en el que desempeña el papel central en tanto que “persona” amada, es decir, como objeto total. En el breve y célebre capítulo sobre “El hallazgo del objeto”, Freud alude de manera explícita al objeto perdido del deseo, objeto deducido de la satisfacción de la necesidad alimenticia, y condición de posibilidad del objeto en su funcionamiento en las dos series ya definidas: “Cuando la primerísima satisfacción sexual estaba todavía conectada con la nutrición, la pulsión sexual tenía un objeto fuera del cuerpo propio: el pecho materno. Lo perdió sólo más tarde, quizá justo en la época en que el niño pudo formarse la representación global de la persona a la que pertenecía el órgano que le dispensaba satisfacción. Después la pulsión sexual pasa a ser, regularmente, autoerótica, y sólo luego de superado el período de latencia se restablece la relación originaría. No sin buen fundamento el hecho de mamar el niño del pecho de su madre se vuelve paradigmático para todo vínculo de amor. El hallazgo [encuentro] del objeto es propiamente un reencuentro”. (3) Este párrafo ha sido de modo simultáneo una fuente de luces y de sombras. Merece, por ende, un examen detallado. En primer lugar, debe destacarse que la frase inicial, que excluye tajantemente la anobjetalidad como tiempo originario, hace referencia muy precisamente a la realización alucinatoria del deseo, a ese nivel se sitúa esa “primerísima satisfacción sexual”, la de la identidad de percepción propia de los procesos primarios. Ese objeto fuera del cuerpo que es el pecho materno aparece como una de las formulaciones posibles de ese otro inolvidable, de ese poder, que se describió en el capítulo anterior. La experiencia de satisfacción aparece pues como anterior al autoerotismo, tiempo uno de las dos series que aquí nos ocupan, y como su condición de posibilidad lógica. En esa experiencia, como ya se ha subrayado, la pérdida se instala entre necesidad y deseo, entre satisfacción y realización. Esta primera pérdida, condición de los procesos primarios como tales, no debe ser confundida con la pérdida a la que alude Freud al presentar el nacimiento del autoerotismo, pérdida del objeto “real” y su interiorización. Se esboza una diferencia, cuya importancia sólo ha sido observada desde el énfasis que le dio Melanie Klein, siguiendo a Abraham, a los conceptos de objeto parcial y objeto total, entre el objeto pulsional autoerótico parcial y la “persona total”. Esta diferencia, que es la diferencia entre las dos series freudianas, no culmina en ninguna fusión de ellas, pues, como bien lo señala Freud, el objeto como pecho se pierde frente a la madre como objeto total del amor, hay incompatibilidad entre el objeto y la persona, entre la totalización del amor y el carácter parcial de la satisfacción pulsional. Tenemos aquí esbozadas tres pérdidas diferentes, que habitualmente son identificadas a la ligera: 1) la pérdida de la satisfacción de la necesidad en aras del surgimiento de la realización del deseo, vale decir, la pérdida de la naturalidad del objeto; 2) la pérdida del objeto real que determina su incorporación y la estructuración del autoerotismo, y 3) la pérdida del objeto como objeto de amor, la persona total, que funda la importancia en cuanto tal de la pérdida de amor para el sujeto hablante. Cada una de estas pérdidas, sobre cuya especificidad se volverá luego, apunta a tres términos que siempre se mezclan en las apreciaciones de los autores psicoanalíticos. Estos tres términos, que indican tres conceptos claves en el campo del psicoanálisis, corresponden, respetando la numeración de las pérdidas establecida en el párrafo anterior, respectivamente a: 1) deseo, 2) pulsión y 3) amor. Obviamente, estos tres conceptos tienen una multiplicidad de articulaciones mutuas. Sin embargo, si algo caracteriza la bibliografía psicoanalítica es el paso permanente de uno a otro, sin que se establezcan las diferencias pertinentes entre ellos. Puede decirse, a mi juicio, que el deseo es el concepto fundante en Freud y que la primera de las pérdidas condiciona la posibilidad de las otras dos, el surgimiento mismo de la posibilidad de sustitución y que, en este sentido, el objeto de la pulsión y el del amor son ya formas de sustitución del objeto perdido del deseo. Por esta razón, pulsión y amor conforman un contrapunto particular en Pulsiones y sus destinos, texto que es necesario examinar para avanzar en el análisis del concepto de objeto.

En Pulsiones... Freud retoma su teoría de la pulsión parcial, precisando algunos puntos de ella. En primer término, la teoría del apoyo analítico de la pulsión demuestra sus límites. La dimensión narcisista del yo lo incluye en una dimensión heterogénea respecto a las pulsiones de autoconservación; además, los dos pares pulsionales configurados por el sadomasoquismo y el voyeurismo-exhibicionismo escapan a la construcción de la pulsión por medio del apoyo en la necesidad. En este texto, uno de los puntos centrales es la diferenciación, que se tornó clásica, entre empuje, fuente, meta y objeto, que sigue siendo un punto de referencia insoslayable en lo tocante a la pulsión parcial. ¿Cómo define allí Freud al objeto pulsional? Como el medio gracias al cual la pulsión alcanza su meta, vale decir, su satisfacción. En lo que se refiere a la pulsión el término “satisfacción” prima en el vocabulario freudiano. El objeto es aquí instrumento de la satisfacción, aquello con lo cual se obtiene la satisfacción y en tanto instrumento es precisamente el aspecto más variable de la pulsión: “[…] no está enlazado originariamente con ella, sino que se coordina con ella sólo a consecuencia de su aptitud para posibilitar la satisfacción. No necesariamente es un objeto ajeno; también puede ser una parte del cuerpo propio” (4) Este papel instrumental lo hace apto por ende para satisfacer varias pulsiones. El contrapunto a esta variabilidad del objeto lo brinda el concepto de fijación, definido precisamente como el establecimiento de una conexión íntima entre pulsión y objeto, conexión que suprime la movilidad del objeto y que hace surgir la dificultad y la oposición a desprenderse de él. Puede apreciarse que el objeto de la pulsión, a través de su carácter instrumental, aparece como reconstituyendo en un nuevo nivel la acción específica perdida a nivel de la necesidad, designando de este modo una satisfacción propia del sujeto psicoanalítico y no del organismo biológico. Pero también cabe recordar que Freud en modo alguno confunde esta satisfacción con la del cumplimiento del deseo, vale decir, con la identidad de percepción del proceso primario. Esta diferencia es quizás una clave para una relectura de Más allá del principio del placer y de la contradicción que el “más allá” introduce en lo que respecta a la realización del deseo y a la regla del principio del placer a la que se somete el proceso primario.

También sitúa esa forma particular de la libido que es la libido narcisista, pues no se puede desconocer que el narcisismo es asimismo un destino pulsional. La libido del yo, aquella cuyo objeto particular es el yo mismo, debe ser enmarcada dentro de la teoría intermedia de las pulsiones, justo en el momento en que Freud abandona la oposición pulsiones sexuales-pulsiones de autoconservación y aún no ha construido la oposición Eros-Tánatos. La sexualización del yo, instala a este en un nuevo estatuto, el de objeto libidinal, en cuyo marco se desarrolla la teoría del amor en Freud tal como la encontramos en la Introducción del narcisismo. Así como la pulsión parcial se articula en torno a un objeto instrumental, que se despliega entre la variabilidad y la fijación, la elección de objeto de amor se despliega entre la elección narcisista y la elección anaclítica. No es casual, empero, que Freud sólo utilice el término de elección en el caso del objeto de esta serie, que define al objeto de amor. El uso del término, que sólo volvemos a encontrar en la expresión freudiana “elección de la neurosis”, se vincula a la culminación de la sexualidad, definida por Freud como elección de objeto heterosexual, por un lado, y elección anaclítica por el otro. De este modo, resulta necesario precisar las consideraciones que realiza Freud en esta época acerca del amor en cuanto tal. En la Introducción del narcisismo al establecer la diferencia entre la elección narcisista y la anaclítica, Freud oscila en el uso de los términos “objeto sexual” y “objeto de amor”, aun cuando el apartado hace alusión a la “vida amorosa del ser humano”. Señala que primitivamente este tiene “dos objetos sexuales originarios” a los que identifica como “él mismo y la mujer que lo crió”. (5) El primero de ellos funda la elección narcisista, el segundo, la elección anaclítica. El carácter central que Freud le adjudica a la elección narcisista es su meta pasiva –ser amado– y el hecho de que todo gira en torno a los rasgos del sujeto mismo. En el caso de la elección anaclítica, vale decir de la mujer que lo crió, a la que Freud le agrega el padre protector, existe una identificación activa con algunas de estas dos figuras. Aquí el amor en su surgimiento se apoya sobre la necesidad, es decir, que Freud retoma respecto al amor la noción de apuntalamiento sobre la necesidad, al menos en lo tocante a la elección más madura, y señala también su meta activa. Evidentemente, detrás de estas oscilaciones entre sexualidad y amor, se encuentra la formulación, presente ya en Tres ensayos..., según la cual la sexualidad normal reside en la confluencia de la corriente de ternura y la corriente sexual hacia el objeto y la meta sexual. (6) Puede percibirse claramente la importancia que adjudica Freud a la oposición activo-pasivo en ambas series, oposición que define una de las formas de transformación en lo contrario, siendo la segunda la transformación de contenido que sólo se aplica a la transformación amor-odio. Las dos formas de transformación son sin embargo definidas como ambivalencia e incluidas dentro de los destinos o defensas contra la pulsión. La transformación activo-pasivo, que sólo afecta las metas de la pulsión, es elaborada por Freud fundamentalmente en torno a los dos pares pulsionales que no se prestan al apuntalamiento: sado-masoquismo y exhibicionismo-voyeurismo. Strachey señala en una nota que los términos de sujeto y objeto deben ser considerados en su sentido gramatical, el sujeto como agente y el objeto como aquello sobre lo cual recae la acción del agente. (7) Activo y pasivo remiten pues a la estructura gramatical como tal, lo cual se traduce en el hecho de que Freud se ve obligado a introducir en los dos pares pulsionales en discusión un nuevo tiempo central, eje de la transformación de metas y sin el cual la pulsión no puede constituirse: el tiempo verbal medio o reflexivo. Este tiempo introduce la vuelta sobre la propia persona como solidaria del establecimiento de la meta pasiva, aunándose en este caso la función del narcisismo con la de la pulsión parcial. Allí donde la función analítica no opera en la pulsión parcial surge, en cambio en Freud, la función del narcisismo como lo que permite su constitución. (8)

La transformación activo-pasivo en el caso del sado-masoquismo enfrenta a Freud con la dificultad de diferenciar el par agresividad-sadismo del odio en su oposición con el amor, eje de la transformación de contenido. Esta última remite al amor y al odio como significaciones que se desprenden de la esfera narcisista del yo. Sadismo y masoquismo, en cambio, conservan siempre su vinculación con la estructura de la pulsión parcial, aun cuando les sea necesaria la mediación del narcisismo para su constitución. Es necesario pues examinar a continuación cómo se presenta el par amor-odio en Pulsiones..., donde Freud nos brinda una definición muy neta de él: “De este modo nos percatamos de que las actitudes de amor y de odio no pueden ser utilizadas para las relaciones de las pulsiones con sus objetos, sino que están reservadas para las relaciones del yo total con los objetos. […] La palabra amarse desplaza cada vez más a la esfera de la relación de puro placer con el objeto y finalmente se fija a los objetos sexuales en su sentido más estricto y aquellos que satisfacen las necesidades de las pulsiones sexuales sublimadas. […] El hecho de que no solemos decir que una única pulsión sexual ame a su objeto, sino que consideramos la relación del yo con su objeto sexual como el caso más apropiado para usar la palabra ‘amor’ –este hecho nos enseña que la palabra sólo empieza a ser utilizada en dicha relación una vez que se ha producido la síntesis de todos los componentes de la sexualidad bajo la primacía de los genitales y al servicio de la función de reproducción”. (9) Lo mismo ocurre con el odio, que Freud asocia al displacer. La conclusión de Freud es llamativa: nada permite suponer que amor y odio constituyen una unidad primera que en un segundo tiempo se dividiría; ambos son independientes hasta el momento en que se transforman en opuestos por la acción del principio del placer-displacer. El odio es caracterizado como un modo de relación con el mundo más antigua que el amor, cuya fuente reside en el displacer del yo narcisista frente a cualquier perturbación de su equilibrio energético. Por el contrario, la fuente del amor reside en las pulsiones parciales y en el placer de órgano que les es propio. Sin embargo, es en primera instancia narcisista y sólo posteriormente alcanza, mediante su alianza con las pulsiones parciales sexuales, lo que Freud denomina las formas preliminares del amor. Puede apreciarse que, en este punto, Freud relaciona el amor con el autoerotismo. Señala que el amor tiene como fuente “la capacidad del yo de satisfacerse de manera autoerótica”, (10) satisfacción que le es proporcionada precisamente por una “ganancia de placer de órgano”, vale decir, por ese Lustgewinn que ya en Freud, como lo será posteriormente en Lacan, emerge como el secreto sostén del narcisismo mismo. Aquí surge claramente cómo el autoerotismo es común en ambas series; comunidad que precisamente funda la posibilidad de que ambas se anuden produciendo esas modalidades previas del amor en las que la meta sexual se confunde con el narcisismo, entendido como el esfuerzo motor del yo por alcanzar los objetos en tanto que fuentes de placer. En este contexto describe esas formas: a) incorporar o devorar, “modalidad compatible con la supresión de la existencia del objeto como algo separado”, (11) característica que permite calificar a esta modalidad como ambivalente. Freud expresamente señala que esta ambivalencia no es primaria como oposición amor-odio, sino que surge de estas formas previas del amor, en las que ambas series se anudan; (12) b) apoderarse es la segunda de las formas. Ella reúne el componente sádico-anal de las pulsiones parciales con un apoderamiento del objeto que es indiferente al daño que el objeto pueda sufrir por su causa. Para Freud es difícil diferenciarla del odio mismo, aun cuando se trate de una forma preliminar del amor. (13) Este anudamiento de las dos series en las formas previas del amor, tal como aquí están descritas, no debe interpretarse en el sentido de un borramiento de las diferencias entre el objeto del deseo, el del narcisismo y el de la pulsión. Sin embargo, esta es de hecho la interpretación que normalmente se ha producido. El mismo Strachey, comentando el pasaje de Tres ensayos... agregado en 1915, vale decir, dependiente de las ideas introducidas en los textos que se acaba de examinar, señala que el párrafo ya citado acerca del reencuentro del objeto parece contradecirse con los agregados de 1915 y 1920 realizados por Freud. (14) Si examinamos los pasajes indicados, podemos observar que la contradicción reposa precisamente en la no diferenciación de Strachey de ambas series. Así, el agregado de 1915 tiene como punto de referencia la “elección de objeto”, mientras que el de 1920 tiene como punto de referencia la serie de la pulsión parcial, con su culminación en la etapa fálica. (15) La ambivalencia no tiene exactamente el mismo sentido en ambas series y la confusión de Strachey se sitúa precisamente en el punto en que la establece Abraham, (16) quien supondrá la fusión de ambas series en una nueva serie única, ausente en Freud, que culmina en la genitalidad anaclítica y postambivalente. Klein, felizmente, desarticula esta serie única en determinado aspecto de sus desarrollos, aunque la reedita a partir de la sustitución, como se verá luego, de la genitalidad abrahamiana –donde el falo es sustituido por el pene– por la “senitalidad”, si se nos permite el neologismo, en la cual el seno y la función materna reemplazan al falo. (17) Esta confusión implica asimismo la derivación directa de la ambivalencia de contenido a partir del par pulsional Eros-Tánatos, planteado en 1920 por Freud.

Lacan analiza el texto de Pulsiones... retomando las tres oposiciones que estructuran para Freud la antinomia amor-odio: la real –lo que interesa y lo que es indiferente–; la económica, placer-displacer, y la biológica, pasividad-actividad. En la primera oposición, primera en función de una temporalidad lógica y no cronológica o genética, el autoerotismo se sitúa a nivel del Real-Ich y no implica en cuanto tal un desinterés por los objetos del mundo externo. Entraña, en cambio, que el autoerotismo pone al descubierto que los objetos no existirían si no existiesen objetos buenos para mí, o sea, para el yo. En la segunda oposición vemos surgir al yo del placer purificado que exige una clasificación de los objetos, hay que diferenciar los que son malos de los que son buenos. Los primeros constituyen el campo del Unlust, los segundos constituyen el campo del Lust-Ich.

Ya hemos citado el texto de Freud, “Pulsiones…” donde este observa que el autoerotismo es condición del narcisismo. En el narcisismo, por lo tanto, se produce precisamente la inserción del autoerotismo en los intereses organizados del yo, anudándose a la función homeostásica del mismo. Conviene tener presente esa cita para situar correctamente la formulación de Lacan acerca de los Ichtriebe, pues precisamente subraya cómo el autoerotismo condiciona la aparición del narcisismo, permitiendo el establecimiento del amor como diferente de la pulsión parcial. Los Ichtriebe no son sensu stricto pulsionales, precisamente en la medida en que son homeostásicos, en que son pulsión domesticada. Lacan subraya que en este punto es exactamente donde Freud sitúa el nacimiento del amor. Lo sexual se incorpora al Yo sólo en la medida en que alguna de las pulsiones parciales se inmiscuye en él, eso que Freud definía, tal como ya se indicó, como las formas preliminares del amor, las cuales exigen el anudamiento de las dos series, anudamiento que indica simultáneamente el forzamiento de la pulsión parcial en el campo del principio del placer –introduciendo la dimensión de su más allá– y la domesticación de ese más allá pulsional por el principio del placer a través de su inclusión en la esfera del yo del placer purificado. (22) El punto de emergencia del objeto propio del amor se sitúa entonces precisamente allí donde el principio del placer interfiere con su más allá, allí donde puede constituirse como un sustituto posible del objeto perdido del deseo.

Se plantea entonces el problema de la articulación entre la homeostasis y el principio del placer, que Lacan define así más adelante: “El Lust, por su parte, no es un campo propiamente dicho, sino lisa y llanamente un objeto, un objeto de placer que, como tal, se refleja en el yo. Esta imagen en espejo, ese correlato bi-unívoco del objeto es precisamente el Lust-Ich purificado […] la parte del Ich que se satisface con el objeto como Lust. El Unlust, en cambio, es lo que sigue siendo inasimilable, irreductible al principio del placer. […] constituirá el no-yo […] sin que el funcionamiento homeostásico logre nunca reabsorberlo. Allí está el origen de lo que encontraremos más tarde en la función del objeto malo […]”. (23) El campo del placer es reducido por Lacan a una identificación con el objeto como fuente de placer; identificación que es el término mismo de la dialéctica del placer. Por el contrario, el Unlust apunta precisamente a la constitución de un campo, campo que queda excluido del régimen del principio del placer, que la homeostasis nunca absorberá, y que Lacan equipara aquí a ese lugar que en el Seminario VII, La ética del psicoanálisis había definido como el lugar de la Cosa, das Ding, el elemento inasimilable para el juicio en el Proyecto... Luego se retomarán estas modificaciones en lo que hace a la teoría misma de Lacan sobre el objeto. En este contexto, el punto que nos importa subrayar es que Lacan precisamente sitúa al objeto pulsional y al objeto del deseo como heterogéneos respecto a este objeto amoroso que se refleja en el Lust-Ich, objeto fundamentalmente narcisista, que entraña el secreto mismo de “la pretendida regresión del amor en la identificación, cuya razón reside en la simetría de esos dos campos que les designé como Lust y Lust-Ich”. (24) Esta referencia de Lacan nos remite al texto Psicología de las masas y análisis del yo, (25) en el que Freud examina las relaciones entre la identificación, el amor y el objeto. Claramente indica allí la relación existente entre la identificación primaria y la función del Ideal al referirse a la identificación como lazo afectivo primero con el padre, lazo cuya diferencia con una actitud pasiva femenina subraya, que caracteriza como eminentemente masculino y como preparatorio del Edipo. A esta identificación le contrapone la catexia objetal que recae sobre la madre, catexia que caracteriza como anaclítica, señalando que ambas pueden coincidir, hasta el momento de la crisis edípica, sin conflicto. Una vez introducida esta última, surge en esa identificación –narcisista– un matiz hostil que indica la intrusión de la sexualidad. Pero la ambivalencia ya está ahí formando parte intrínseca de esa identificación entendida como la forma preliminar del amor propia de la etapa oral de la libido. Puede observarse que este texto freudiano muestra la solidaridad entre la identificación primera, el Ideal y el narcisismo. Ese lazo primero es situado en el marco del objeto amoroso, el cual es diferenciado de la elección de objeto sexual que, recuérdese, es la etapa última de la serie de la elección de objeto, y por esta razón el complejo de Edipo completo aparece como su referencia fundamental. El objeto de amor, objeto de identificación, puede tener como uno de sus destinos el devenir el objeto sexual adulto. Dado que Freud trabaja aquí el ejemplo del varón y su identificación primaria con el padre, al devenir el objeto de amor objeto sexual, nos encontramos ante la presencia de la dimensión homosexual del complejo de Edipo invertido. En este caso, la identificación es precursora de un vínculo objetal –sexualizado– con el padre.

Podemos concluir de este recorrido de Psicología de las masas... por qué Lacan inicia su discusión de la articulación de la pulsión parcial y la transferencia con una pregunta acerca del amor en su relación con la transferencia. Obviamente, sitúa el amor en su relación primordial con la identificación, señalando que la transferencia no culmina en una identificación, que a nivel del análisis esta indica siempre una falsa terminación, pues se trata de un punto de detención, punto en el que se revela aquello de la transferencia que no ha sido analizado. Pero rechaza también la idea de la transferencia como un medio de rectificación realizante, que descubriría el carácter engañoso, ilusorio, del amor. (27)

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PERSONALIDAD Y METAPSICOLOGÍA

Freud denominó “series complementarias” a la conjunción que se establece entre lo genético y las identificaciones de las figuras parentales, así como sus destinos. Este enlace cristaliza la debilidad o fortaleza relativa de la personalidad y la conduce a la patología, a lo llamado normal o a lo creativo, en el contexto de las tres áreas delimitativas artificialmente (lo somático, los psíquico y lo social), en las que el ser humano expresó simultánea o alternativamente su problemática.

El estudio psicoanalítico de la personalidad se hace mediante lo que Freud designó con el nombre de metapsicología. El término no es siempre popular y se presta a menudo a malas interpretaciones. Su significado funcional en psicoanálisis, empero, es bien claro: se refiere a que para intentar la captación elaborativa de un fenómeno mental (vale decir biopsicológico-social) es menester tratar de comprenderlo, por lo menos, desde tres puntos de vista.

Freud describió y explicó tres de estos vértices: el punto de vista dinámico, el económico y el topográfico. Posteriormente, añadió el punto de vista estructural (segunda tópica).

Otros autores han agregado otros enfoques, entre los que se encuentran el “objetal” (Melanie Klein), El histórico - genético (Hartmann) y el epigenético (Erikson), entre otros.

Lo metapsicológico provoca polémicas entre el psicoanálisis. Algunos autores consideran que deben mantenerse los vértices clásicos planteados por Freud. Otros piensan que la metapsicología corresponde, en esencia, a modelos teórico - clínicos que se usan en la medida que son útiles y se reemplazan en cuanto han cumplido una misión.

Un tercer grupo de psicoanalistas parece considerar que la metapsicología tradicional es más bien una carga y que deben buscarse opciones teórico - clínicas nuevas, ojalá más cercanas a otras ramas de las ciencias sociales.

Habría que anotar, empero, que en cuanto la metapsicología no se convierta en una camisa de fuerza, proporcionará al psicoanálisis gran parte de su vigor, puesto que, entre otras cosas, constituye el lazo de unión más fuerte e importante entre la técnica analítica inmediata y las conceptualizaciones teóricas más abstractas.

Los abordajes esenciales descritos por la metapsicología psicoanalíticas son: el punto de vista dinámico, siempre presente en los demás abordajes; se refiere al eterno conflicto que afronta el ser humano consigo mismo, con su angustia, con el vivir, con la muerte, con el otro y con lo social.

Hay un fluir contradictorio de fuerzas dinámicas que intentan emerger a la conciencia, procedentes de lo inconsciente, que son obstaculizadas por mecanismos inconscientes que intentan evitar su surgimiento. Dichas fuerzas se relacionan con la represión y actúan en todos los fenómenos vitales.

En los sueños se les llama “censura” y en el tratamiento psicoanalítico “resistencias”. De esto se desprende que la elaboración y el vencimiento relativo de las resistencias en el tratamiento psicoanalítico supone un cambio en el juego de fuerzas y un levantamiento de la represión en el afuera, que permite al analizado una mayor libertad.

Lo reprimido no parece ser confinado al inconsciente. Cuando las ideas, afectos y fantasía se topan con la represión no tienen acceso a la conciencia y por lo tanto a la acción reflexiva. Se unen entonces, y forman constelaciones de derivados que buscan su salida mediante los actos fallidos, el chiste, los sueños, las manifestaciones sintomáticas de la patología, lo psicosomático, o bien en la creatividad artística y científica.

El punto de vista económico hace referencia, en primer lugar, a las magnitudes de las fuerzas encontradas. Así, si predomina la represión, no emergen a la conciencia los contenidos. Si es más intensa en la fortaleza de los pensamientos, fantasías y emociones que buscan su salida, surgirán a pesar de los obstáculos que se interponen, las defensas.

Lo que se observa siempre es un compromiso mediado por el yo, entre la censura y los reprimido, y en el que se pueden reconocer las fuerzas en pugna por medio de un producto, siempre híbrido, mezcla de elementos racionales y de componentes que parecerían absurdos a la luz de la lógica habitual consciente.

En el contexto del punto de vista económico se ubican conceptos como libido (energía de los instintos sexuales), interés (energía de los instintos del yo) o catexia investidura, que corresponde al ímpetu afectivo y a la potencia que el yo adjudica a una circunstancia, una fantasía, a un síntoma OA una relación.

En el comienzo de la vida de los seres humanos, el niño y las sociedades tempranas están regidos por el llamado “principio del placer”. A mayor carga, mayor displacer, con la descarga viene el placer, que en los términos de este planteamiento debe ser inmediata. A medida que el niño crece (en interacción siempre con los cuidados amorosos de la madre y de los demás adultos significativos) y los pueblos maduran, el principio del placer - económico en su esencia - se va complementando con él “principio de realidad”, qué supone espera, reflexión, preparación para la acción y pensamiento.

LA TEORÍA PULSIONAL

Ligado al punto de vista económico está el abordaje pulsional antes mencionado, que, como se dijo, debe ser comprendido en términos biológicos, psíquicos y de relación. En el marco de referencia de la teoría de las pulsiones (instintos), Freud postula tres grandes conflictos de fuerzas dinámicas implicados siempre en una pluralidad dialéctica.

Opone, en primer término, la sexualidad en el sentido amplio del concepto, qué incluye la infantil parcial, con su energía; la libido, a las tendencias del yo, de la auto preservación con su energía, el interés. A medida que progresa en su trabajo clínico y en su reflexión teórica, Freud se da cuenta de que no siempre estas grandes fuerzas se encuentran en pugna; a veces se conjugan y trabajan complementariamente, tal y como sucede en la relación interpersonal genital madura, en la que confluyen libido, interés y preservación del individuo y la especie.

La segunda teoría pulsional (instintiva) enfrenta el narcisismo entendido como la concentración del amor y del odio en el sí mismo y la relación objetal, concebida como la carga de afecto positiva o negativa, con la que se dota a los otros seres humanos YA sus representaciones dentro del yo.

El extremo de lo narcisístico, que hasta cierto punto constituye una etapa normal en el desarrollo de cualquier ser humano, correspondería a la esquizofrenia, llamada por Freud “Neurosis narcisística”, mientras que el polo opuesto sería el enamoramiento adolescente en el cual se pierden las fronteras y los atributos del yo para donarlas al ser amado.

La consecuencia irónica y paradójica es que el esquizofrénico, qué retira las investiduras de los objetos-personas para intentar defender al yo, termina fracturándolo y destruyéndolo, mientras que el adolescente, qué borra su propio yo para conservar a su ser amado, acaba, irrevocablemente, por perderlo.

Poco después de la primera Guerra Mundial, Freud expone la tercera teoría pulsional, relacionada con las grandes pasiones humanas. Vale La pena aclarar qué esta teoría no descarta las dos anteriores y más bien las integra.

Plantea la vida como el resultado del Interjuegos de dos grandes fuerzas: el instinto de muerte con su energía: el tánatos, que empuja al organismo biopsicológico hacia atrás, Hacia los repetitivo, en últimas, al estasis (detención o estancamiento de la progresión de la sangre u otra sustancia en un órgano del cuerpo) y a la muerte, Enfrentando al instinto de vida con su propia energía: el eros, que impulsa al ser humano hacia lo nuevo, hacia lo contradictorio, hacia la síntesis integrativa y la complejidad de la humanización.

TEORÍA COMPORTAMENTAL O CONDUCTUAL Y TEORÍA COGNOSCITIVA

LA PSICOLOGÍA COMO CIENCIA

A finales del siglo XIX varios eventos sociales, filosóficos y científicos posibilitaron la concepción de la psicología como ciencia empírica. El creciente desarrollo de las matemáticas y la física señalaron el criterio de exactitud y cientificidad del conocimiento, y el avance de la fisiología y de las nuevas perspectivas abiertas por la biología, mostraron la importancia de estas variables en la comprensión del comportamiento humano,

Sin embargo, fue la creación del primer laboratorio de Psicología en Leipzig, Alemania en 1879 lo que marcó históricamente el surgimiento de la disciplina psicológica como ciencia empírica.

El estructuralismo surge como la primera escuela propiamente psicológica, cuando define el objeto de la psicología como “los elementos de la conciencia”, y su método como la “introspección controlada”.

Varias escuelas le siguieron -el funcionalismo estadounidense con William James, y la reflexología rusa, como antecedentes inmediatos del conductismo watsoniano.

De los modelos conductistas o comportamentales a los cognoscitivos en psicología

Kantor y Sttats, hablan de tres generaciones de conductistas.

Primera generación

En la primera generación, a la que pertenecen Watson, Pávlov, Thorndike y Guthrie, se identifican algunos principios básicos del aprendizaje y se establece una orientación investigativa del laboratorio.

Utilizan un abordaje no mediacional en la comprensión del comportamiento, o sea un abordaje en el cual se explica el comportamiento usando solamente los elementos observables. Su error estuvo probablemente, en la apresurada extrapolación de los resultados obtenidos en la investigación animal asimilado al comportamiento humano.

EL CONDUCTISMO

John Watson planteó que el objeto de la psicología es el estudio de la conducta del ser humano y que su compañera más íntima es la fisiología.

En 1913 publicó el llamado “Manifiesto conductista” y a partir de ese momento, se puede hablar de “conductismo”. De aquí en adelante el objeto de estudio de la psicología es el aprendizaje, no el pensamiento.

Watson propuso dos tipos de conductismo: el conductismo metafísico y el metodológico.

El conductismo metafísico se relaciona con la negación del concepto de mente, por eso se ha denominado radical:

Niega la existencia de la mente y de los estados mentales

  • Toda la experiencia puede reducirse a secreciones glandulares y movimientos musculares

  • Toda la conducta humana se encuentra determinada casi exclusivamente por las influencias ambientales (aprendizaje), más que por factores heredados o biológicos.

  • Los procesos mentales (encubiertos), en caso de existir, se encuentran más allá de la investigación científica; es decir, la mente es una caja negra que no puede ni debe ser explorada, pues la conducta manifiesta es lo único a lo cual se le da importancia.

Esta posición monista y materialista intenta acabar, sin lograrlo con el dualismo. Es un conductismo metafísico en cuanto a que su rasgo central fue naturalmente metafísico: negar la existencia de la mente. Este tipo de conductismo no prosperó en su forma original más allá de 1920.

EL CONDUCTISMO METODOLÓGICO

Se refiere principalmente a los procedimientos y métodos de la investigación psicológica, más que a su objeto de estudio.

Watson Kiss objetivar la psicología por medio de las ciencias físicas y se opuso a la subjetividad de los métodos introspectivos. En general, podría decirse que se caracteriza por hacer hincapié en el determinismo, la observabilidad de los eventos, la operacionalizacion de las variables que van a ser estudiadas, la falsificabilidad de las hipótesis, la experimentación controlada y la repetibilidad y universalidad de las conclusiones, según las características de las poblaciones estudiadas. Este tipo de conductismo se encuentra, en muchos aspectos, vigente en la actualidad.

PÁVLOV Y EL CONDICIONAMIENTO CLÁSICO

La influencia de Pávlov (1927, 1928, 1932 y 1941), en el desarrollo de la psicología como ciencia es muy fuerte. Los planteamientos de condicionamiento clásico ejercieron un impacto central en el desarrollo de la psicología experimental.

Su principal aporte está en el planteamiento del condicionamiento clásico (pavloviano). Pávlov estaba trabajando sobre la fisiología del aparato digestivo en perros. Todos los días el investigador traía el alimento para los perros y, cuando estaban frente a la comida, se medía la cantidad de saliva que producían. Pero él notó que con la sola presencia del investigador, los animales salivaban. Planteó entonces una hipótesis que sometió a prueba de la siguiente manera:

“Cada vez que presentaba la comida, hacía sonar una campana y medía la salivación del animal. Este, obviamente, salivaba. Luego empezó a presentar solamente la campana sin la presencia de la comida y ¡los animales salivaban¡ Así Llegó al planteamiento de este principio de aprendizaje: el aprendizaje clásico”.

El cambio de la conducta se produce por la asociación (contingencia) entre dos estímulos: uno, el estímulo condicionado (EC), que inicialmente es un estímulo neutro (EN/la campana) y debe preceder al segundo estímulo incondicionado (EL/la comida), el cual es capaz de evocar una respuesta determinada o respuesta incondicionada (RI/la salivación). Cuando la RI (la salivación) sea evocada por la sola presencia del EC (por el EN que toma las propiedades del EI y se convierte en EC/la campana en el ejemplo) pasará a ser, entonces una respuesta condicionada (la salivación producida por la campana SIN la presencia de comida.

El procedimiento de aparear los estímulos condicionado e incondicionado hasta que el primero sea capaz por sí solo de producir la respuesta es llamado “reforzamiento” del cual, el EI es el “reforzador”.

Thorndike y el aprendizaje por ensayo y error

Thorndike (1874-1949), por su parte, desarrolló el concepto “aprendizaje por selección”: Los animales aprenden respuestas cuyas consecuencias son reforzadas y eliminan aquellas cuyas consecuencias son castigadas, pero subrayó el efecto del medio sobre las diversas posibilidades de acción de un organismo. Este planteamiento, simple y de gran capacidad explicativa, es uno de los principios básicos del aprendizaje.

Segunda generación

La segunda generación aparece, principalmente como respuesta a los planteamientos de Watson.

 

Básicamente, se reconoce la necesidad de que medie en otros elementos la explicación del comportamiento humano, es decir, hace referencia a que el observado no es suficiente para explicar el comportamiento. El concepto de mediación se refiere a que un estímulo no necesariamente es responsable directo de una respuesta, sino que puede activar un proceso interventor que lleva la respuesta.

Por lo tanto, el concepto mediador es un pensamiento o cualquier otro proceso interno, entidad cuya existencia se infiere a pesar de que no puede ser observada.

En esta generación se destacan:

El conductismo intencionalista de Tolman: Este planteamiento recalca la mediación cognoscitiva, o sea la función del pensamiento entre el estímulo y la respuesta observable;

El conductismo formal de Hull: En este planteamiento la mediación se establece por procesos neurofisiológicos. En 1943, Hull construye un modelo teórico que incluye una gama más amplia de fenómenos que las situaciones de condicionamiento estudiadas por Pávlov, Con él se empieza a hablar de las teorías del aprendizaje;

El planteamiento de la triple relación de contingencia de Skinner o condicionamiento operante: Los planteamientos de Skinner desataron una verdadera revolución en la psicología, al volver a hablar del “conductismo radical”, de una manera distinta a la watsoniana.

En el condicionamiento operante o instrumental, la modificación de la conducta se produce por una relación temporal (una contingencia) entre una conducta operante (cualquier respuesta emitida por un organismo que opera sobre el medio) y una consecuencia: el estímulo o refuerzo.

El concepto de reforzamiento en el condicionamiento operante se refiere a que cualquier evento, al establecer una relación contingente con una conducta, aumenta su posibilidad de emisión. Así, habría dos tipos de reforzamiento:

  • El positivo: cualquier evento que, presentado contingentemente con una respuesta, aumenta la probabilidad de su emisión; y

  • El negativo: cualquier evento que al ser promovido contingentemente con una respuesta, aumenta la probabilidad de su emisión.

El concepto de castigo en el condicionamiento operante se refiere a cualquier evento que, presentado contingentemente con una respuesta, disminuya su probabilidad de emisión. Será positivo sí el estímulo se presenta y negativo si se remueve de forma contingente con la conducta en cuestión.

El procedimiento de reforzamiento siempre aumenta la probabilidad de emisión de una conducta y el de castigo siempre la disminuye. Será positivo cuando se presente el evento de forma contingente con la conducta y negativo y se remueve de manera contingente con esta.

El hecho de que una consecuencia actúe como reforzador o como castigo, sólo puede ser determinado a posteriori. Un análisis previo cuidadoso del comportamiento del individuo, nos permite hacer hipótesis sobre el tipo de efecto que tendrá la presentación o remoción de algún evento en el medio, pero su efecto real solamente puede ser determinado con base en el comportamiento del sujeto, después de que la consecuencia se presentó.

Los refuerzos pueden ser materiales, sociales o de actividad; pueden presentarse de manera continua o intermitente, inmediata y retardadamente, en intervalos fijos o variables, y de estos tipos de presentación dependerá el efecto sobre la conducta.

En principio, lo que se busca es la posibilidad de comprender, de predecir y de controlar el comportamiento; es decir, un modelo como este no pretende negar la posibilidad de la existencia de fenómenos internos de un organismo, sino explicar su comportamiento observable, sin hacer necesariamente referencia estos.

Aunque el modelo skinneriano (condicionamiento operante) es estrictamente no mediacional, también plantea que los modelos mediacionales de la conducta son preferibles a los no mediacionales solo si muestran una utilidad superior en la predicción y el control de la conducta (Skinner, 1953, 1963, 1969, 1971), citado por Mahoney: “Se deberían evitar las inferencias innecesarias y las complejidades no esenciales en las explicaciones de la conducta”, principio de parsimonia.

Enfoques conductuales contemporáneos

Los enfoques conductuales contemporáneos se originaron en el análisis experimental del comportamiento, basado en los planteamientos de Skinner, la psicología biopsicosocial (Eysenck), el socio-conductismo y la psicología conductual cognoscitiva.

Estos enfoques comparten el rechazo a lo que Kazdin ha denominado “el modelo intrapsíquico de enfermedad”, que implica la existencia de una patología subyacente, “el conflicto intrapsíquico”.

Se acepta desde muy temprano en la historia, según puede verse en lo aquí revisado, el hecho de que los comportamientos y sus patrones pueden tener una base biológica.

Tercera generación

La tercera generación, llamada “conductismo social”, valora la necesidad de investigar lo relacionado con lo “humano” como una actitud crítica frente a la segunda generación. Aquí se destacan los trabajos de Rotter, Peterson, Barber, Staats, luego ampliados por Bandura, Michael, Sarbin, Ullman, Krasner, Kanfer y otros.

Albert Bandura y sus aportes

Vale la pena destacar los aportes de Albert Bandura a la teoría comportamental o conductual, que se inician a partir de sus planteamientos sobre el aprendizaje por imitación o por observación (1965 y 1969).

Este aprendizaje se refiere al proceso por medio del cual se modifica la conducta en función de la observación del comportamiento de otros. El observador no necesita haber practicado la respuesta observada, ni ser reforzado por aprender. Este proceso se conoce también, como aprendizaje vicario, por imitación, por modelamiento o por identificación.

central.

Su teoría del aprendizaje social es, en muchos aspectos, una síntesis de los planteamientos del condicionamiento clásico y el operante, Sin embargo, representa un viraje importante, lejos del concepto periférico del comportamiento, ya que reconoce el papel de mecanismos centrales. Específicamente, da un marco teórico a fenómenos como el aprendizaje por imitación, al cual se hizo referencia en el párrafo anterior, y la adquisición del lenguaje.

La teoría del aprendizaje social introduce los conceptos de “control cognoscitivo” y “determinismo recíproco” a la teoría del comportamiento. De acuerdo con Bandura (1969), citado por Calhoun y Turner, esta teoría recalca los papeles primordiales desempeñados por los procesos vicarios, simbólicos y de autorregulación.

A partir de esta visión, el individuo tiene un papel activo en la creación de su propio ambiente.

La aceptación del papel de las variables cognoscitivas en la teoría comportamental o conductual desarrolló varios planteamientos, entre otros el de autocontrol, planteado inicialmente por Skinner en 1953. Este concepto implica que el individuo es capaz de controlar o cambiar su propio comportamiento al manipular las consecuencias de éste (reforzamientos o castigos). Kafner y Karoly (1972), fueron pioneros en su desarrollo.

La teoría de autoeficacia

Bandura en 1978 formula esta nueva teoría, la de la autoeficacia, en la cual plantea que los diferentes modos de intervención terapéutica o procedimientos psicológicos, cualquiera que sea su forma, sirven como medios para crear o fortalecer “expectativas de eficacia”. Este concepto incluye dos tipos de expectativas: las de eficacia personal, y las de resultado.

Las expectativas de eficacia personal se refieren a la convicción de que uno puede emitir exitosamente un comportamiento, y las expectativas de resultado implica que la persona considera que ese comportamiento específico va a llevarlo a obtener el resultado esperado.

Bandura plantea que las expectativas de eficacia personal determinan si se inicia el comportamiento de adaptación, cuál va a ser el esfuerzo invertido, cuanto tiempo va a ser mantenido frente a obstáculos y si lo hará en circunstancias adversas.

La persistencia en actividades subjetivamente amenazantes, pero de hecho relativamente seguras, produce, por medio de la experiencia de maestría, un incremento en la autoeficacia y una reducción en los comportamientos defensivos.

Las expectativas de eficacia personal se derivan de 4 fuentes principales:

Logros comportamentales (modelamiento participante, desensibilización en vivo, exposición en vivo y ejecución autoinstruida).

Experiencias vicarias (modelamiento en vivo y simbólico).

Activación emocional (atribución, relajación, biorretroalimentación, desensibilización simbólica, exposición simbólica.

De acuerdo con esta formulación, la eficacia percibida puede afectar el comportamiento. Influye en la elección de actividades y situaciones ambientales, y cualquier factor que determine elecciones de comportamiento puede tener una influencia determinante en el proceso de desarrollo personal. La autoeficacia se ve como un factor de gran influencia, pero no como único determinante del comportamiento.

La obra de Bandura constituye un marco de referencia estructurado y coherente que permitió, en un momento dado, el avance del modelo conductual, pues dio paso a un modelo psicológico integral, tanto desde la teoría como desde la práctica. Planteó una alternativa de cambio en los paradigmas estáticos y tradicionales, la cual radica en la importancia que se le otorga a la persona como ser humano capaz de generar su propio cambio.

Teorías cognoscitivas

El siguiente viraje importante se da con la aparición de las teorías cognoscitivas (Beck, 1970; Ellis, 1971; Mahoney y Thoresen, 1974; Meichenbaum, 1977), que llevaron la terapia del comportamiento a lo que había sido el dominio de la psicología: el énfasis puesto en el procesamiento interno y su influencia en el comportamiento.

Las terapias cognoscitivas buscan modificar el proceso de pensamiento, pero sobre todo, ponen de relieve la mediación cognoscitiva del proceso de aprendizaje. Es decir, entre el estímulo de entrada y el comportamiento, existe el pensamiento y éste puede modificar la emisión del comportamiento. Así, quedan planteadas las bases para el desarrollo de la terapia cognoscitiva contemporánea.

Aaron Beck y Albert Ellis

Dos de los pioneros de la terapia cognoscitiva son Beck y Ellis; sus trabajos permitieron plantear que la mayoría de los disturbios psiquiátricos parten de cogniciones falsas o de procesamientos incorrectos de información cognoscitiva; entonces, su manejo depende de acciones correctivas.

Ambos autores plantean intervenciones terapéuticas dirigidas a corregir esas fallas en las cogniciones o en el procesamiento de la información y se concentran en la problemática presente y en los pensamientos actuales, en contraste con otras formas más tempranas de terapia; y ambos recomiendan ejercicios comportamentales dentro de su intervención, sobre todo la exposición, como formas de obtener nueva información (correctiva). En esto se diferencian de los abordajes más conductuales, donde los cambios de comportamiento son vistos como la esencia de la terapia, más que como una forma de producir el cambio.

Es interesante subrayar el hecho de que tanto Beck como Ellis, se iniciaron como terapeutas dinámicos psicoanalíticos.

Más allá del procesamiento de la información consciente.

Aunque la terapia cognoscitiva se empezó a desarrollar en un momento en que la psicología, como un todo, se movía fuertemente en la dirección de las explicaciones cognoscitivas, existió una brecha muy curiosa entre los dos movimientos. La psicología cognoscitiva venía trabajando en temas como los sesgos cognitivos, la atención selectiva ante la amenaza y los sesgos de memoria, mientras que la terapia cognoscitiva se mantenía en el trabajo con las evaluaciones conscientes limitando así su rango de acción, ya que cada vez más la evidencia señalaba que la mayor parte del procesamiento de la información ocurría a niveles subconscientes. Es importante destacar que los términos “consciente” e “inconsciente”, se refieren al “darse cuenta de” o “no darse cuenta de”, es decir, son términos fisiológicos funcionales y no psicoanalíticos.

Un primer acercamiento a la ruptura de esa brecha lo constituyen los planteamientos de Clark, Beck y Alford, quienes basados en una extensa práctica clínica y un cuidadoso análisis teórico identifican varias limitaciones del planteamiento inicial de Beck, en su aproximación al fenómeno de la depresión, modelo que se caracteriza por ser lineal en cuanto al procesamiento de información se refiere.

Se presentan dos acciones a la teoría inicial de Beck: primero, se plantea la noción de “modos”, una red de componentes cognoscitivos, afectivos, motivacionales y comportamentales.  Los modos consisten en sectores integrados o suborganizaciones de la personalidad, diseñados para responder a demandas o problemas específicos. Segundo, se plantea la noción de “cargas o catexias”, para explicar las fluctuaciones en la intensidad de los gradientes de las estructuras cognoscitivas.

Estos planteamientos rompen con la linealidad en el procesamiento de información y plantean un procesamiento en paralelo, lo cual empieza a ser más consciente con la investigación en psicología cognoscitiva y, definitivamente con la práctica clínica (psicoterapia cognoscitivo-comportamental).

Teasdale y Barnard

Teasdale al partir de puntos de reflexión muy similares a los de los investigadores anteriores, plantea que la tendencia de los terapeutas cognoscitivos de ver solamente la experiencia cognoscitiva consciente, es decir, los pensamientos y las imágenes, se diferencia del uso más amplio del término en la psicología cognoscitiva, donde se asume que la mayoría del procesamiento cognoscitivo se experimenta de forma no consciente.

Acorde a estos planteamientos Teasdale y Barnard (formulan un marco conceptual denominado “interacting cognitive subsystems (ICS)) o subsistemas cognoscitivos interactuantes, con el cual buscan unir el conocimiento científico cognoscitivo contemporáneo y la teoría clínica cognoscitiva ejemplificada en el trabajo de Beck.

Proponen la existencia de 9 tipos de información, cada uno representando diferentes aspectos de la experiencia. Cada tipo de información se procesa y se guarda separadamente en la memoria.

Este modelo propone, igualmente, que hay códigos mentales relacionados con dos niveles de significado: uno específico y uno más genérico. Los patrones de código proposicional representan significados específicos, y los de código implicacional, significados más holísticos. Este último tipo es el más importante en las experiencias emocionales. Por lo tanto, el objetivo central de la terapia será el de reemplazar los patrones de código implicacional relacionados por otros patrones alternativos, asociados con significados de nivel más alto y más adaptativos.

La psicología cognoscitiva y la psicosis

Otra área en la cual se ha desarrollado un trabajo interesante es la psicosis. Chadwik, Birchwood y Trower, han explorado este campo en la última década y han desarrollado y utilizado la terapia cognoscitiva para las ilusiones, las alucinaciones y la paranoia. La propuesta central de estos autores es trabajar con los síntomas psicóticos y con todo lo relacionado con la valía personal del sujeto.

Avances de las últimas décadas

En la última década se ha avanzado en el trabajo sobre los paradigmas pavlovianos y skinnerianos, encontrando cada vez más evidencias de los procesos mediacionales biológicos y cognoscitivos, que gracias a los avances tecnológicos ahora son directamente observables.

Es necesario señalar trabajos sobre la extinción, que ponen de manifiesto cómo los procesos de reentrenamiento no destruyen las asociaciones iniciales, sino que se imponen sobre ellas, facilitando el aprendizaje por asociación, y han mostrado la relación existente entre la extinción y los procesos de aprendizaje, memoria y emoción. Estos planteamientos dan las bases para el desarrollo de procedimientos de intervención en manejo de trauma, depresión y ansiedad.

Por otra parte, los avances en el uso de agentes biológicos para facilitar la consolidación del aprendizaje inhibitorio durante la extinción, específicamente el estudio a profundidad del papel que juegan los sistemas de glutamato en la amígdala, en los procesos de aprendizaje del miedo, que pueden facilitar el desarrollo de nuevas aproximaciones terapéuticas blanco clínicas como farmacológicas a los trastornos de ansiedad.

Finalmente, han de resaltarse los planteamientos de la neurobiología del aprendizaje y la extinción del miedo condicionado, así como la identificación de vías de acceso y recuperación del aprendizaje basado en la exposición una vez que el tratamiento finaliza.

Todos estos planteamientos nos muestran que, probablemente estamos frente a la cuarta generación de conductistas, marcada por la integración de lo biológico y lo psicológico, capaz de explicar planteamientos que se iniciaron hace más de 30 años y que podemos constatar, gracias a la evolución tecnológica, que nos permite tener acceso al funcionamiento de nuestro sistema nervioso central.

Esta es una generación que también rompe con el dualismo mente – cuerpo. La mente está en el cerebro y en el sistema nervioso

RESUMEN

Desde el punto de vista de la ciencia, el principio de la parsimonia (navaja de Occam) sigue siendo irremplazable: “La mejor hipótesis frente a un fenómeno será aquella que logre explicarlo de la forma más satisfactoria incluyendo el menor número posible de elementos, es decir, que la hipótesis más simple que mejor explique un fenómeno debe ser elegida.

En este apartado se han descrito los diferentes modelos desde la perspectiva comportamental o conductual y cognoscitiva. Así, ciertos fenómenos del comportamiento del ser humano están mejor explicados desde el comportamiento clásico pavloviano; otros, desde el operante o skinneriano; otros, desde la experiencia vicaria, y otros, definitivamente, desde una perspectiva mediacional, estrictamente cognoscitiva.

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ACTIVIDADES DE APRENDIZAJE:

Desarrolle el siguiente cuestionario y remita sus respuestas por correo a más tardar el día: 13 de abril.

 

1.- ¿Qué es el psicoanálisis?

2.- ¿En qué consiste el "objeto" en la teoría psicoanalítica?

3.- ¿Qué es el narcisismo según Freud? 

4.- ¿En qué consiste la teoría pulsional de Freud?

5.- ¿Cuáles son los elementos que constituyen lo que Engel, denominó el "complejo darse por vencido - dado por vencido"?

6.- ¿Cuáles fueron las observaciones realizadas por Lacan en su análisis de la teoría pulsional de Freud?

7.- ¿Cuál es la relación que actualmente guarda la teoría psicoanalítica de Freud y la Psiquiatría moderna?

8.- ¿Qué es la metapsicología?

9.- ¿En que consistió el experimento de Pávlov y cuál es su impliccaión en el ámbito del estudio del comportamiento humano?

10.- ¿Cuáles fueron las aportaciones de Skinner a la psicología moderna?

11.- ¿Qué es el conductismo?

12.- ¿Cuáles fueron las aportaciones de Bandura a la psicología y que relación guardan con el conductismo moderno?

13.- ¿Cuáles son las principales características de la teoría cognoscitiva o comportamental?

12.- ¿En que consiste la terapia cognoscitiva?

LA TEORÍA SISTÉMICA

El enfoque sistémico parte de que cualquier tipo de organización, dentro de ellas la humana, puede ser considerado como una entidad (sistema), y subraya la relación entre las partes constitutivas y las pautas de relación existente entre sus elementos, posibilitando integrar más de una explicación o mirada. Este tipo de enfoque abre entonces posibilidades terapéuticas al ser aplicado a los sistemas humanos, tales como la pareja, la familia y los grupos.

El enfoque sistémico está centrado tanto en los sistemas como en su funcionamiento y se deriva de la noción de que el paradigma científico ha explicado en forma insuficiente el comportamiento humano, pues lo ha reducido a explicaciones lineales de causa-efecto, considerando solamente una explicación como verdadera.

La aplicación de la teoría sistémica a la terapia familiar, de pareja y de organizaciones (grupos) ha supuesto una clara división respecto a los abordajes terapéuticos tradicionales en salud mental centrados en el individuo y en explicaciones causales lineales. Se han desarrollado diferentes escuelas que han realizado aportes a la teoría y a la terapia de trastornos psiquiátricos, inicialmente centradas en las psicosis y actualmente ampliados a otros procesos, con énfasis en la comunicación y las relaciones.

La teoría sistémica implica un enfoque epistemológico diferente al de la ciencia tradicional, tanto en la forma de conocer como en el objeto de conocimiento.

La sistemática cambia el foco de atención de la materia hacia las relaciones (y como consecuencia, todo lo derivado de ellas: pautas, patrones, interacciones, interrelaciones, organización, sistemas, etc). Esto, a su vez, requiere unas herramientas de pensamiento que involucran cambios en la perspectiva de la causalidad, la naturaleza del objeto, la actitud de quien observa el objeto, unas leyes propias del funcionamiento del sistema, un pensamiento complejo y una comprensión del significado y el sentido de los fenómenos conectados a un contexto (hermenéutica), más que un interés por la verdad del conocimiento.

La epistemología sistémica puede remontarse en la historia del ser humano a sus inicios; sin embargo, dependiendo de los momentos históricos, su relevancia social ha sido muy variable. No obstante, en el pasado la sistémica ha tenido más tiempo en el ostracismo y ha sido considerada una heterodoxia, al introducir explicaciones apartadas del canon dominante.

A mediados del siglo XX tiene un nuevo impulso con la “teoría general de los sistemas” (Von Bertalanffy), entendiendo que hay unos principios aplicables a cualquier tipo de sistema, entre ellos los sistemas humanos; a partir de ese momento se instala progresivamente como una forma de conocer que marcha paralela a la ciencia.

La teoría sistémica se basa, principalmente, en una serie de conceptos fundamentales que combinan la teoría general de los sistemas, le epistemología cibernética y el constructivismo social.

La ciencia se cierne sobre la materia e intenta desentrañarla, al reducir el objeto de observación hasta sus partes más elementales o esenciales, mediante el análisis, la diferenciación, la separación de las partes, en un proceso de simplificación; la sistémica no se centra en la materia, su interés está enfocado en aquello que está entre la materia y las relaciones. Por ello, intenta ver las conexiones entre las partes y como se organizan en relaciones en un proceso de complejización. Planteado de este modo, el proceso de conocimiento, ciencia y sistémica son dos formas epistemológicas complementarias que inevitablemente se necesitan, se alimentan recíprocamente y están presentes en cualquier acto de conocimiento humano.

Definiciones y conceptos básicos

Un sistema es un conjunto de partes en interacción que conforman un todo.

El sistema es una unidad compleja o “unitas multiplex”, donde el todo funciona como una unidad, pero esta, a su vez, se encuentra formada por diferentes partes.

Las partes, que son una multiplicidad, al relacionarse forman una unidad. Un individuo es siempre parte de grupos (parejas, familia), y estos son parte de otros, pues en la naturaleza se consideran que cada sistema se anida en uno mayor.

Continuum de los sistemas naturales

Un sistema humano, por ejemplo, un sistema familiar, se compone de un conjunto de personas relacionadas entre sí, que conforman una unidad diferenciada del medio externo, mediante límites que funcionan como líneas de demarcación y como sitios de intercambio.

Un subsistema es una parte de un sistema mayor, por ejemplo, la pareja matrimonial es subsistema de la familia nuclear.

Leyes del sistema: los sistemas funcionan con base en tres leyes fundamentales:

1. El todo es más que la suma de las partes; es decir, las partes al relacionarse entre sí, genera nuevas propiedades que no están en ninguna de las partes por separado. A esto lo llamamos “emergencia” y lo podemos ejemplificar con el caso de la pareja humana. Las dos personas en forma aislada poseen ciertas características, pero al relacionarse emergen propiedades nuevas, no presentes en quienes la constituyen, sólo aparecen cuando se relacionan.

La segunda ley dice que el todo es menos que la suma de las partes. Existen, en cada individuo, algunas condiciones que se pierden al ser considerado en grupo. A esto se le llama “constricción” (limitación que impone alguien o algo).

La tercera ley dice que el todo es más y es menos que la suma de las partes, lo que expresa que en un sistema las relaciones de los elementos o partes generan propiedades nuevas que llamamos “emergencias” y que expresan el poder creativo de la relación . Al mismo tiempo, se produce una serie de inhibiciones, “virtualizaciones” de propiedades de los elementos al entrar en contacto con nosotros, los cuales llamamos “constricciones”.

Teniendo en cuenta las leyes anteriores, se introduce el concepto de “totalidad”, el cual supone que un sistema es cualitativamente distinto a la suma de las conductas de sus miembros; por lo tanto, la entidad es diferente que la suma de sus partes e incluyen las relaciones existentes entre ellas. La relación introduce diferencias, nuevos conceptos, contenidos y patrones que no están presentes al considerar las partes por separado.

2. Estructura: Todo sistema tiene un conjunto de elementos básicos que lo componen, cuya naturaleza es material, física, concreta, tangible y cuantificable.

3. Organización: En todo sistema se da una conexión entre interacciones de las partes que, al relacionarse, generan unos patrones particulares que se estabilizan y llamamos “organización”, lo que, a su vez, es el sostén de la unidad global o todo; los sistemas se mantienen mediante jerarquías, límites y roles. Se supone que si éstos son claros permiten el cambio y la adaptación.

Los sistemas humanos tienen un alto grado de organización, mediante relaciones bien establecidas entre los miembros.

En los sistemas humanos se ha descrito la existencia de un espectro de relaciones que van desde lo laxo (disengaged) hasta lo compacto (emmeshed); las primeras, con lazos inapropiadamente rígidos y, las últimas, con lazos difusos; ambos polos se asocian con alteraciones en las relaciones, fuente de expresiones patológicas; existe, por su parte, un rango de relaciones con separación adecuada de sus integrantes y límites claros.

Un aspecto fundamental de la teoría sistémica lo constituye “la noción de cambio”; toda terapia busca el cambio, pero existen unos “aparentes” que no constituyen una modificación profunda de las relaciones e interacciones (cambio 1); un cambio terapéutico supone modificaciones profundas en las relaciones y asegura la persistencia en el tiempo (cambio 2).

En la teoría sistémica se ha considerado el “síntoma” como una consecuencia lógica del sistema y su conformación, pues cuando el sistema tiende a mantener el síntoma y se organiza, en muchas ocasiones alrededor de este, el síntoma tiene un significado.

Consideremos el caso de un niño con encopresis (La encopresis, también llamada incontinencia fecal o evacuación involuntaria de los intestinos, es el paso repetido de heces, por lo general involuntario) de aparición posterior a la separación de los padres; este síntoma lleva a que el padre se involucre en el tratamiento, lo lleve a consulta y se turne con la madre el cuidado del menor. El síntoma “distrae” al sistema del tema de la separación y, en diversas formas, lo mantiene unido. Un abordaje terapéutico exitoso debe reconocer estas características del síntoma.

Cada sistema tiene sus propias reglas de funcionamiento; por eso cuando abordamos una familia es necesario entender la lógica de esa organización en particular, para poder realizar intervenciones efectivas que promuevan el cambio.

Los sistemas se organizan y con el fin de sobrevivir, intentan mantener un grado de equilibrio denominado “homeodinamia” (homeostasia implicaría un estado de equilibrio inmóvil, lo cual no ocurre en los sistemas biológicos). Se caracterizan por:

1. Causalidad circular: Las interacciones llevan al sistema a retroalimentar las conductas y a perpetuarlas. Por ejemplo, la desobediencia del hijo incrementa la conducta de castigo de los padres, lo cual lleva a mayor desobediencia.

2. Cibernética: Hace referencia a un tipo de causalidad. Si bien en la ciencia la causalidad con la que se explica la mayoría de los sucesos es la “causalidad lineal” que propone que a una causa siempre le siguen un efecto, en la sistémica esta causalidad es insuficiente para explicar los fenómenos interaccionales y relacionales. Por ello el tipo de explicación causal es cibernética, esto es, una causa genera un efecto que a su vez retroactúa sobre la causa y cierra así el circuito relacional.

De modo tal que si en la causalidad lineal podemos definir claramente el origen y el final de un acontecimiento, en la causalidad circular o cibernética dependerá desde donde hagamos un corte en el circuito relacional; la causa es el origen del efecto y el efecto actúa de nuevo como causa sobre la causa.

3. Constructivismo: Se refiere a una posición epistemológica. La idea central del constructivismo postula que el acto de conocer siempre está ligado al observador y, por tanto, el concepto de objetividad no tiene sentido. Por muy objetivos que pretendamos ser en nuestra búsqueda por descifrar el mundo y la realidad, la presencia del observador es inevitable en cualquier descripción que hagamos.

4. Pensamiento complejo: Lo complejo hace referencia a aquello que es tejido en común. Se refiere a un método de pensar que conecta, articula, asocia, sintetiza e integra diferentes aspectos de carácter heterogéneo u homogéneo, y que forma así una unidad de conocimiento. Su virtud reside en su habilidad para sobrepasar los límites de la lógica formal. Si bien este agota su efectividad como método de pensar en la contradicción, el pensamiento complejo inicia su acción a partir de la contradicción. Por ello está sostenido por unos principios supralógicos: principio dialógico, principio recursivo, principio hologramático y principio conector.

5. Hermenéutica: Si bien en la ciencia un observador busca la certeza, la objetividad y la verdad del conocimiento; en la sistémica -a pesar de su importancia-, esos no son aspectos esenciales sobre los cuales el observador pretende incursionar. La búsqueda fundamental es la del sentido en los fenómenos. Por ello, la hermenéutica, el arte de la traducción, de la interpretación, es una de las herramientas fundamentales para pensar sistemáticamente. Todo conocimiento se da en el lenguaje, el gran traductor de la realidad; ni el científico ni el sistémico pueden aislar su conocimiento de la palabra, unos buscando expresar la certeza de sus apreciaciones de la realidad y otros buscando expresar el sentido.

6. Contexto: Nada acontece fuera de un entramado tejido de fenómenos. Nada puede entenderse y comprenderse de manera aislada. Cualquier acontecimiento o fenómeno está inmerso en una compleja red. Cualquier fenómeno o cosa es un nodo en una extensa trama de eventos, circunstancias, coyunturas, redes, etc. El contexto posee las claves del sentido.

Terapia sistémica

La terapia sistémica como forma de tratamiento puede distinguirse de otras formas de terapia, porque en su paradigma fundamental asume que el tratamiento debe considerar e incluir todas las partes relevantes del sistema; se centra en las relaciones y en la comunicación. De esto se deriva que existen diferentes metas, participantes, contenidos e intervenciones a las de las terapias centradas en el individuo. Existe evidencia creciente de la efectividad y costo - eficiencia de la terapia sistémica en contextos tan amplios como los trastornos de la conducta alimentaria, delincuencia juvenil, problemas de la infancia o psicosis.

La terapia sistémica hace hincapié en considerar al terapeuta y al enfoque terapéutico como parte de la observación; estos no pueden ser indiferentes a las narrativas que surgen, de allí la importancia de observarlos y de realizar una auto observación permanente (metaposición).

Otra consideración importante es la ampliación del campo de observación a diferentes generaciones de un sistema; las historias transgeneracionales, los guiones familiares, mitos, etc., se transmiten, ayudan a explicar el comportamiento y el síntoma que han llevado a la consulta. Se amplía así, el foco a la familia de origen buscando, al menos, incluir a tres generaciones de personas significativas (red de apoyo, cuidadores, etc).

Al centrarse en las relaciones, las formas de comunicación, los límites, las jerarquías y los papeles, las metas terapéuticas también son diferentes a las de otros enfoques; por eso movilizar el sistema puede ser una forma efectiva de manejar los problemas del individuo.

La terapia sistémica examina las relaciones interpersonales para tratar de entender los problemas humanos más que los procesos de tipo biológico, intrapsíquicos o sociales. La sistémica no los desdeña, al reconocer que existen abordajes diferentes que en muchas ocasiones se relacionan.

La terapia sistémica ha sufrido transformaciones. Por ejemplo, el abordaje sistémico de la psicosis consideró inicialmente la existencia de la enfermedad mental como “producto” de la relación familiar. Así surgió, por ejemplo, la noción de “madre esquizofrenógena” qué evidenciaba la conservación de una explicación lineal; la madre produce la esquizofrenia del hijo. Un abordaje posterior consideró que el rol que desempeña el psicótico en la familia como “chivo expiatorio” de la patología familiar y su contribución para mantener la organización familiar, en la práctica clínica presenta la sustitución sintomática: cuando algún otro miembro de la familia enferma, el paciente mejora, y cuando la situación familiar vuelve a lo habitual, el paciente nuevamente empeora.

La importancia dada al lenguaje en la teoría sistémica se refleja en los desarrollos teóricos; por ejemplo, en el reconocimiento de un patrón de comunicación que incluye la paradoja en el llamado “doble vínculo de las intervenciones”, las cuales tienen en cuenta el lenguaje digital y analógico y, a su vez utilizan estrategias de tipo verbal, y los llamados “medios narrativos” (dibujos, cartas, etc), en los que las terapias narrativas enfatizan en la comunicación y el cambio usando diversas técnicas que pueden incluir juegos de roles, diagramas, etc., que favorecen nuevas explicaciones y facilitan la redefinición del problema.

Son factibles futuras integraciones entre los diferentes sistemas clínicos apoyados en las neurociencias, en los estudios sociales y en aspectos culturales tales como “espiritualidad y ecología”, así como los procedentes de un análisis contextual -de múltiples fuentes -, que al incluir por ejemplo, manifestaciones artísticas, promuevan un diálogo fructífero con otros campos del conocimiento.

RESUMEN

La teoría sistémica aplicada a los sistemas humanos enfatiza en las organizaciones y relaciones, aplicables al entendimiento de las relaciones humanas, tales como la pareja, familia, organización y sociedad. Existen desarrollos que permiten al clínico entender problemas como la adherencia terapéutica, la violencia intrafamiliar, así como el papel del entorno en el curso de las patologías.

El enfoque sistémico permite al psicólogo o al médico tener una visión más amplia de las condiciones que pueden mantener una patología y, por tanto, realizar intervenciones que consideren no sólo al individuo, sino también, a quienes le rodean.

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  • Brubaker L, Tougher S. Approaches to the byzantine family. 17. New York: Routledge; 2016.

ACTIVIDADES DE APRENDIZAJE:

1.- Investigue la definición de los siguientes conceptos dentro de la teoría sistémica, citando la fuente y remita sus respuestas por correo electrónico a más tardar el día 13 de abril:

Principio supralógico

Principio dialógico

Principio recursivo

Principio hologramático

Principio conector.

2.- Investigue la definición de los siguientes conceptos dentro de la teoría sistémica, citando la fuente y elabore un cuadro, diagrama o esquematización con imágenes ejemplificando los mismos a más tardar el día 13 de abril y comparta su actividad en el foro de discusión.

a) Retroalimentación positiva

b) Retroalimentación negativa

3.- Finalmente, establezca un caso clínico hipotético en el que usted aplicaría el modelo cognoscitivo conductual y uno en el que considere aplicable el enfoque de la teoría sistémica.

Comparta sus comentarios por cuanto a esta actividad en el siguiente cuadro de diálogos a más tardar el día 13 de abril:

Disponible 15 y 16 de abril

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